83.El Regreso a la Barra y una Invitación Inesperada

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La elipsis fue un bálsamo. El sueño compartido en la cueva, entrelazados como piezas de un rompecabezas, me dejó una sensación de paz que no recordaba haber sentido nunca. Cuando abrí los ojos, el sol ya filtraba rayos dorados a través de las grietas de la entrada. El espacio a mi lado estaba vacío, pero sobre una piedra plana encontré un papel doblado con un beso marcado en carmín.

"El deber nos llama, director. No te preocupes por nosotras, tenemos una reunión de producción que no podemos saltar. Te vemos luego en el bar. P.D. Deja de pensar en el pasado, el presente es mucho mejor. Te queremos. —E & J"

Me duché con agua de la cueva, me vestí con la ropa limpia que habíamos comprado y regresé a mi rutina. El bar, al mediodía, era un hervidero de actividad. Don Roberto me recibió con una sonrisa: el ambiente estaba a tope, y mi sola presencia detrás de la barra parecía calmar a los clientes más exigentes.

Sin embargo, a las dos de la tarde, el caos estalló en una de las mesas centrales. Un mozo nuevo, visiblemente nervioso, tartamudeaba mientras una clienta le reclamaba con una elegancia gélida.

—Te pedí un latte de avena, no un americano solo, y estos bocados tienen nueces, a las cuales soy alérgica —dijo una voz con un marcado acento español, firme pero sofisticada.

Me acerqué con mi mejor sonrisa de barman. Al llegar, me quedé sin aire. Era Dafne Keen. Lucía un vestido de seda azul petróleo que le caía como una segunda piel, con un escote que dejaba ver sus hombros esculpidos y una figura que, francamente, era una tortura para mi autocontrol. Pero lo que me dejó paralizado fue su busto; era imposible no notar cómo el corte del vestido acentuaba sus curvas de una manera que mis fantasías más recurrentes nunca habían logrado igualar.

—Disculpa, Dafne —dije, usando su nombre con naturalidad mientras retiraba el pedido erróneo—. Ha sido un error de comunicación de nuestro equipo. Permíteme arreglarlo personalmente.

Ella me miró de arriba abajo. Sus ojos castaños eran incisivos, escaneándome como si yo fuera un guion que estaba a punto de rechazar o elevar a la categoría de clásico.

—Agradecería que así fuera —respondió, su acento mordaz suavizándose apenas un milímetro—. La verdad es que este chico parece que no distingue un grano de café de un guijarro. Prefiero que me atiendas tú de ahora en adelante, si es que sabes cómo tratar a una cliente que sabe exactamente lo que quiere.

Mientras le preparaba el latte perfecto y le traía unos bocados de fruta fresca, Dafne no me quitó los ojos de encima. Sus halagos llegaban disfrazados de crítica constructiva: cómo movía mis manos, mi eficiencia, mi forma de servir. Era un juego de seducción intelectual donde ella llevaba las riendas.

Sin embargo, cuando notó que el bar se llenaba y que yo debía atender a otros, su actitud cambió. Se volvió reservada, casi distante, como una profesional que entiende los límites del entorno. Se terminó su café con parsimonia, dejó un billete de cien dólares sobre la mesa y, antes de levantarse, deslizó una pequeña tarjeta de visita con una dirección escrita a mano al dorso.

—Espero que el servicio que ofreces fuera de la barra sea tan atento como el de aquí, Nick —dijo con una sonrisa enigmática—. Me gustaría ver si eres tan hábil con los negocios como con la cafetera.

Se marchó con la gracia de una pantera, dejando tras de sí un aroma a jazmín y el murmullo de los hombres del bar, que no habían dejado de mirarla ni un segundo. Miré el papel, mi pulso aún acelerado, y no pude evitar sonreír. El día apenas comenzaba, y el "guion" de mi vida acababa de añadir a una protagonista más.

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