«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Mi mente tardó en entender lo que estaba sucediendo. El tiempo se detuvo y el mundo se resquebrajó de nuevo. El cadáver de la reina se encontraba sobre la guillotina y la sangre empapaba todo el suelo, como si la muerte hubiese traído una lluvia carmesí consigo. Solo fui consciente del grito de Conan y de mis ganas de chillar. De hecho, yo no pude contenerme, fue alguien que me sostuvo y que me atrajo hacia sí quien logró que acallara mi rabia.
—Némesis —susurró Bastian en mi oído—. Vamos, no podemos quedarnos.
—Está muerta —balbuceé—, está muerta... Cyrilla está muerta. Conan...
—Lo sé, y siento mucho que hayas tenido que verlo. Pero tenemos que irnos. Tenemos que irnos, Ma'liad.
No fui consciente de todo lo que vino después. La gente se sublevó y comenzó a atacar a los hombres del duque sin importarles el peligro que pudiera acarrear aquella decisión. Y los Marcados respondieron. Bastian me arrastró, pero yo no podía irme. Debía ayudar a Conan. Tirado en el suelo, el príncipe de Asteria gritaba el nombre de su madre con desesperación, suplicando a los dioses que la trajeran de vuelta.
Pero no iba a ocurrir. Cyrilla estaba muerta.
Muerta.
Pataleé con fuerza y golpeé los brazos de Bastian. Tenía que ir a socorrerlo. Conan no podía...
—Némesis, por favor —me imploró el cazador—. Debemos irnos, por favor.
Fue entonces cuando comenzaron las muertes.
Un hombre mayor que parecía marinero atentó contra un Marcado, el cual no dudó en atravesar su cuerpo con una puntiaguda lanza. Ahí sí que grité, pero nadie se percató porque todo el mundo estaba chillando.
Una mujer se interpuso en el camino de una espada para evitar la muerte de un muchacho y cayó al suelo ahogándose contra su propia sangre. El chico la tomó entre sus brazos gritando su nombre, pidiendo que aguantara, que despertara.
No lo hizo.
Los gritos que pedían ayuda anegaron mis oídos, aquellos que suplicaban por salvación.
Una salvación que no llegaría.
Aquello fue una masacre. Los Marcados fueron sádicos, golpearon a mujeres, a niños. No había piedad, solo caos y muerte. Seguí tratando de zafarme del agarre de Bastian; sin embargo, era muy fuerte y yo estaba demasiado conmocionada como para poder actuar con la mente fría.
Bastian me arrastró hacia uno de los callejones cercanos al bosque y me abrazó. Me abrazó con firmeza mientras golpeaba su pecho y lo insultaba por no dejarme haber ido a ayudar a aquella pobre gente. Me derrumbé por completo en sus brazos mientras me acariciaba el cabello y me decía que ya había pasado. Que él estaba conmigo.
—No he podido hacer nada...
—Lo sé. Ninguno hemos podido —murmuró contra mi oído—. De verdad siento que hayas tenido que presenciarlo. Ha sido...