XVIII

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Pov Lisa.

Dejé la camioneta estacionada frente a la celda donde manteníamos encerrada a Nayeon y suspiré profundamente antes de salir.

Había muchas emociones revueltas dentro de mí. Rabia, resentimiento… pero también una especie de cansancio abrumador.

No quería verla, no quería volver a escuchar su voz ni sentir su energía cerca de mí. Pero necesitaba respuestas.

Avancé por el pasillo con pasos firmes. Los guardias me dejaron pasar sin hacer preguntas.

Cuando crucé la puerta y la vi, recargada contra la fría pared de piedra con las manos esposadas al frente, no pude evitar el asco que me generaba su sola presencia.

—Mira nada más… —su voz burlona me recibió antes de que pudiera abrir la boca—. ¿Quién fue el afortunado que te dejó así, Lisa?

Su sonrisa era altiva, divertida, como si mi estado fuera algo que pudiera disfrutar.

Respiré hondo para no caer en su juego.

—Eso no importa —respondí con frialdad—. Vine a preguntarte algo.

—Oh, ¿y ahora quieres tener una conversación civilizada? —se burló, ladeando la cabeza—. Qué honor.

Ignoré su actitud y fui directo al grano.

—¿Cuándo pensabas decirme que habías encontrado a tu destinada?

El aire pareció tensarse de inmediato.

La sonrisa de Nayeon se borró como si nunca hubiera estado ahí.

Su espalda se puso rígida, sus ojos me analizaron con cautela.

—¿Cómo sabes de Sana? —su voz ahora sonaba seria, incluso a la defensiva.

Me crucé de brazos y la miré con dureza.

—Ella vino a buscarte. Dice que eres suya y que te sacará de aquí a cualquier costo.

Nayeon bufó con desdén, desviando la mirada.

—No soy de nadie.

—No me digas —solté con ironía—. Entonces, ¿por qué nunca mencionaste que tenías una destinada?

—Porque no significa nada para mí.

Su respuesta me tomó por sorpresa.

Fruncí el ceño, buscando alguna mentira en su expresión.

—¿Cómo que no significa nada?

Nayeon dejó escapar una risa seca, como si la idea de tener una destinada fuera un mal chiste.

—Sana es una molestia. Siempre lo ha sido. Cree que porque el destino nos emparejó, yo debería amarla… —sus ojos oscuros brillaron con burla—. Pero el destino puede irse al carajo.

No esperaba esa respuesta.

Me crucé de brazos, observándola con desconfianza.

—Sana parece estar convencida de que te ama.

—Ese es su problema, no el mío —respondió sin inmutarse.

—¿Nunca sentiste nada por ella?

—Nunca —afirmó con una seguridad escalofriante.

Hubo un momento de silencio entre nosotras.

Yo no podía entenderlo.

Los destinados eran la conexión más fuerte que un alfa y un omega podían tener, algo que ni siquiera la voluntad podía romper.

Stitches - Jenlisa GipHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora