Raimundo, con 24 años, acaba de terminar la carrera de Medicina y ha vuelto a Puente Viejo para quedarse. Francisca, de 22, se dedica a administrar sus tierras junto a su padre, Enrique Montenegro.
Ambos se conocen desde niños y la amistad inicial s...
- Aquí tienes a tu niño. - Pronunció dulcemente mientras se lo colocaba entre los brazos. - Enhorabuena, es precioso. - Le felicitó mientras aún seguía a su lado, no podía dejar de contemplar la escena.
- Bienvenido cariño. - Dijo tiernamente Francisca mientras no cesaba de besarle y acariciar sus sonrosados mofletes. Por fin tenía entre sus brazos a su hijo y en silencio admiró su rostro. Idéntico al de su padre.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Raimundo seguía observándoles. Estaba contemplando la escena más bella posible y Francisca estaba radiante. Fruto de un impulso, alargó su mano para rozar la manita del pequeño. Su felicidad fue mayor cuando el bebé envolvió con su manita su dedo índice.
Don Enrique y Leonor se encontraban sentados al otro lado de la cama. El temor vivido apenas unos minutos atrás había dejado paso a una inmensa felicidad. Inconscientemente, Enrique extendió su brazo por la espalda de Leonor hasta situarlo en su cadera para, acto seguido, acercarla hacia él.
Francisca contemplaba cada escena. Vió como su Tristán apretaba con fuerza el dedo de Raimundo y como él sonrió. También observo como su padre y Leonor se intercambiaban muestras de afecto, dichosos por ver a su nieto. Por que sí, Francisca tenía claro que, para Tristán, Leonor sería su abuela.
Allí, entre esas cuatro paredes estaba lo que más amaba en este mundo. Pensó en su madre y en su hermano Miguel, le hubiera encantado poder compartir con ellos éste momento. Les rogó en el silencio de su pensamiento que velaran por su hijo.
Observaba como las lágrimas descendían por el rostro de Francisca y se alarmó.
- Francisca ¿estás bien? - Preguntó asustado Raimundo. - ¿Por qué lloras? ¿Sientes dolor? - Siguió preguntando mientras se ponía de pié y se dirigía a volver a examinarla.
- Tranquilo, no es nada. Lloro de dicha. - Le contestó sin cesar de mirarle a los ojos. - Gracias por éste regalo, Raimundo. - Y pronunció esas palabras con un doble significado que sólo atisbaron su padre y Leonor.
- No hay de qué, Francisca. Y bueno... No quiero ser entrometido pero... - Hablaba sin cesar de remover nervioso su mano sobre su coronilla, alborotándose el cabello. - ¿Cómo va a llamarse? - Preguntó al fin. - Es para rellenar la partida de nacimiento. - Intentó justificarse para no dejar entrever que se moría de ganas por saber qué nombre había elegido Francisca.
- Tristán. - Le contestó con una sonrisa. En ese instante notó como Raimundo mudaba el semblante. Notó como comenzaba a tensarse cada músculo de su cuerpo. - Raimundo ¿estás bien?
- Sí. - Contestó seco. Acababa de volver a la realidad. Francisca no le amaba y ese hijo era fruto de su matrimonio con la bestia de Salvador. Además, para más inri, iba a llamarse Tristán, el mismo nombre con el que ellos soñaban llamar a su primer hijo varón. Ni esa consideración había tenido. Pero ahora no la culpaba a ella, sino a él mismo por haber apartado de su mente esa realidad minutos atrás. Por haberse dejado llevar y no haber pensado en el lugar que ahora ocupaban ambos. Ella no le amaba y había jugado con él. Aún lleno de rabia comenzó a recoger todo el instrumental médico. No podía seguir un segundo más allí dentro o terminaría por derrumbarse.
- ¿Marchas ya? - Preguntó temerosa Francisca. Había caído en la cuenta del dolor que debía sentir ahora mismo Raimundo.
- Sí. Ya no pinto nada aquí. - Dijo mientras seguía recogiendo.
Francisca miró a Tristán. El pequeño se había quedado tranquilamente dormido en sus brazos. También observo a su padre y a Leonor, con sólo mirarles supo en qué estaban pensando. Lo mismo que ella.
