«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Cuando Ezra me dijo que el rey alargaba sus cumpleaños durante una semana no le creí la primera vez. Pero después de seis días de bailes interminables, ridículas cenas y fiestas que dejaban qué desear, supe que decía la verdad. Aunque en siete días pasaron demasiadas cosas.
Para empezar, mi amigo se tomó muy en serio el plan de entrenarme. Me levantaba a las cinco de la mañana para que me preparara y alejarnos a caballo a un campo de entrenamiento que tenía para él solo. Y allí, que nadie hacía preguntas, comenzó a enseñarme a disparar. Al principio las flechas acababan donde les daba la gana, pero después mi puntería comenzó a mejorar con creces.
Al menos, aquellas pequeñas citas de entrenamiento mejoraban mi humor y podía lidiar con todo lo que significaba vivir en palacio. Encuentros repentinos con nobles babosos que no dejaban de preguntar estupideces y acercarse a mujeres solteras con una buena cantidad de dinero en sus cuentas o un buen título, comidas y cenas de lo más extravagantes con conversaciones aburridas y mucho chismorreo...
Ah, y los paseos por los jardines con el rey.
Mi padre se había vuelto un gran amigo de Maximus Diamantis, por lo que no era raro encontrar a su familia paseando con la mía. Ezra nos acompañaba, siempre sosteniendo mi brazo para que no perdiera los nervios, pero Ileana no aparecía nunca. La gente murmuraba que los preparativos de su futura boda la tenían de lo más ocupada, pero yo no creía eso.
Desde el momento en el que mi hermana dirigió su mirada hacia ella en el último baile. Pude ver tristeza y un ápice de resentimiento, no hacia la princesa, sino hacia sí misma. Me dolía ver a Dionne así, y eso me hacía enfurecer.
Una de las cosas buenas que había tenido esa semana fue que no volví a encontrarme con el duque de Revant. Y no sabía si había sido por el tropiezo en nuestro baile, que había hecho que uno de los camareros se cayera al suelo y rompiera todas las copas, manchando el mármol de la sala del trono. Eso provocó una disputa que me permitió escapar de allí.
—Gracias a los dioses —recordé que murmuré.
Ahora, me encontraba en la cama. Tenía los músculos entumecidos y doloridos de tanto entrenar. Las agujetas me mataban, y moverme suponía un esfuerzo draconiano. Así que, decidí excusarme con el típico "me encuentro indispuesta" y quedarme durmiendo por más tiempo.
Las cortinas tapaban las ventanas, cubriendo los rayos de sol. Dormitaba, daba vueltas en la cama, pero por lo menos no soñaba. Estaba disfrutando de esa paz tanto mental como física, cuando de repente, las sábanas se apartaron de mi cuerpo.
Ahogué un grito y me arrinconé contra el cabecero. Parpadeé un par de veces, observando mi alrededor, pero me encontraba sola. Después de un par de minutos, asegurándome que solo había sido producto de mi imaginación, volví a atrapar las sábanas con las manos temblorosas y me tumbé de nuevo.
No había llegado a cerrar los ojos cuando las sábanas volvieron a apartarse solas.
—¡Oye! —exclamé, sentándome en la cama—, ¿qué diablos...?