CAPÍTULO 60

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¡Holis! Sé que el plan era otro, pero preferí tomarme unos días más para así traerles más contenido. Aquí sigo sin Word y usando el Bloc de Notas, así que perdonen si se me va una que otra falta. La dislexia me acompaña y nunca me abandona.

En fin, a meterle nitro a esto que se prendió. ¡Agárrense de la silla!

Maratón 1/4

HUGO
Villa Padua, madrugada del domingo, 19 de diciembre de 2021

Quisiera decir que recuerdo cómo llegué a Villa Padua.

Cuando desperté, estaba de vuelta a la habitación que había sido mía. Atado a la cama como un animal, golpeado y amordazado. Las luces estaban apagadas. Abrir los ojos fue doloroso, incluso más que el dolor en mi cuerpo o el martillear de mi cabeza contra mi sien. Las náuseas me golpearon, quizás por la droga que me habían inyectado para sedarme, y me costó adaptar mi vista a la poca luz.

—Bienvenido a casa.

El sonido de su voz se sintió como agua hirviente en mis oídos.

Tiré de mis manos con fuerza. Mis pies también estaban atados. El metal de las esposas me destrozó la piel de las muñecas. Me retorcí, no por el dolor, sino porque mi único pensamiento fue apretar su cuello hasta que sus huesos crujieran bajo mis manos. La sangré brotó de la comisura de mis labios, la mordaza cedió un poco, pero no lo suficiente para liberarme de ella.

A duras penas miré en derredor. En la puerta aguardaban dos de los hombres de Cristóbal, dos más, uno a cada lado de la cama, y él sentado a pocos pasos de mí.

Cristóbal resopló y se inclinó un poco en la silla, apoyando los codos en sus muslos. El pómulo rajado hasta su boca, la sangre aún fresca.

Los hombres a mis laterales me sostuvieron, presionando mis hombros y rodillas contra el colchón para inmovilizarme.

—Hugo, ¿esto lo podemos hacer a las buenas o a las malas? Es tu decisión.

Sacudí la cabeza en un intento de zafarme al menos de la mordaza. Tiré con aún más fuerza de mis pies y manos. El sabor a sangre me inundó la boca, el grito se me estancó en la garganta y entonces un dolor aún más insoportable me atacó cuando uno de sus matones me golpeó el abdomen una y otra vez hasta que me quedé sin aliento.

Cerré los ojos, aguantando el repentino ataque, e intenté luchar contra el dolor.

Escuché sus pasos acercándose a mí. Luego su mano exprimiendo mis mejillas juntas al punto que la mordaza cortó aún más mis labios.

—¡Mírame! —demandó—. ¡MÍRAME!

Abrí los ojos, para ver su rostro a pocos centímetros del mío contorsionándose en una sonrisa macabra.

«Maldito enfermo».

—Me parece que mis prioridades han quedado más que claras. No me importa tu vida, como tampoco me importó una mierda la de Yong. Sí, me gustaba la idea de tener dos prodigios bajo mi techo. Tú y tu hermano, en paz descanse —añadió con un matiz burlón en su voz—, se encargaron de llenar mis estanterías de trofeos y me hicieron un padre muy orgulloso. Pero, al fin y al cabo, prescindibles. En cambio, Silver... —rio, muy bajo—. Silver es mi bien más preciado. A Silver no la puedo perder.

Sacudí la cabeza. Necesitaba sacarme sus manos de encima.

Él me agarró por la mordaza y me levantó. El dolor fue intenso, mi cuerpo atado se resistió a su empuje y lo vi sonreír con enfermizo placer cuando me dejó ir. Mi boca quedó libre y justo cuando intenté gritar, Cristóbal dijo:

P de PERDEDORDonde viven las historias. Descúbrelo ahora