NINETEEN | TRACES

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El día de Navidad, Eden únicamente pudo escribir una carta de agradecimiento a los Weasley.

Los anuncios del Ministerio se habían ampliado a directas amenazas a aquellos que trataban de ocultar su identidad, y cuando volvieron a casa una tarde y encontraron que alguien había tratado de derribar el hechizo protector, hicieron la maleta y huyeron. Los hechizos eran seguros, no infalibles. Estaban ya siendo debilitados, y si eso estaba pasando era debido a que habían descubierto su identidad. Tal vez como Eden Black, o como mestiza. De cualquier modo, no podían quedarse ahí.

Pottervigilancia cambia constantemente de lugares de emisión, y ellos también. Fred y George se aventuraban más a aparecerse en Devon, protegidos por su status de sangre pura, pero ni eso les dejaba tranquilos con su historial de traidores y, en esos días, como los emisores de la radio anti-Voldemort. Eden viajó primero al norte, a la costa, antes de que los locales comenzaran a susurrar de carroñeros por la zona. Tuvieron que cambiar de estrategia, y fueron al este. Allí pudieron estar más tiempo, pero mantenerse en un mismo lugar durante más de un mes les convertía en dianas.

— No está mal — comentó Lee. La cabaña era pequeña, olía a moho y tenía la mitad de las ventanas tapiadas por firmes tablas cubiertas de telarañas. Con un simple hechizo limpió la zona donde colocarían la radio. 

— ¿Cuánto tiempo estaremos aquí? — preguntó George, tratando de realizar todo tipo de hechizos de limpieza para crear un ambiente habitable. Era complicado cuando esa cabaña tenía más en común con la Casa de los Gritos que la mismísima Casa de los Gritos. 

— Con suerte, dos semanas — dijo Eden, asomada por el hueco de dos tablones que sellaban la ventana del salón. La nariz le picaba por el polvo—. Es un pueblo muggle, pero cerca del valle ha habido magia oscura recientemente.

— ¿Lo has escuchado por ahí? — murmuró distraído Lee, juntando piezas.

— Lo he sentido nada más llegar. Sigue habiendo un trazo.

— No seamos pesimistas, vamos a intentar pasar toda la Navidad aquí — sonrió Fred—. Podemos ir a por algún pavo. Seguro que en el pueblo venden. ¿Vamos, Ed?

— No así — negó. Invocó de su bolso un frasco de poción multijugos, ya preparada—. Solo queda una dosis, no he podido preparar más. Me faltan ingredientes. Quién diría que en las boticas muggles no venden piel de serpiente arbórea africana.

— Reserva la poción, Ed, seguro que nos hará falta más adelante — pidió George, aún distraído limpiando—. Lee y yo nos quedamos por aquí organizando. Estamos cerca de Irlanda, no tiene que ser raro ver a un pelirrojo y una chica pálida por ahí.

A regañadientes y con la varita en constante contacto con su mano, aceptó salir al pueblo con Fred. Se envolvió en una gruesa bufanda gris, cubriendo la mitad de su rostro. A medida que se acercaba al pueblo el rastro de magia oscura se fue alejando, marchitándose a cada paso que daba por el camino empedrado. Había rastros de nieve, pero no una capa gruesa o difícil de atravesar. Fred fue en silencio, algo que agradeció.

— ¿Hace cuánto tiempo estuvieron aquí? — susurró, mirando las calles vacías.

— Tal vez tres días. Debió ser una única maldición. Una imperdonable, lo más probable. Un mestizo oculto, o un muggle con mala suerte.

Fred asintió. A pesar de su intento de parecer despreocupado, estaba tenso. Mantenía la mirada perdida en el horizonte, y fruncía las cejas en una línea cargada de marcas de preocupación. Sus ojos, antes brillantes de picardía, ahora estaban más apagados por el miedo.

— Lo siento tanto, Fred. Si yo no... Podrías estar en casa con George, con tus hermanos y padres.

Se detuvo de golpe. Cambió su gesto de alerta por uno de pena.

𝗣𝗢𝗧𝗜𝗢𝗡 ━ 𝐹𝑟𝑒𝑑 𝑊𝑒𝑎𝑠𝑙𝑒𝑦Donde viven las historias. Descúbrelo ahora