Doble Actualización 2/2
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SILVER
Nueva Estación, sábado, 18 de diciembre de 2021
Nunca me ha gustado el silencio.
Supongo que me acostumbré a muy temprana edad a dormir con los incesantes sollozos y gritos de dolor de los niños del orfanato. Las noches frías de Ritza Karva eran aún más frías cuando a cada minuto alguien comenzaba a llorar. Algunos anhelaban el hogar al que no podían regresar, otros añoraban el hogar que nunca tuvieron. Algunos habían nacido rotos, enfermos; otros habían sido corrompidos allí.
Al llegar a Ritza Karva yo también lloré. Demasiado. Lloré hasta que me quedé sin aire y los espasmos me arrojaron al desmallo. Lloré hasta que mis ojos ardieron y mi garganta quedó escocida. Lloré, y esperé, pero nadie acudió a mí.
¿Que sentido tenía llorar si no había nadie que me viera? Mis lágrimas carecían de valor si no podía obtener nada de ellas.
Sequé mis mejillas y me fui a dormir convencida de que en Ritza Karva el llanto era otro huésped.
Mentir fue natural.
Como respirar. Nunca tienes que recordarte de hacerlo, es automático, silencioso e imperceptible.
De niña, me parecía absurdo decir la verdad. Ser honesta era estúpido si podía crear algo mejor que me beneficiaría más. Era fácil y, si añadía una dulce sonrisa, podía conseguir tantas cosas: juguetes nuevos, dulces, helado. Pronto descubrí que no solo podía inventar palabras, sino personas. Versiones de mí para cada ocasión. La niña dulce, la amiga leal, la hija perfecta. Las máscaras eran cómodas y encajaba tan bien que actuar no era un esfuerzo. Era divertido. Un juego en el que yo conocía las reglas y siempre podía ganar.
Sin embargo en el orfanato no estaba mamá, papá o los profesores para complacerme, solo aquellos demonios ataviados de blanco y negro que se hacían llamar monjas y profesaban una religión que solo les servía de manto para ocultar sus crímenes.
Ritza Karva era un infierno en el que tuve que aprender a sobrevivir sin arder en llamas.
Aún recuerdo la noche en la que visité por primera vez las mazmorras. La monja me tomó de la mano y me condujo allí bajo el engaño de que una sorpresa me aguardaba al otro lado de la puerta. No recuerdo lo que sucedió en aquella habitación, quizás porque estuve internada en el hospital durante semanas y cuando desperté del coma mi mente de niña, de alguna forma, se las había ingeniado para hacerme olvidar. Dieciséis años más tarde recordé el rostro del hombre que me recibió al otro lado de la puerta. El mismo que creí mi salvador fue quien, en un inicio, me condenó al infortunio.
No sé en que momento me rompí. Quizás fue al presenciar el asesinato de mis padres y mi casa arder en llamas. A lo mejor fue en las mazmorras de Ritza Karva. O, tal vez, vine a este mundo echa pedazos.
Y, entre todo aquel caos y oscuridad, encontré un hilo de luz que, como un faro, me atraía a la orilla.
Hugo y Yong.
A veces me pregunto si Hugo recuerda la bañera y mis manos en su cuello hundiéndolo en las aguas, o si su mente lo convirtió en solo un sueño confuso para poder seguir amándome. Para mi yo de ocho años su miedo tenía un sabor dulce. El chico de cabello crespo, piel morena y ojos verdes creció mirándome como si yo fuera inevitable; y fue gracias a él que supe lo que era amar. No porque pudiera experimentarlo, sino porque lo podía ver en él.
El amor que Hugo sentía por mí era de esos que parecen un acto de fe más que una elección consciente. Extraño y contradictorio. No era amor ciego, pues él podía ver quién yo era en verdad y aún así me quería. Cando Hugo me miraba no veía dulzura o promesas de estabilidad, veía intensidad cruda, brutalidad y frialdad. Protector, pero no condescendiente. Hugo no quería salvarme o arreglarme, pues sabía que yo no necesitaba ser salvada. No pedía reciprocidad. Con estar a mi lado era suficiente, aunque aquello significara también amar mi capacidad para herirlo.
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P de PERDEDOR
Mystery / Thriller[COMPLETA] Todo comenzó el primer día de clases. Llegaste a Villa Padua después que a tu madre le ofrecieran una generosa oportunidad de trabajo. Tuviste que dejar tu vida, tu casa y tus amigos, y mudarte al otro lado del país. No querías, claro que...
