XXIV

1.7K 215 11
                                        

Pov Lisa.

El tiempo en el hospital se sentía eterno.

Una semana. Siete días y siete noches desde que desperté. Desde que abrí los ojos en esta habitación de paredes blancas y luces frías, con un dolor profundo en mi costado y una angustia que me carcomía el alma.

No podía ver a Jennie. No podía ver a nuestro cachorro.

Cada vez que intentaba salir de esta cama, Rosé me detenía. Me lo repetía una y otra vez: "No puedes moverte, Lisa. Tu herida sigue abierta. Si te esfuerzas, podrías empeorar."

No me importaba.

Intenté escaparme tres veces. Tres veces terminé en el suelo, con el costado ardiendo, los puntos amenazando con reventarse y Rosé mirándome con una mezcla de furia y preocupación.

"Si te sigues moviendo así, Lisa, nunca vas a salir de aquí. Jennie te necesita viva."

Jennie.

Cada vez que pensaba en ella, sentía que mi corazón se encogía hasta dolerme físicamente.

No se había despertado.

El doctor lo llamó coma inducido, pero yo sabía la verdad. Sabía que Jennie estaba atrapada en algún lugar, perdida en su propio mundo, luchando por regresar a nosotros.

No había sido capaz de protegerla.

No había podido evitar que Nayeon la lastimara.

No había estado ahí para impedir que terminara inconsciente, su cuerpo frío y sin respuesta en medio del bosque.

Cerré los ojos, intentando calmar la tormenta dentro de mí. Pero no sirvió.

El sonido del monitor cardíaco, el olor a desinfectante, la ausencia de su voz… todo me hacía sentir que me estaba apagando.

No podía seguir así.

No podía quedarme en esta cama mientras mi familia sufría.

Mis hijas. Jennie. Nuestro cachorro prematuro, atrapado en una incubadora porque no estaba listo para nacer.

El nudo en mi garganta se hizo más grande, mis puños se cerraron con rabia.

Pero entonces…

Unos pasitos pequeños resonaron en la habitación.

Parpadeé, sacudiéndome de mis pensamientos.

El sonido era leve, apresurado, pero lo reconocí al instante.

Mi corazón dio un vuelco.

Volteé la cabeza lentamente y ahí estaban.

Mis tres hijas.

Anna iba adelante, con su cabello negro desordenado y sus ojos brillando de emoción. Detrás de ella, mis mellizas, con sus cabecitas rubias y sus rostros iluminados por una alegría pura.

Por un segundo, me congelé.

Era la primera vez que las veía desde la batalla.

Pero ellas no se detuvieron.

—¡Mamá! —gritó Anna, y antes de que pudiera reaccionar, los tres cuerpecitos saltaron sobre la cama, abrazándome con una fuerza que casi me dejó sin aire.

Solté un jadeo por el dolor en mi costado, pero no me importó.

Mis brazos se cerraron alrededor de ellas con desesperación, con necesidad.

Las mellizas sollozaban contra mi pecho, mientras Anna enterraba su rostro en mi cuello.

—Mamá… —susurró Anna—. Te extrañamos mucho…

Stitches - Jenlisa GipHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora