14. Némesis

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—¡Vamos, chico! —me gritó uno de los hombres que se encontraba en una de las mesas lejanas—, ¡tenemos prisa!

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—¡Vamos, chico! —me gritó uno de los hombres que se encontraba en una de las mesas lejanas—, ¡tenemos prisa!

Habían pasado 7 días desde mi llegada a la Isla de Baux. 7 largos y tediosos días que no me habían servido de mucho.

Aunque, por suerte, ya sabía dónde me encontraba.

Me había adaptado bastante mal al principio. Había pasado de lujos y floripondios a simplemente una caseta y la supervivencia exclusiva de mis entrenos y la propia aventura.

La primera mañana que salí, simplemente investigué. Me había recogido el pelo en una especie de moño y me había vestido con la única ropa de hombre con la que contaba. Al ser tan bajita y con los zapatos que me quedaban grandes, parecía de mucha menos edad.

Rellené los zapatos para ajustarlos con tela rota de los restos del vestido que había destrozado por completo para limpiarme las heridas. El reflejo en el espejo no había mejorado mucho. Tenía hematomas en los brazos y en las piernas. Eso me ayudaba con mi disfraz, me hacía parecer un muchacho problemático que necesitaba disciplina.

Muchos me miraban raro y yo me sentí como una presa en medio de tantos depredadores. Era normal, teniendo en cuenta que en un pueblo pequeño, todo el mundo debía conocerse.

Yo era una intrusa, y ninguno se esforzaba en quitarme ese ponzoñoso sentimiento.

Mis nervios no ayudaban. Cuando la gente se chocaba conmigo y me soltaba un maleducado "¡mira por dónde vas, niñato!", yo empequeñecía. Balbuceaba las palabras y al final salía corriendo por el callejón más cercano. A los dos días, perdí esa timidez y trabajé la firmeza de mi voz, en caso de emergencia.

Debía evitar a toda costa ser el foco de atención.

Trataba de andar convencida, sin agachar la cabeza demasiado, sin doblar la espalda, tratando de aparentar indiferencia absoluta. Me habían entrenado para ello, prácticamente era un ensayo diario.

Me despertaba mi águila cada mañana sobre las seis y media.

—Buenos días, Cygnus —saludaba nada más salir de la habitación.

Nos habíamos peleado por ponerle un nombre. Había pensado en todos los protagonistas de las historias de la biblioteca de papá. Quedamos en que me daría un suave picotazo en la mano cada vez que le disgustara un nombre.

Mala idea.

Detestó todos.

Pensé en Cygnus cuando mis manos estaban llenas de sangre por culpa de su afilado pico. Cuando le dije el nombre se quedó mirándome, parpadeando. Casi arqueó una ceja y después se quedó quieta en el sitio.

—¿Te parece bien? —le pregunté.

Ella movió la cabeza en un asentimiento. Y yo sentí que me relajaba por completo. Caso cerrado.

Huellas y SusurrosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora