69. Una playa indiscreta

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Caminamos por la orilla, dejando que la espuma del Caribe borrara nuestros pasos, como si quisiéramos eliminar cualquier rastro de realidad. Emma se había despojado de toda la armadura de celebridad; ahora era solo Emily, una mujer cuya piel parecía irradiar un calor que desafiaba la brisa nocturna.

Nuestra charla era un baile intelectual que siempre terminaba en el mismo callejón sin salida: el deseo. Me hablaba de sus fantasías, de cómo a veces soñaba con ser una extra anónima en una película dirigida por el instinto, donde no hubiera guiones ni segundas tomas, solo el roce crudo de la piel. Yo la escuchaba mordiéndome el labio, sintiendo que el "programa" de mi padre estaba a punto de fundirse por sobrecalentamiento.

—Eres como un script doctor, Nick —me dijo, deteniéndose para mirarme—. Has llegado a mi vida para arreglar todas las escenas aburridas.

En un momento, el viento refrescó y ella se abrazó a sí misma, un gesto de vulnerabilidad que me desarmó. Me quité el saco de lino y se lo puse sobre los hombros. Ella se acurrucó en la prenda, inhalando mi aroma con una intensidad que me hizo estremecer.

—En mi hotel tengo una ducha de lluvia y una cama que parece un set de rodaje —susurró, pero luego señaló el horizonte—. Pero antes... el mar me está llamando. Dicen que el agua salada es el mejor lubricante para las confesiones.

Se adentró en el agua sin dudar, con el vestido esmeralda flotando a su alrededor como una medusa preciosa. Cuando el agua le llegó a la cintura, se giró y me llamó con un gesto de dedos que era una orden absoluta. Fui hacia ella, sintiendo el frío del océano chocar contra el calor de mi cuerpo.

Bajo la superficie, lejos de las miradas de los paparazzi imaginarios, su mano encontró mi bragueta. Sus dedos expertos buscaron y hallaron mi erección, que a estas alturas era un monumento al deseo.

—Cielos, Nick... —jadeó, mientras sus dedos rodeaban el grosor—. Creo que estamos listos para el clímax de esta escena.

—¿Aquí? —pregunté, el agua golpeándome el pecho.

—Aquí. Sin cortes. Solo nosotros y la marea.

Me abrió los pantalones con una urgencia que me incendió la sangre. Me ofreció su espalda, apoyándose en la resistencia del agua, y cuando la penetré por primera vez, el mundo pareció estallar. Fue una sensación eléctrica, un choque de temperaturas; el mar estaba tibio, pero ella estaba hirviendo. A pesar de la torpeza de las olas y la sal, el encaje fue perfecto, un orgasmo sordo que nos dejó a ambos sin aliento.

—A la orilla... —logró decir entre gemidos—. Necesito sentirte... sin que el mar nos robe el peso.

Salimos a trompicones, como dos náufragos ebrios de lujuria. Me tumbé en la arena húmeda y ella se posicionó sobre mí, montándome con una determinación que me hizo entender por qué tiene dos Oscar: ella toma el control de cada escena.

Cuando descendió sobre mí, sus ojos se abrieron desmesuradamente y sus uñas se clavaron en mis hombros, dejándome marcas que llevaría como medallas. La sensación fue brutal; Emma sintió literalmente que mi tamaño la estaba partiendo en dos, un tormento de placer que la hacía arquear la espalda hacia el cielo estrellado.

—Maldita sea, Nick... —gritó, su voz mezclándose con el rugido de las olas—. Jenna se quedó corta... esto no es un apodo, es una condena.

Se sometió a ese "sufrimiento" delicioso, moviéndose con un ritmo frenético mientras las olas golpeaban su trasero y bañaban nuestros cuerpos con una tibieza descarada. Cada estocada era un diálogo que no necesitaba palabras. Sus gemidos eran el mejor guion que jamás había escuchado. Ella gozaba con una honestidad salvaje, lejos de las cámaras, entregada por completo al "Burro" que la estaba llevando al límite de su propia resistencia física.

Llegó al clímax con un grito que se perdió en la inmensidad de la noche, colapsando sobre mi pecho mientras nuestros corazones martilleaban al mismo compás. Nos quedamos así, envueltos en arena, sal y deseo satisfecho.

Me dio un beso largo, con sabor a mar y a victoria.

—Ven a mi hotel —susurró contra mis labios, todavía temblando—. Necesito una ducha... y algo más... No creo que pueda caminar mañana, pero Dios, ha valido cada segundo.

Me levanté, sintiéndome como el hombre más afortunado de Hollywood, mientras la marea seguía bañando nuestros cuerpos, celebrando el descaro de una noche que apenas comenzaba.

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