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Pov Lisa.

El sol ya iluminaba toda la casa, pero para mí, el día había comenzado horas antes.

Corría de un lado a otro, tratando de mantener todo en orden mientras Jennie descansaba con Leo en la habitación. Había llevado a las niñas al jardín para que jugaran un rato, recogido el desastre que habían dejado en la sala con sus juguetes y ahora me encontraba en la cocina, preparando el desayuno.

Entre revisar el horno y asegurarme de que la leche de las niñas no se derramara, sentí una punzada de orgullo. Me estaba encargando de todo, manteniendo a mi familia cómoda y feliz.

Pero, claro, el caos nunca tardaba en aparecer.

Un fuerte quejido llegó desde la habitación.

Jennie.

Solté lo que estaba haciendo y corrí hacia el cuarto, abriendo la puerta con rapidez.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Jennie levantó la vista hacia mí, con una expresión entre diversión y ligera molestia.

—Leo me mordió otra vez —susurró, para no asustar al cachorro.

Mi mirada bajó hacia nuestro pequeño, que estaba cómodamente acurrucado en el regazo de su madre, aferrado a su pecho con sus diminutas garras. Estaba en su forma lobuna, y su boquita se movía torpemente mientras intentaba alimentarse.

Pero de vez en cuando, mordía demasiado fuerte, haciendo que Jennie se estremeciera.

Me acerqué y acaricié su cabecita con ternura.

—Pequeño demonio, ¿por qué muerdes así a mamá, hmm? —le susurré.

Leo soltó un pequeño sonido gutural, su diminuto cuerpo temblando de felicidad al sentirme cerca.

Jennie rodó los ojos.

—No lo regañes, apenas está aprendiendo.

Me senté en el borde de la cama, observando la escena con una sonrisa.

—Ese pequeño será mi debilidad —admití, sin apartar la mirada de él.

Jennie soltó una risita y asintió.

—Lo sé. Pero si hubiera sido una Omega mujer… habría sido peor.

Fruncí el ceño y la miré con curiosidad.

—¿Peor?

Jennie sonrió de manera traviesa y movió a Leo un poco para acomodarlo mejor.

—Si Leo fuera una Omega niña, ¿te imaginas cuántos pretendientes tendría cuando creciera?

El pensamiento me golpeó como un rayo.

En mi mente apareció la imagen de una versión más grande de Leo, con orejas esponjosas y una mirada dulce, rodeado de otros lobos que intentaban llamar su atención.

Mi mandíbula se tensó.

—No.

Jennie soltó una carcajada.

—Oh, Lisa…

Mi rostro se puso rojo mientras negaba con la cabeza.

—¡No! Nadie se le acercaría. Nadie.

Jennie seguía riendo, disfrutando mi reacción.

—Bueno, es un alivio que sea un niño, entonces.

Apreté los labios, mirándolo otra vez.

Stitches - Jenlisa GipHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora