36. Némesis

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Bajé las escaleras, desesperada

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Bajé las escaleras, desesperada. No me había puesto bien el vestido y ni siquiera iba bien peinada.

Tenía que salvar a Bastian.

Tenía que ayudarlo.

Me llevé por delante a muchos de los guardias que se cruzaron en mi camino, tratando de preguntarme hacia dónde iba. Me abalancé contra la puerta principal, corriendo colina abajo, tan rápida como mis piernas me permitían. El vestido me dificultaba la libertad de movimiento.

Tenía que ayudarlo, tenía que salvarlo.

Corrí desesperada hacia la plaza donde la marabunta de gente rodeaba una de las fuentes. Bastian estaba cabizbajo, con las muñecas atadas a los postes de madera, sangre caía de su nariz. Escupió un par de veces al lado, sin alterar su expresión imperrtérita. Corrí a toda prisa, justo cuando el hombre que sostenía el látigo volvió a alzar la mano y...

—¡Pare! —grité. Todo el mundo se giró para mirarme. Hasta Bastian alzó levemente la cabeza para verme entrar corriendo. Casi resbalé con el charco de sangre que manchaba la piedra—. ¡Pare! ¡Pare!

El hombre fue a atizar el latigazo pero me interpuse, golpeándolo y apartándolo. Cuando quiso azotarme, alcé la barbilla y me puse recta. Me reconoció al instante, porque lentamente vi su brazo descender.

—¡Némesis! —gritó la reina desde lo alto del balcón en el que estaba viendo el espectáculo—. Estás en medio de una ejecución. Sal de ahí, antes de que haya una desgracia.

—Este hombre me ha salvado la vida. No pienso apartarme.

El hombre maduro que sostenía el látigo soltó un gruñido y yo, enfadada, le mostré los dientes.

—Este hombre... —empezó Cyrilla, poniéndose de pie, haciendo que su senescal y su consejero retrocedieran un poco con sus asientos.

—Este hombre —la interrumpí mirando a la multitud—, ha salvado mi vida tras mi caída por la gran ventana del castillo de Revant hacia el mar Teroflipto. Me acogió en su casa y me ayudó a escapar cuando no tenía dónde quedarme. Yo no estaría aquí sin él, sin su amabilidad y su protección.

No mentía, al menos no con todo lo que estaba diciendo.

—El pueblo de Baux... —intervino el senescal con evidente prepotencia.

—El pueblo de Baux fue atacado por monstruos —afirmé. Todos los murmullos comenzaron a agravarse y la gente comenzó a alterarse—. Ellos fueron quienes destrozaron el pueblo y los que mataron a su gente. Al igual que los Marcados.

La gente ahí sí se alarmó. Algunos gritaron preocupados, otros comenzaron a temblar.

—¿Marcados? Pensé que eso era un mito —gritó alguien.

—Ellos me atacaron —señalé a Bastian—, y ese hombre me salvó. Me curó las heridas y me ayudó a que yo siga en pie ahora mismo.

—¿Y quién invocó a esos monstruos? —preguntó otra persona.

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