«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Al día siguiente, con cierto pesar y un dolor de cabeza inhumano, madrugué. Ni siquiera supe cómo me puse en pie. El cielo seguía siendo oscuro y ni la luna ni las estrellas habían desaparecido aún. Me di un baño rápido con agua caliente, sintiendo los párpados pesados por el sueño. No tardé mucho en prepararme. Y cuando salí de la habitación, no asimilaba que tenía compañía.
Me encontré con un peculiar escenario. Bastian se encontraba durmiendo en el sofá, imperturbable. Se había quitado la camisa y estaba junto a la chimenea. Su respiración era tranquila, su pecho se movía con lentitud. Y estaba semidesnudo. Las llamas iluminaban sus facciones marcadas y sus labios estaban entreabiertos...
Por los dioses...
¿En serio me estaba fijando en eso?
Miré por la ventana. Cygnus no estaba, cosa que me pareció extraña. Abrí la pequeña alacena para ver si yo tenía algo de comer. Estaba todo lleno, pero eran pertenencias de mi nuevo acompañante, por lo que la cerré y tomé mis cosas con avidez, ignorando el dolor de estómago por culpa del hambre.
—¿No vas a desayunar nada? —me preguntó.
Me sobresalté de golpe. ¿No había podido ser más silenciosa que lo había despertado? ¿O se había quedado ahí quieto, fingiendo dormir, el maldito...?
Al voltearme, él tenía los ojos cerrados, uno de sus antebrazos sobre su frente. Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. No podía centrarme en eso. Ni debía. Tomé aire varias veces de manera disimulada antes de responder.
—Estoy bien. Sigue durmiendo. Buenos días.
Bastian se irguió, apoyando los codos en el sofá. Mi mirada volvió a su cuerpo, y él resbaló la suya por el mío.
—Necesitas ropa de tu talla.
—Con esta ropa no se me ven... —¿qué iba a decir? ¿Los pechos, el evidente cuerpo de mujer que tenía? No era del todo delgada, mis muslos eran gruesos, mis caderas voluptuosas y mi torso era lo suficientemente marcado como para que la ropa que llevaba estuviera a punto de apegarse como segunda piel ¿qué haría si me ponía ropa de mi talla?
—¿No se te ven...?
—No se me ve nada... de nada. E intento pasar desapercibida, por si se te había olvidado.
Agradecí mi tono de voz tajante. Bastian bajó la mirada a mis piernas, marcadas por el fino pantalón marrón que las cubría. ¿Por qué me miraba tan fijamente? ¿Tenía como propósito ponerme nerviosa? Porque lo estaba consiguiendo.
—Los días son largos. Y más en el pueblo. Deberías comer algo.
—Como ya dije... estoy bien —asentí yendo hacia la puerta—. Debo marcharme, llego tarde.
Se puso en pie de golpe y la cerró cuando yo tuve la intención de abrirla. Por un momento casi me mareé del susto. Su marcado brazo siguió apretando la madera en lo que yo forcejeaba, tirando de ella. Un esfuerzo inútil, he de admitir. Me volví a mover, él se movió al mismo tiempo.