4. Némesis

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Las luces del alba me despertaron

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Las luces del alba me despertaron. De sobra sabía que no podría volver a dormir, así que decidí desperezarme e ir a darme una ducha. Aún tenía en la cabeza la charla que había tenido con mi hermana. Me quedé dormida pensando en ello, y acabé teniendo una pesadilla.

En ella, tenía las manos atadas con unas cadenas que quemaban mis muñecas, dejando una marca violenta y violácea en estas. No veía gran cosa, pero cuando trataba de avanzar, me chocaba con unos barrotes de metal.

Estaba dentro de una jaula.

Tiraba con todas mis fuerzas posibles y pedía auxilio, pero mi voz estaba ahogada, apagada, me costaba respirar.

No podía respirar.

Una risa sonó estridente a mi alrededor, apresando mi mente y mis oídos, dejando claro que yo ahora era cautiva. Que siempre lo sería. Que no tenía más opciones.

Que yo debería estar muerta.

El mero recuerdo hizo que mi piel se erizara por completo y que un escalofrío recorriese agresivamente mi espina dorsal. No soñaba, siempre estaba sumida en la oscuridad. Siempre había tenido celos de que Dionne pudiera ver muchas cosas en sus sueños. Pero si iban a torturarme cosas así, prefería seguir en la negrura.

No sé cuánto tiempo estuve bajo el agua. Era cálida y me sentía a salvo en ella, me aseguraba que estaba despierta, que esas cadenas no eran reales, que ese sueño no había sido real. Ni en mis minutos de paz pude despegar mis pensamientos de los objetos que había soñado mi hermana y que yo había dibujado. No sabía por qué lo había hecho. Mi padre me había felicitado porque eran unos de los pocos dibujos que habían salido algo más coloridos e iluminados. Pero no tenían sentido. Podría pensar que era algún recuerdo de cuando era pequeña, sin embargo, si Dionne no sabía qué era, entonces mi justificación y excusa se fueron al garete.

Una punzada en mi pecho me recordó un sentimiento que había olvidado. La envidia. Por un momento sentí envidia porque mi hermana hubiese podido ver a nuestra madre. Sentí envidia de que nuestra madre la hubiese escogido a ella para ir a visitarla en sueños y presentarle el mensaje, si es que realmente significaba algo. Cuando era más pequeña y Dionne hablaba de ella, también dolía, también me sentía imponente y de lado, porque yo jamás podría entender el dolor que ella pasó al verla morir y tampoco podría comprender muchas cosas que ella sí hacía.

Para mí, era mucho más sencillo ajudicarlo a que estaba loca, como siempre lo hacía. Pero al menos, ella la había visto, y yo ni siquiera la conocía.

Salí de la ducha y me envolví en una toalla. No quería darle más importancia, y tampoco me lo iba a permitir. Torturarme por un pasado que no recordaba y que jamás recordaría no me llevaría a nada. No me daría ningún tipo de paz mental el quedarme regocijada en unos recuerdos que no aparecerían ni por la voluntad de los dioses.

Los dioses, otra preocupación extra que cargaba sobre mis hombros por ser quién era.

Me decanté por un vestido sencillo de color carmesí, apretado por la cintura y que caía como cascada hacia el suelo. Era una tela suave y fina para soportar el calor que se avecinaba por el verano. Me recogí el pelo en un moño y me puse la cadena dorada con una ene en honor a mi nombre, regalo que recibí cuando cumplí los diez años. Desde ese momento jamás me lo quité, al igual que la tobillera que me hizo mi hermana. Eran los únicos dos objetos de los que jamás me había despegado y de los que jamás me despegaría.

Huellas y SusurrosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora