—No todo es tan malo —sorprendido busqué su voz, se sentía cálida y familiar, luego de haberla escuchado en sesiones anteriores.
Me pregunté si realmente se dirigía a mí, pero considerando que sólo éramos dos en la habitación de quimioterapia, le di toda mi atención.
Por alguna razón, ella me causaba curiosidad. Quizá era por su aura cálida. Incluso cuando se mantenía quieta, su voz era suave y su mirada cariñosa, pese a lucir cansada.
Sus ojos lucían casi como los míos. Aunque no se veía tan mal como yo. Soy plenamente consciente de mi aspecto delgado, cansado y ojeroso, sin cabello y sin energía.
—Luego de esto nos dan gelatina. —dijo con una sonrisa.
Automáticamente pensé que me agradaba, pero temí que no fuera lo mismo con ella. Pero sí le caí bien y Andy se convirtió en mi día cálido durante el invierno. Justo como lo era mamá.
La observé con curiosidad, no sabiendo si debía seguir la conversación o sólo callar y asentir.
—A mí ayer me dieron de color morado —Siguió. No sé por qué la gelatina era tan especial para ella, pero la verdad es que esperaba mi sesión cada día, para poder pasar tiempo con Andy y comer gelatina, luego de hablar con ella por primera vez. También solía esperar las buenas noches, luego de que la internaron en el hospital. Y pese a que sabía que la vería más seguido, no me alegré, porque eso significaba que ella había empeorado.
—La mía era color rojo. —Respondí sorbiendo por la nariz y limpiando mi cara, hacía mucho que no lloraba en la sala de quimio. Consciente de que los trabajadores, como los llamaba mamá, seguían sin funcionar. Que el trasplante ya no producía nada en mí, que papá siempre estaba ausente y que lo veía una vez al día y a veces una vez por semana.
Que me sentía solo y quería un abrazo.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó, pero solo me concentré en cómo sus ojos se llenaban de lágrimas mientras intentaba sonreír.
—¿También te duele? —Frunció el ceño ante mi pregunta y observó un segundo el porta suero.
—Estoy bien. —Dijo en su lugar.
—Te vi llorar la primera vez que viniste. La chica con las mejillas rosadas estaba contigo —yo también lloré la primera vez que vine. Lloré mucho, a decir verdad. Ya casi no lloro.
Me pregunto si es porque me he resignado a la idea de morir en algún momento. Más cuando no me queda nada.
—Sí, duele, pero sé que si no lloro me darán gelatina como premio —dijo.
—Me llamo Christopher —dije, sonriendo por primera vez y eso pareció agradarle. Ella dijo que mi nombre era como el de un príncipe. Pero es el de un príncipe triste y sin reino.
. . .
Los meses posteriores comencé a ver a Andy más seguido y poco a poco, ella comenzó a dejar de ser una extraña y se convirtió en mi mejor amiga. Y nunca puede dejar de pensar en que ella se parecía a mamá, era como verla una vez más.
Era triste y al mismo tiempo me llenaba de vida, aunque estuviera muriendo. Mi diagnóstico había sido claro.
Ya no había más que hacer por mí.
Por esa razón, cuando Andy fue internada en el hospital y acudía a verme cada noche, besaba sus mejillas. Y cuando la abrazaba, no quería soltarla. Era mi forma de despedirme de mamá cada día. Y de Andy, en caso de que mi corazón dejara de latir sin previo aviso.
. . .
—Es todo lo que hay para mí. —Dije con tristeza, papá sólo me observó con disculpa y la sombra de una lágrima asomó en su mirada.
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Antes del Cielo
No FicciónAndy Coldwater vive un día a la vez. Una vida tranquila que no pierde enfoque ni en la peor de las perezas: Escribir libros hasta que las canas hayan engullido su brillante cabello rojo. Aspira a encontrar su lugar en el mundo editorial y dedicarse...
