Extra I

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Ya no se juegan cartas

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Ya no se juegan cartas. Se juegan imperios

Rush

El pequeño cofre plateado lo seguía moviendo despacio, de mano en mano. A pesar del peso que conllevaba mi decisión, no había dudas de que era lo correcto; sentía que era lo correcto. Nunca antes había querido algo con tanta desesperación.

Habíamos pasado por muchas cosas; el proceso era innegable, así como el cambio. A ella la amaba, la amaba por sobre todas las cosas, y la necesidad de tenerla a mi lado por toda la vida era un sentimiento mucho más arrollador de lo que podía describir.

La idea se había abierto paso en mi cabeza desde que pude volver a estrecharla en mis brazos. Sin embargo, por todo el proceso y el cambio que conllevó mi llegada de vuelta al búnker, esa idea, pese a no abandonar mi mente, disipó su insistencia. Volvió a resurgir con fuerza semanas atrás y no lo pensé dos veces antes de salir con una hermana bastante fisgona a elegir y comprar.

Diría que el proceso de "elegir y comprar" fue sencillo, pero resultó mucho más complicado de lo que imaginé.

No quería cualquier anillo. Su mano no estaba hecha para portar cualquier baratija.

Por eso, llevar a Mila conmigo no terminó siendo una mala idea después de todo. Mi hermanita se colocó a mi lado con un ojo tan analítico como el mío, porque sabía que, en efecto, mi futura esposa no era mujer para portar anillos ordinarios.

Las joyerías en Calabria no se ajustaban a mis estándares; por ende, para empezar la búsqueda, tuvimos que salir de allí y volar a Roma. Al llegar, Cartier fue la primera opción de Mila, seguido de Tiffany cuando ninguno de los diseños que decoraban las vitrinas nos llamó la atención. Seguimos así, recorriendo tienda tras tienda, hasta que llegaba la hora de volar de regreso para evitar levantar sospechas con mi princesa. Aun así, cada vez que regresábamos a casa, Rise, Riden y su propio escuadrón élite la mantenían lo bastante entretenida como para que no notara mi ausencia, ni siquiera la de Mila.

Nos llevó cuatro días encontrar el lugar indicado, uno que trabajara con la visión que tenía del objeto que iba a decorar el dedo anular de mi mujer. Me sorprendió confiar en la joyería de Harry Winston cada detalle que rondaba por mi cabeza, pero tenían diseños que se asemejaban a lo que buscaba y, lo más importante, no me salieron con mierdas de que tenían algo mucho mejor que mi idea, como había hecho cada establecimiento anterior.

Las consultas iniciales, las reuniones con los diseñadores y la selección de materiales no llevaron tanto tiempo. La idea había estado tan fija en mi cabeza que solo necesité papel y lápiz para plasmarla, dejando a Graciela, la diseñadora asignada, genuinamente sorprendida con el diseño que quería. Mila fue quien complicó un poco más la elección de la piedra, incluso yendo a la joyería por su cuenta para asegurarse de que el anillo quedara justo como yo lo tenía en mente.

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⏰ Última actualización: 11 hours ago ⏰

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