The Britain Guy

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No me quejaba por cuidar de Steve, mucho menos ahora que había decidido dejar mi casa para vivir con él. Era un paso importantísimo con el que, si bien ya no dormía en mi antiguo lugar, una parte de mis pertenencias seguía ahí, en especial porque Mason había decidido quedarse en la isla de forma permanente y le había ofrecido mi viejo hogar para su compra.
Era sumamente incómodo tener que hablar con él a pesar del desconcierto que sufría con cada mirada que le daba. Así también, pasar tiempo con esa versión de quien alguna vez fue mi mejor amigo, me daba escalofríos. Era tanta la conmoción que no le permitía acercarse, incluso el roce de nuestros dedos o el aroma de su perfume me era totalmente nuevo y hasta terrorífico.

— A ver, entonces tomaste el ketoprofeno hace una hora, ¿y éstas?— pregunté a McGarrett, mostrándole la caja verde con un nombre muy complicado de pronunciar—. Ay, ¿sabes qué? Olvídalo, ya me confundí.

Él rió y luego estiró su brazo para indicarme que tomara asiento en el sofá y a un costado suyo, lo que, aunque en inicio me negué para poder revisar la receta, luego me rendiría y haría.

— Descuida, tu solo descansa, ¿si? Ya tomé mis medicinas.

— Descansaría completamente si no hubieras querido lanzarte de otro edificio, Steven. Fuiste demasiado imprudente, y ahora ¡mírate!— regañé al tiempo que me ponía de pie otra vez, sin embargo, a mi compañero le causaba gracia verme así—. No le veo lo divertido a que se abran los puntos de tu herida.

— Es que te ves linda cuando te preocupas por mi.

Quise seguir hablando solo que, al oír aquello, solo logré boquear y ruborizarme. Lo sabía por la temperatura elevada que de pronto llegó a mi rostro, además de que un atisbo de sonrisa apareció también. Pero no me permitiría perder la cordura solo por un simple halago.

No era el halago, era de quien venía.

— Eres imposible. Ya me voy— Fui por mi bolso y una mochila grande. En ella llevaba ropa y zapatos para poder entregársela a mi padre y que él se las hiciera llegar a Amanda Kaye, esa mujer—. Mi papá me espera con mi amiguito.

Steve, lentamente y con precaución, también se paró y caminó hasta que llegó a mi posición, que era en el último escalón antes de estar en el primer piso. Solamente así podía estar cerca de su altura, y quizá unos centímetros por encima de él.
Pronto, con todo y que la velocidad con la que estaba guardando el calzado en la maleta, que era mucha, Steve dijo mi nombre y tomó mi rostro entre sus manos. Suspiré y me permití detenerme un poco para mirarlo con detenimiento.

— Esta bien si no quieres ver a Mason— murmuró, contra mi cabeza recargada sobre su hombro. Yo sonreí de manera forzada pues acordarme de Mason, en estas últimas ocasiones, me provocaba dolores de cabeza—. Tómate tu tiempo.

Solté el bolso y la mochila y rodée el cuello del SEAL con mis brazos. Me quedé abrazada a él dando suspiros de cansancio.

— ¿Recuerdas cuando te reclamé que lo llamaras por su nombre? Ahora soy yo la que no quiere ni decirlo. ¿Soy mala persona por eso?

— Jamás.

<<Mírame— Hice lo que me pidió y, después de varios meses, me di cuenta que el azul oceánico de los ojos de Steve, me anclaban a tierra firme en medio de toda la tempestad mental que atravesaba—. Querer tiempo para procesar lo que te sucede, no te hace mala...>>

— Pero si...

—... Tampoco egoísta. Simplemente destaca que seguimos siendo humanos.

— ¿Qué le pasó al comandante McGarrett, la "máquina sin sentimientos"?

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