- Raimundo espera. Tenemos que hablar.
- ¿De qué? ¿A caso no me lo dijiste todo? - Atacó Raimundo.
- Por favor Raimundo, escúchale. - Le pidió Don Enrique.
- No creo que sea el momento de hablar nada.
- Meses atrás tú me pediste lo mismo. Que te escuchara. Y lo hice. Sólo te estoy pidiendo que ahora hagas tú lo mismo. - Trató de convencerle Francisca.
- Hijo, escúchala. Y créeme, es el momento idóneo. Confía en mí. - Le suplicó Leonor mientras le acariciaba tiérnamente el rostro.
- Está bien. - Aceptó al fin Raimundo. Nada tenía que perder y, además, la curiosidad podía con él.
Francisca le dió un suave beso en la frente a Tristán y, tras entregárselo a Leonor, trató de incorporarse para poder afrontar la situación.
- Raimundo yo... Yo no sé por donde empezar.
- Por el principio suele ser lo más fácil.
- En esta ocasión, me temo que no. Raimundo, por favor, sólo te pido que no me interrumpas ¿vale?
- De acuerdo. - Contestó Raimundo mientras acercaba a la cama la butaca para sentarse.
- ¿Recuerdas la última conversación que mantuvimos, no? - Trató de ir directa. Quería contarle todo a Raimundo, aprovechar que Salvador tardaría en volver a Puente Viejo.
- Sí, y si vas a volver a repetírmelo, no es necesario. - Contestó levantándose de la butaca. No estaba dispuesto a volver a escuchar que no le amaba.
- ¡No! - Gritó Francisca mientras le agarraba con fuerza del brazo. - Quiero contarte lo que ocurrió de verdad. - Dijo mientras su mano descendía por el antebrazo de Raimundo, deslizándose hasta enredarla junto a la suya. Raimundo volvió a sentarse, sin soltar su mano. Así que ella siguió aferrándose a ella y prosiguió. - Verás, dos días antes recibimos la información que comprometía a Salvador. Mi padre, Leonor y yo dispusimos todo para comenzar con el trámite de la nulidad matrimonial pero, sin saber como, Salvador se enteró. Me amenazó con hacerte daño, con arrebatarme a Tristán.
- ¿Cómo? - Preguntó desconcertado Raimundo. - ¿Por qué no me dijiste nada, Francisca?
- ¿Recuerdas la nota que te entregó José? Era para que acudieras al cobertizo. Allí estaba aguardándote junto a una maleta, para huir juntos. - Explicó Francisca emocionada. - Oímos el trote de un caballo, pensábamos que eras tú pero... Era Salvador. Nos había descubierto otra vez.
- El muy desgraciado debió seguirnos o escucharnos. - Puntualizó Don Enrique. - Sacó una pistola y me apuntó. Obligó a Francisca a dejarte, a humillarte o sino... Amenazó con arrebatarnos la vida a Leonor, a mí y... A tí Raimundo.
Raimundo seguía desconcertado. Numerosas sensaciones acaparaban su corazón. Francisca había tenido que hacer lo mismo que él tiempo atrás. Le mintió para protegerle.
- Raimundo yo... Yo nunca he dejado de amarte, mi vida. - Se declaró al fin, alzando su mano aún entrelazada en la suya propia para darle un cálido beso. - Jamás he amado a Salvador. Ni a ningún otro hombre. Sólo a tí, Raimundo.
- Francisca... Yo... - Dijo mientras se levantaba de la butaca para sentarse al borde de la cama junto a ella. - Francisca... - Siguió hablando mientras acercaba su rostro al suyo. - Te amo.- Susurró a escasos metros de su boca. Notó su respiración entrecortada, al igual que la suya. Acarició su rostro, aún pálido por el esfuerzo del parto. Sin dejar de mirarla acercó sus labios y le dió un cálido beso.
Miles de escalofríos surcaron su espalda. Por fín Raimundo sabía la verdad. Bueno, casi toda la verdad. Decidió que durante esa noche se sinceraría del todo con él de una vez. Pero ahora, enredada entre sus brazos, solo quería disfrutar un poco más de él y de Tristán.