XXXIV

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Pov Jennie.

El sol se filtraba a través de las cortinas, proyectando luces doradas sobre la piel desnuda de las cuatro. Sentía el cuerpo pesado, adolorido, y mi cuello ardía como si algo me lo hubiera quemado. Traté de moverme, pero mis piernas apenas respondieron.

Parpadeé varias veces, tratando de disipar la neblina en mi mente. Sentía una punzada de ansiedad en el pecho, una sensación extraña que no lograba identificar del todo. Busqué a Lisa instintivamente, queriendo encontrar el calor de su cuerpo, pero cuando giré…

Mis ojos se abrieron de golpe.

Jisoo estaba a mi lado, desnuda.

Mi respiración se detuvo.

El pánico me recorrió como un latigazo y me aparté bruscamente, pero mis piernas no reaccionaron como esperaba y terminé cayendo torpemente al suelo. Un quejido de dolor escapó de mis labios cuando mi cadera chocó contra la alfombra.

Con el corazón latiéndome en los oídos, levanté la mirada y la escena frente a mí me hizo sentir náuseas.

Rose estaba boca abajo, completamente desnuda, su cara pegada a la almohada y un hilo de saliva cayendo de su boca.

Mi lobo interior aulló de angustia.

No… Esto no podía estar pasando.

Mi estómago se revolvió con fuerza, mi cabeza palpitaba y el peso de la culpa cayó sobre mí como una tonelada de piedras. La noche anterior volvía a mí en ráfagas confusas: caricias, besos, cuerpos entrelazados, piel contra piel, gemidos ahogados…

No.

Yo amaba a Lisa.

Las lágrimas picaban en mis ojos, pero las contuve con todas mis fuerzas. Si esto había pasado… Si yo realmente había hecho esto…

Recordé las malditas pastillas.

Me cubrí la boca con una mano, sintiéndome una completa idiota. Todo se había salido de control y ahora no podía cambiar nada.

Mi cuerpo temblaba, pero antes de que pudiera colapsar en un ataque de pánico, escuché un ruido proveniente del baño.

Me levanté con dificultad, sintiéndome más vulnerable que nunca. Busqué algo con qué cubrirme y encontré una camiseta de Lisa en el suelo. Me la puse apresurada, la tela me quedaba holgada como un vestido.

Con pasos cuidadosos, me acerqué al baño y empujé la puerta.

Lisa estaba de rodillas frente al inodoro, vomitando.

Mi corazón se encogió.

Se veía destrozada. Su espalda estaba cubierta de marcas: rasguños, mordidas, chupetones… No había una sola parte de su piel sin alguna señal de lo que habíamos hecho.

Pero más que eso, lo que me rompió el alma fue escuchar su llanto.

—Ya no quiero vomitar más… —sollozó como una niña pequeña, su voz entrecortada y temblorosa.

Sin pensarlo dos veces, me arrodillé a su lado y sujeté su cabello con cariño. Le di un beso en la sien, intentando reconfortarla.

Entonces, con la inocencia más absurda del mundo, murmuró:

—Quiero fresas con aguacate…

Hice una mueca de asco, pero suspiré con resignación. Lisa estaba en un estado tan lamentable que ni siquiera podía burlarme de su extraño antojo.

—Vamos, primero lávate los dientes —dije con suavidad, ayudándola a incorporarse.

Lisa se dejó guiar como si fuera una niña. Su cuerpo aún temblaba ligeramente, y cuando le pasé el cepillo de dientes, lo tomó con torpeza y empezó a cepillarse con movimientos lentos. Yo me quedé a su lado, observándola con ternura y preocupación a partes iguales.

Stitches - Jenlisa GipHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora