53. Agua tibia y verdades a medias

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La madrugada avanzó sin que nos diéramos cuenta. Las luces de la ciudad se filtraban por la ventana del hotel como un pulso lejano, y sobre la mesa improvisada comenzaron a acumularse papeles, servilletas con anotaciones, el celular de Jenna abierto en una cadena de noticias viejas y mi cuaderno manchado de café.

—Esto no es casualidad —dijo Jenna, cruzándose de brazos—. Tu padre, Edward, el tipo del sombrero... todo aparece al mismo tiempo.

Emma, sentada en la cama con las piernas dobladas, hojeaba el cuaderno con atención.

—Y mirá esto —añadió—. Cada vez que Edward aparece en tu relato, algo te observa después. No antes. Después.

Sentí un escalofrío.

—Como si él fuera la llave —murmuré—. O el aviso.

Jenna asintió lentamente.

—O alguien que se aseguró de que despiertes.

El silencio que siguió fue espeso. No aterrador... pero cargado. Emma dejó el cuaderno a un lado y se acercó a mí. Se sentó frente a mí, apoyando las rodillas contra las mías.

—Nick —dijo con dulzura—, tu mente está agotada. No vas a encontrar respuestas esta noche si seguís tensando el cuerpo así.

Jenna sonrió apenas, con una chispa distinta en la mirada.

—Coincido. Y tengo una propuesta.

Levanté la vista.

—Una ducha caliente —dijo—. Larga. Sin pensar. Solo sentir.

Emma se levantó y caminó hacia su valija. Cuando volvió, llevaba puesta una bata liviana que dejaba entrever encaje oscuro bajo la tela. Jenna, en cambio, se desabrochó el sweater lentamente, revelando un top ajustado que contrastaba con su short corto.

—No es una huida —dijo Emma—. Es una pausa.

Me tomaron de las manos y me guiaron hasta el baño. El vapor empezó a llenar el ambiente mientras el agua corría. Jenna encendió una luz tenue; Emma dejó una vela aromática sobre el lavabo.

El mundo se volvió pequeño. Íntimo.

Me ayudaron a sentarme en el borde de la bañera. Emma se colocó detrás de mí y comenzó a masajearme los hombros con movimientos lentos, firmes, como si conociera exactamente dónde se escondía la tensión. Jenna, frente a mí, apoyó las manos en mis rodillas, dibujando círculos suaves con los pulgares.

—Respirá —susurró—. Estamos acá.

El agua tibia cayó sobre mi espalda, mezclándose con las caricias, con el perfume de la piel de ambas, con la sensación de estar sostenido. Emma dejó besos lentos en mi cuello, apenas roces, nada apurado. Jenna apoyó la frente contra la mía.

—No importa quién sea tu padre —dijo—. No importa lo que venga. Esta noche sos solo Nick.

Cerré los ojos.

Por primera vez en días, el hombre del sombrero no estaba allí.

Solo el agua.
Las manos.
Las voces bajas.
La promesa silenciosa de que, pase lo que pase, no iba a enfrentar la oscuridad solo.

Y mientras el vapor empañaba el espejo, supe que al día siguiente volveríamos a investigar. A llamar a Edward. A buscar nombres, fechas, verdades.

Pero esa noche...
esa noche era para recomponer el alma.

— A lo que yo vine, fue a esto. —dijo Jenna. Y empezó a masajear mi pene con mucha suavidad.

— Sigue así, no pares. —dijo Emma encargándose de mi espalda—

Mientras Jenna me masturbaba, Emma acercó su boca a mi cuello  y comenzó a chuparlo. Mi pene se sacudió dentro de la boca de Jenna. Con una mirada malvada, Emma me dijo:

— ¿Vas a darnos lechita, Nick? Mmmm porfis. Pero tendrás que aguantarte jejeje

Jenna, besando mis bolas, dijo:

— Están infladas, muy llenas. Apuesto que con los nervios y todo estos días de misterios, no has tenido ni tiempo para masturbarte.

Gemí, estaba al borde del colapso.

— No... yo no, ufff, se me va a salir todo... dios!

Emma sonriendo, se puso de rodillas y le dio un beso de lengua a Jenna. Ambas se derritieron entre caricias y besos. Estuve tentado de masturbarme y cubrirlas de semen, pero saqué fuerzas de dónde no las tenía. Las bocas de las dos chicas, se organizaron junto a mi miembro y no pararon hasta dejarlo muy duro. 

— Esto recién empieza. —dijo Jenna—

— Vas a quedar muy relajado. —dijo Emma y sin decir más, se tragó toda la verga hasta casi quedar sin aire—

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