CAPÍTULO 62

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Maratón 4/4

SILVER
Lunes, 10 de enero de 2022

El rugido de la motocicleta quebró la quietud como un bramido, un eco de lo que ya no existía.

Aferré las manos al manillar y eché a andar, a sabiendas de que todo en aquella maquina seguía perteneciendo a él. El cuero del asiento, la pintura oscura que devoraba la luz y el casco. Bastó deslizarlo en mi cabeza para que su olor me golpeara con una violencia intima: tabaco apenas disimulado, la esencia a sándalo en su colonia mezclada con su sudor y algo suyo, inconfundible.

El aire se colaba por la chaqueta abierta, y por un instante me sentí ligera, casi incorpórea. Como si el viento me empujara hacia todos los momentos que me negaba a dejar ir. La libertad me arañaba la piel, un vértigo dulce y cruel. Envuelta en su olor, rodeada por la ilusión de su presencia. Cada curva, un recordatorio de que nada volvería a ser igual. Cada respiro, la marca en mis pulmones de que yo me había dejado controlar por las confusas emociones que entendía a medias.

Manejar la motocicleta de Yong era un acto de violencia contra mí misma. Y aun así, aceleré.

Sentí un nudo en la garganta mientras otra emoción, aún más cruel y severa, me carcomía por dentro como una llama que ardía sin consumirme del todo. Las vibraciones en mis piernas, el viento que cortaba con mi cuerpo, el olor que me oprimía... De pronto todo quedó relegado a ese intenso dolor en mi pecho y unos ojos grises latieron en mi memoria.

La larga trenza me golpeó la espalda cuando me despojé del casco. El estacionamiento y la plaza estaban repletos de estudiantes que quedaron muy quietos al advertirme, sus bocas cerradas pero sus miradas acusadoras me despedazaban. Hace unos meses hubiera disfrutado ser el centro de atención. Más, la Silver que había llegado al instituto en septiembre y yo no éramos la misma persona.

Hugo no tardó en llegar. Estacionó a mi derecha y se apeó. Noté su pecho subir y bajar, incesante, el entrecejo fruncido y los ojos verdes que me juzgaban en silencio.

—Silver... —comenzó a decir.

El moreno quedó con los labios separados, como si se hubiera arrepentido de hablar antes de que la próxima palaba escapara de su garganta. Se sobó la frente con una mano y sacudió la cabeza. Una escueta sonrisa fue abriéndose paso en su rostro. Tomó el casco de mis manos y lo guardó en su auto, luego llevó las manos a mi cintura y me levantó con tal facilidad, como si yo fuera una pluma.

—Me dejé llevar —expliqué una vez que estuve de pie frente a él—. Prometo que tendré más cuidado la próxima vez.

Él suspiró, resignado.

—A este paso terminaré infartado.

—¡Hugo! —Alguien gritó a mi espalda.

El rostro del moreno se iluminó y una amplia sonrisa apareció.

Me hice a un lado.

Limonta y Perera se abalanzaron a él en un apretado abrazo que levantó sus pies del suelo. Palmadas en la espalda y en los hombros.

—¡Qué bueno verte, bro!

—Al fin regresas, hombre. No te vemos desde el año pasado.

—¿Estás bien? Supe del accidente. ¡Qué putada! Al menos están vivos. ¿Cómo está Yong?

La sonrisa se le borró a Hugo, sus ojos me buscaron con urgencia.

«Esto no va a ser fácil».

—Recuperándose —dijo a secas.

P de PERDEDORDonde viven las historias. Descúbrelo ahora