71. La hora mágica

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El amanecer se coló por las cortinas de seda de la suite, trayendo consigo esa luz dorada que en Hollywood suelen llamar "la hora mágica". Pero para mí, la magia no estaba en el cielo, sino en la mujer que se desperezaba a mi lado.

Emma se levantó de la cama con un gemido que no era precisamente de placer. Caminó hacia el baño con un paso algo rígido, como si estuviera recalculando cómo funcionaban sus articulaciones.

—Dios mío, Nick... —dijo desde el umbral, apoyándose en el marco de la puerta—. Creo que me has dejado un poco... fuera de eje. Siento que he rodado una película de acción de tres horas sin usar dobles de riesgo.

Se rió de su propia desgracia y volvió a la cama, dejándose caer pesadamente sobre las almohadas. Sus ojos verdes me recorrieron con una mezcla de gratitud y asombro. Su mano bajó por las sábanas y comenzó a acariciar distraídamente mi miembro, que descansaba después de la batalla.

—¿Tú estás bien? —preguntó con curiosidad—. ¿O también tienes que volver a aprender a caminar?

—Me siento bien —confesé, aunque solté un suspiro cuando sus dedos rozaron la zona—. Aunque, para ser honesto, a veces me duelen un poco las bolas después de una noche así. Sobre todo cuando embisto con mucha fuerza. Es como si el motor se sobrecalentara.

Emma soltó una carcajada ronca.

—¡Ya lo creo! Estuviste a punto de atravesarme anoche, Nick. Si hubieras empujado un poco más, habrías salido por mi frente. No es que me queje, pero definitivamente necesitas un seguro contra terceros para esa cosa.

Un Desayuno de Estrellas

Emma tomó el teléfono de la mesa de noche y pidió servicio a la habitación con la autoridad de una reina. Media hora después, la puerta sonó. La mesa que entró era un festín:

Huevos Benedictinos con trufa negra y salmón ahumado.

Pain au chocolat recién horneado, todavía caliente.

Un tazón de fruta de la pasión y mango cortado en cubos perfectos.

Jarros de café Kona y jugo de naranja recién exprimido.

La mucama, una chica joven con el uniforme impecable, no podía dejar de mirar a Emma. Estaba temblando.

—¿Es usted... es usted Emma Stone? —preguntó con un hilo de voz.

—Lo que queda de ella, cariño —respondió Emma, envolviéndose en una bata de seda con una sonrisa encantadora.

—¿Podría... darme un autógrafo? —La chica sacó una libreta.

—Claro. ¿Para quién?

—Para Lucía.

Yo me puse todo rojo cuando Emma me miró de reojo.

—"Para Lucía: Espero que encuentres a un hombre que te trate tan bien... y tan duro... como el que está desayunando conmigo hoy".

Firmó con un garabato elegante, le entregó a la chica un billete de cien dólares como propina y la despidió con un guiño. La moza salió del cuarto casi flotando, mientras yo trataba de esconderme detrás de mi taza de café.

Cuestión de Conexión

Mientras desayunábamos, Emma se manchó el labio superior con un poco de la crema de los bocadillos dulces. Se la lamió con una lentitud que me recordó por qué seguía un poco erecto bajo la mesa.

—Oye, Nick —dijo de pronto, con ese tono travieso—, ahora que lo recuerdo... anoche no me pediste terminar en mi boca. Me dejaste todo en el condón. ¿Eso es algo bueno o es que mis dotes de succión no están nominadas al Oscar?

Me sonrojé de nuevo, pero respondí con la honestidad que Jenna me había pedido.

—No es eso, Emily. Es que... todo depende de la conexión. A veces, cuando la química es tan fuerte como la nuestra, no necesito ese tipo de "final de película". Prefiero sentirte a ti, completa. No es necesario el artificio cuando la escena es perfecta por sí misma.

Emma asintió, visiblemente conmovida. Se acercó y me dio un beso suave, con sabor a café y chocolate.

—Buena respuesta, "Burro". Tienes profundidad.

El Final del Rodaje

La realidad empezó a filtrarse en la suite. Emma tenía que volver con su esposo, a las alfombras rojas y a su rutina de estrella global. Yo, por mi parte, sentía la llamada de mis dos diablillas. Sabía que Jenna y Emma Myers estarían esperándome para un interrogatorio completo en Playa VIP.

Nos vestimos en un silencio cómodo, el tipo de silencio que solo comparten los que han visto lo mejor del otro. Bajamos al lobby. El aire acondicionado nos golpeó, recordándonos que el mundo exterior seguía girando.

—Fue una gran velada, Nick —dijo ella, extendiéndome la mano para un apretón formal, por si algún paparazzi estaba cerca.

—La mejor producción del año, Emily —respondí, apretando su mano con firmeza.

Vimos llegar un Uber negro de alta gama. Emma caminó hacia el coche, pero no pudo ocultar una leve cojera, una molestia evidente en su cadera que la hacía caminar con un estilo un tanto... vaquero.

Antes de entrar al auto, se giró y me gritó desde la puerta:

—¡Oye! ¡La próxima vez avísame si vas a usarme como saco de boxeo, así me traigo un protector bucal!

Se subió al coche riendo, y el Uber se alejó hacia el aeropuerto. Me quedé allí parado, sintiendo el sol en la cara y pensando en lo extraño y maravilloso que era mi "trabajo". Había roto el programa de mi padre, pero gracias a Jenna y Emma, había descubierto que el placer real no era solo una cuestión de técnica, sino de dejar una huella imposible de borrar.

Suspiré, me ajusté la camisa y empecé a caminar de vuelta hacia mi territorio. Tenía muchas cosas que contar... y mucho por lo que ser castigado por mis dos dueñas.

Playa VIPHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora