«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Desperté enredada entre las sábanas. Me desperecé, con el cuerpo aún entumecido. La calidez del sol atravesaba los paneles de cristal que separaban la habitación del balcón. Inspiré un par de veces, jactándome de la tranquilidad que sentía en ese momento, algo nuevo después de muchos días de emociones desbocadas.
Cuando abrí los ojos, vi que Bastian no estaba.
Y que yo estaba ocupando prácticamente toda la cama.
Me erguí, arropándome con las suaves sábanas de seda. Me restregué los dedos contra mis ojos. ¿Qué hora era? ¿Acaso Bastian se había ido y me había dejado sola? Era factible, aunque la mayor parte del tiempo ni yo misma sabía qué pasaba por la mente de Bastian Craine.
Estiré mis piernas y me dejé caer al suelo. No sabía qué hora era, tan sólo era consciente de que pronto tendría que salir a reunirme con la familia real de Indriya y entablar negociaciones para poder centrarme en lo importante: el arpa de Spiro que Cyrilla me había pedido que le llevara.
De esa manera, podría obtener la copa de Éfira, y de esa manera, tardaría menos en encontrar a mi hermana.
Por lo dioses, Dionne. Tendría que volver a mandarle un mensaje, aunque tampoco ella me había enviado una respuesta. ¿Estaría bien? ¿Sería buena idea decir al Kaj que me permitiera usar alguna de sus aves mensajeras para poder decirle a Dionne que no iba a poder estar en Evreux tan pronto como planeamos y que me esperara?
Eran demasiadas preguntas y a mí ya me estaba empezando a doler la cabeza.
Me puse en pie. Adormilada, me bajé el camisón y fui al baño. Me tendría que dar una ducha y ponerme ropa algo más presentable. Arrastrando los pies sobre la alfombra, me encaminé hacia la sala contigua. Bostecé y vi mi reflejo caótico en el espejo. Todo mi pelo despeinado y mis ojos hinchados por culpa del cansancio. Si fuese posible, permanecería una semana entera dentro de esas cómodas y agradables sábanas.
Me di la vuelta para ir hacia la ducha pero algo me dejó petrificada en el sitio.
Bastian abrió la mampara que separaba la ducha de mi espacio y me miró. Inconscientemente mis ojos resbalaron por su tonificado torso y... Aparté la mirada lo suficiente antes de seguir bajando.
—Buenos días —me saludó.
—¿Podrías cubrirte? —le pedí, tapando mis ojos con la palma de mi mano—. Estás...
—¿Podrías llamar antes de entrar? —preguntó, divertido—. Y sí, la mayoría de gente se ducha desnuda.
—Pensé que te habías ido, además hay una cortina, no una... puerta.
Sus pies sonaron contra el suelo y yo apreté los ojos cerrados con fuerza. No iba a mirar. Y menos, a él. Pero había que reconocer que aquella escena había bendecido mis ojos para el resto de mi vida. Carraspeé un par de veces, tratando de hacer que se diera prisa. Le escuché reírse.