Capítulo 67: La tumba de los druidas (parte 2)

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A pesar de los dolores, Caju logró darse la vuelta sobre sí mismo para respirar mejor. El dar algunas bocanadas llenas de aire le ayudó a recuperar la vista. Se llevó las manos a su riñonera y empezó a sacarlo todo lo más rápido posible, buscando algo que le pudiese ayudar a recuperarse mínimamente. No tardó en llegar a su estuche de dardos, lo más próximo a una solución que se le ocurría. En un principio pensó en inyectarse parte de un dardo somnífero, lo justo para que su corazón fuese más lento y el veneno se esparciera con lentitud. Sin embargo, su idea cambió al ver los dardos de pluma negra, los cuales contenían un potente veneno cuya función era coagular la sangre al máximo hasta que le fuera imposible circular.

Hace años, cuando era solo un niño, su hermana y él robaron unos dulces en una tienda. Kurhona no se fijó bien a la hora de cogerlos y acabó robando también una bolita de veneno para ratas, la cual le causó unos síntomas muy parecidos a los suyos cuando se la comió. Estuvo a punto de morir, pero a Borsik le fue posible estabilizarla suministrándole otro veneno y multitud de medicinas.

Caju miró el dardo, tratando de pensar en otras opciones. Una nueva arcada le indicó que se quedaba sin tiempo, de modo que le clavó el dardo en el cuello, tratando de acertar en la carótida. El cuello le ardía horriblemente, haciéndole pensar que, tal vez, acababa de meter la pata hasta el fondo. Pasados unos minutos, el dolor fue yendo a menos. Recogió lo que pudo y se levantó, aún tambaleándose. El joven sabía bien que el peligro aún no había pasado, tarde o temprano uno de los venenos comenzaría a imponerse al otro y lo mataría. Terminó inyectándose un poco de somnífero para ralentizar su flujo sanguíneo y ganar algunos segundos. Con paso inseguro, se dirigió al pasillo por el que había venido, con un solo objetivo en mente, encontrar a Tsuki antes de morirse.

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Elh se internaba en un pasillo tras otro, siguiendo el olor de Rasael, descendiendo todo el rato. No le parecía normal el poder distinguirlo con tanta claridad, lo que la hizo pensar en que el elfo la estaba conduciendo a alguna clase de trampa. También la extrañaba mucho el hecho de que no se hubiera topado con ningún otro rebelde.

Finalmente, llegó a una sala mucho más amplia que el resto, iluminada por una lácrima blanca de un tamaño considerable, la cual hacía parecer que fuera de día allí dentro. La semi-dríada tuvo que cerrar los ojos por el repentino aumento de luz. En las paredes solo había un total de cinco nichos, todos adornados con gran esmero.

-"Solo los mayores druidas eran enterrados aquí. Se dice que incluso sus espíritus siguen vivos como espíritus guardianes de nuestros bosques"

En la otra punta de la sala se encontraba Rasael, mirándola con confianza y una amigable sonrisa. Elh apretó los dientes de rabia.

-"Menuda jugarreta la del polvo negro ese"-le echó en cara.

-"Siempre fuiste algo crédula, amiga mía"

El elfo se descolgó una bolsita morada llena de incienso, lo que Elh había estado siguiendo.

-"¿Por qué querías traerme precisamente aquí?"-preguntó ella.

-"¿Sabes? Los druidas de hace siglos perseguían la consonancia completa con la naturaleza"-comenzó a decir él, ignorándola-"Incluso había algunos capaces de asimilar las habilidades y fortalezas de los animales, los llamados señores de bestias. Me preguntó qué pensarían de los de son como tú, que se transforman en lobos"

-"¡¿Te estás burlando de mí ahora?!"

-"¡¿Cuándo me he burlado yo de ti?!"

Rasael sacó un cuchillo de la caña de su bota y empezó a caminar hacia el centro de la sala.

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