The sickest of the plans

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Extrañamente, luego de haber besado a Steve y de dormir juntos, Raymond no me había llamado, y lo agradecía, aunque al mismo tiempo me embargaba la culpa de haberme estado escabullendo con McGarrett por otro par de meses en el que no planeábamos hacer nuestra "relación" como algo serio, o bueno, eso pensaba...eso pensábamos, porque, como esa mañana, él se encontraba haciendo el desayuno, o al menos lo intentaba, ya que al estar sus costumbres de SEAL todavía arraigadas, muchas de sus preparaciones terminaban casi quemadas y servidas en porciones exageradas, así como su forma veloz de comer o de hacer casi todo en general.

— Hoy no podré venir a cenar, ¿si? Tengo que hacer algo— informé, a su lado, con mi brazo izquierdo alrededor de su torso desnudo, sirviendo el jugo de naranja en nuestros vasos. Ah si, porque quizá en el Palacio y frente a nuestros amigos, en ocasiones seguíamos actuando con algo de resentimiento y lejanía, pero en las idas al supermercado hasta una vajilla nueva habíamos comprado para su casa.

— ¿Debo preocuparme?

— Creo que deberías preocuparte más por asistir a la clase de cocina a la que nos inscribimos, mira esto— Tomé, con cuidado de no quemarme, una tostada que, más allá de estar con esa característica, estaba oscura por un lado, incluso al tocarla se desprendía un polvillo negro—. Maravilloso.

— Antes no te habías quejado de mi comida.

— Antes no vivía aquí...— murmuré, dando unos pasos para acomodarme en mi lugar en la mesa—, ¿cómo sería? Caótico.

— Quizá podríamos averiguarlo...

— Steve...— Lo miré seria y luego solo dejé de hablar, recibiéndolo frente a mi y preguntándome de nuevo si ese actuar nuestro era correcto o, para empezar, ¿de dónde venía?

Desde hacía un mes que mi McGarrett me proponía quedarme más tiempo en su hogar, y a pesar de que al inicio era divertido y no me daba cuenta de lo que estábamos haciendo...del todo, una mañana en que nos preparábamos para ir al trabajo, me di cuenta de que la mayoría de mis cosas, si no es que ya todo mi repertorio personal, estaba acomodado en algunas áreas específicas de la habitación; fue la playera que Marcus y Mason me regalaron de cumpleaños que relucía en un pequeño mecate de tendedero, ropa interior doblada en un cajón y mi cepillo de dientes en el lavamanos de afuera del baño, los que me abrieron los ojos para saber que el avance había sido veloz.

No me quejaba, ¿o si?

***

Si Steve era madrugador, ahora que llegábamos juntos al trabajo, lo era más, pues no era mentira que los dos queríamos recuperar el tiempo en el que nos separamos, además de disfrutar del silencio en mi oficina, con tres malasadas dulces y otro café, sentados en el sofá de una plaza, conmigo en sus piernas y mi cabeza recargada en su hombro, sin movernos mucho y solo sentir la respiración del otro. Era mi segundo momento favorito del día y creo que era el primero de él.
Hasta que nos daban las 8 de la mañana, después de una hora sin hacer nada en absoluto, llegaban nuestros amigos y, así como arribaban, un caso también, como aquel en particular que nos movió a todos, especialmente a Chin, que apenas unos días antes había descubierto que tenía una sobrina, la hija de un Gabriel Waincroft que se la había pasado huyendo por el último año y que, gracias a él, su esposa había sido asesinada y su hija, Sarah, corría peligro.

— Por fin será el juicio de mi madre— solté, y aunque no quería moverme de la posición tan cómoda en la que me encontraba, fue justo el de ojos azules quien se removió para verme directamente—, ¿y sabes qué es lo que me inquieta más? Que Marcus va a testificar y ya son casi cuatro meses en que no sé nada de él.

— ¿Debería preocuparme?— Ya de pie, tomé aquel comentario con gracia pues esa era la pregunta inquisitiva de siempre, o al menos, la usual entre ambos—. Al final, sigue siendo tu ex...

RevengeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora