Habían pasado varias semanas desde su desmayo. El nuevo doctor de Puente Viejo, Pablo, era un antiguo compañero de carrera de Raimundo.
Se habían visto varias veces, tanto en Madrid cuando ella viajaba para visitar a Raimundo como en Puente Viejo, en las cenas que organizaba el joven Ulloa cuando invitaba a sus amigos a las fiestas de San Mamerto.
Por esa amistad que les unía, Pablo le contó el porqué de su desmayo en intimidad. Tras descartar la posibilidad de que Francisca sufriera anemia, el joven doctor dictaminó su resultado varios días atrás:
- Francisca, no se bien como contarte esto, pero lo que te ocurre no es una anemia, ni tiene nada que ver con una enfermedad. Estas embarazada de unas pocas semanas.
Francisca recordaba esas palabras a cada instante. Estaba embarazada. Esperaba un hijo de Raimundo. Gracias a la complicidad de Pablo, nadie más que ella lo sabía. ¿Cómo iba a contarles a su padre y a Leonor que estaba embarazada? ¿Cómo iba a decirles que esperaba un hijo de un hombre que iba a casarse con otra en apenas unas pocas semanas?
A pesar de ello, Francisca era feliz. Cierto era que todo estaba en contra y que su situación era más que delicada: embarazada fuera del matrimonio y sóla. Pero ese niño... Ese niño era fruto del amor de su vida. Sabía que había sido engañada por él, pero no podía dejar de amarle y recordarle. Era superior a su voluntad.
Cuando se encontraba a solas, se acariciaba el vientre con un amor inmenso, jurándole a su pequeño que ella se encargaría de que no le faltara de nada.
Por estas fechas, los Castro, una familia adinerada de un pueblo cercano a Puente Viejo, La Puebla, celebraba una fiesta donde estaban invitadas las familias más importantes de la zona. Entre ellas, los Ulloa y los Montenegro.
Don Enrique seguía preocupado por Francisca. El doctor le había relatado que Francisca sufría una leve anemia y que debían cuidarla y seguir una dieta estricta. Pero él también sabía que lo que Francisca necesitaba era superar la ruptura con Raimundo, por eso decidió proponerle acudir a la fiesta de los Castro. Se sorprendió en gordo cuando su hija aceptó a la primera.
Había llegado el día de la fiesta, Francisca lucía un vestido de encaje verde precioso. El carruaje paró delante de la mansión Castro, los Montenegro no pudieron sino alabar la exquisitez que envolvía la mansión.
En la puerta estaban Santiago Castro y su hijo Salvador. El joven era diez años mayor que Francisca, tenía un hijo de 6 años, Carlos, fruto de su primer matrimonio. Su esposa había fallecido dos años atrás, a causa de una caída mientras cabalgaba.
- Buenas noches Don Enrique, buenas noches Señorita Francisca, permítame decirle que está preciosa. - Salvador le tomó la mano y depositó en ella un beso.
- Muchas gracias, ahora permítanme ustedes decirles que la decoración del jardín y de la entrada es maravillosa. - Dijo Francisca mientras lucía su mejor sonrisa.
Don Enrique se encontraba desconcertado. Por un lado se alegraba de que Francisca volviera a parecerse a la de antes, pero por otro algo no le cuadraba: en pocos días había pasado de ser un alma en pena a ser una perfecta invitada, dicharachera, amable, simpática...
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Raimundo y Francisca
RomanceRaimundo, con 24 años, acaba de terminar la carrera de Medicina y ha vuelto a Puente Viejo para quedarse. Francisca, de 22, se dedica a administrar sus tierras junto a su padre, Enrique Montenegro. Ambos se conocen desde niños y la amistad inicial s...
