18. No hay dos sin tres

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Margot y Ana intercambiaron miradas cómplices antes de acercarse aún más. Margot tomó una fresa de la mesa y la deslizó sensualmente en sus labios y luego la colocó en la boca de Ana. Ambas se besaron, haciendo de la fruta una extensión más de su lujuria. 

—¿Te gusta? —preguntó, su voz baja y tentadora.

—Sí... —murmuré, incapaz de apartar la vista de ellas.

Ana, por su parte, tomó un pedazo de chocolate y lo deslizó lentamente por mi cuello antes de lamerlo con delicadeza.

—Te prometemos que esto será una experiencia que nunca olvidarás —dijo Ana, su aliento caliente contra mi piel.

De repente, Margot "accidentalmente" derramó un poco de vino en mi entrepierna.

—Oh, lo siento, Nick. Déjame limpiarlo —dijo con una sonrisa pícara, tomando una servilleta y comenzando a secar la mancha, sus dedos rozando intencionalmente mi erección.

Ana se unió a la broma, fingiendo derramar un poco más de vino.

—Parece que te has mojado un poco más, Nick. Déjame ayudarte —dijo, acariciando mi entrepierna a través del pantalón, notando cómo se abultaba debido a mi erección.

—Vaya, parece que alguien está disfrutando de nuestra compañía —comentó Margot, mirándome con deseo.

—Sí, y parece que te gusta bastante, ¿verdad, Nick? —añadió Ana, sonriendo maliciosamente.

Me sonrojé, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza.

—Nunca pensé que algo así podría sucederme... —murmuré, tratando de mantener la compostura.

—Bueno, hoy es tu día de suerte —dijo Margot, acercándose aún más—. Porque estamos dispuestas a hacerte sentir cosas que nunca has imaginado.

—Imagina esto, Nick —susurró Ana, sus labios rozando mi oreja—. Margot y yo, las dos dándote placer al mismo tiempo. Nuestras lenguas recorriendo cada centímetro de tu cuerpo...

—¿Te gustaría eso? —preguntó Margot, sus manos acariciando mis muslos—. Porque estamos listas para hacerlo.

Las dos comenzaron a acariciarme y masajearme, sus manos recorriendo mi cuerpo de manera experta. Sentía cómo mi erección crecía, y era incapaz de esconderla.

—Mira cómo se pone duro para nosotras —dijo Margot, riendo suavemente—. Parece que le gustamos mucho, Ana.

—Sí, parece que sí —respondió Ana, deslizando su mano por mi pecho—. ¿Te gustaría que te demos un buen rato, Nick? Porque estamos listas para hacerte nuestro juguete.

—Sí... —murmuré, sintiendo cómo mi cuerpo respondía a sus caricias.

—Imagina nuestras bocas en ti, nuestros labios dándote placer. ¿Te gustaría eso, Nick? —susurró Margot, sus labios rozando los míos.

—Sí, por favor... —respondí, incapaz de resistirme a sus avances.

Ana se inclinó y me besó suavemente, su lengua explorando mi boca con habilidad.

—Queremos que disfrutes, Nick. Queremos que te sientas el hombre más afortunado del mundo —dijo Ana, su voz cargada de deseo.

—Y te prometemos que lo harás —añadió Margot, sus manos bajando por mi cuerpo—. Porque vamos a darte todo el placer que puedas manejar.

Me sentaron en un sofá cómodo, y con movimientos sensuales, comenzaron a quitarme los pantalones. Ana se detuvo al llegar a mis bóxers, donde mi erección se manifestaba imponente, como una tienda de campaña.

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