XXVI

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Pov Lisa.

Esa noche, Rose cumplió su promesa.

El sonido de la puerta deslizándose lentamente fue lo primero que escuché antes de que el inconfundible aroma de mi Omega invadiera mis sentidos.

Mi corazón latió desbocado en mi pecho.

Cuando giré la cabeza, la vi.

Jennie.

Su cuerpo inerte estaba sobre la camilla, cubierto con sábanas blancas y rodeado de compresas en las heridas que aún no terminaban de sanar.

Pero lo que más me destrozó fue la quietud.

No se movía.

No había respuesta en su cuerpo.

No sentí su presencia en nuestro vínculo.

Un sollozo se me escapó antes de poder detenerlo.

No la protegí como debía.

No cuidé de mi Omega.

Mi pecho se sacudió con otro sollozo cuando mi mirada descendió a su pelaje blanco, todavía manchado con rastros de sangre seca.

Mi Jennie… mi amor…

Canny y Anna fueron las primeras en moverse.

Ambas bajaron con cuidado de la cama y se acercaron a la camilla.

Vi cómo se miraban entre ellas antes de que, instintivamente, hicieran lo que sus lobas les dictaban.

Se subieron con sumo cuidado y se acurrucaron contra el cuerpo inmóvil de su madre.

Canny fue la primera en empezar a ronronear, frotando su hocico contra el cuello de Jennie, marcándola con su olor.

Anna la imitó casi al instante, su pequeño cuerpo pegándose a su Omega como si intentara despertar algo en ella.

Yo observé todo con los ojos llenos de lágrimas.

A pesar de su edad, mis cachorras sabían lo que estaban haciendo.

Intentaban hacerla reaccionar.

Intentaban traerla de vuelta con su amor.

Rose se quedó un momento más, observando la escena con los labios apretados.

—No la pueden mover —les recordó en voz baja—, pero háblenle. Díganle que la están esperando.

Asentí levemente con mi hocico.

Rose suspiró, me dio una última mirada y salió de la habitación, dejándonos a solas.

El silencio se sintió pesado.

Jennie estaba con nosotros… pero al mismo tiempo no.

No podía seguir así.

No iba a perderla.

Con mucho cuidado, me incliné sobre el pequeño bulto de pelaje blanco que descansaba en mis patas.

Lo tomé con mi hocico, sintiendo su calor contra mí, y me giré lentamente hacia Jennie.

Mis cachorras me miraron con curiosidad, pero no dijeron nada.

Me acerqué despacio hasta que el pequeño quedó justo frente a la nariz de Jennie.

Mi Omega no reaccionó, pero yo sabía que podía sentirlo.

Su aroma estaba ahí, su hijo estaba ahí.

—Jennie… —mi voz fue un susurro ronco, quebrado por el dolor—. Amor, aquí está nuestro bebé.

Nada.

Stitches - Jenlisa GipHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora