«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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La tormenta nos acompañó la mayor parte del trayecto. O al menos, al principio.
Yo había enfermado a las pocas horas de llegar al barco, cuando nos habíamos adentrado en el la inmensidad de la confrontación entre los mares Eflipto y Teroflipto.
Los rugidos de Tifanus se habían vuelto una especie de eco lejano que nos perseguía pero que perdía su fuerza a medida que las violentas olas nos ayudaban a avanzar. Bastian se había hecho con el control del timón a la perfección, pero yo ya me empezaba a encontrar mal. Había empezado como un simple mareo pero luego había llegado la fiebre. Había tratado de fingir que podía lidiar con ello, pero Bastian me había visto palidecer a cada hora y me había visto estar a punto de desplomarme.
—¿Por qué no vas a dormir un par de horas? —me preguntó, mientras yo me agarraba al mástil con fuerza. Las olas seguían siendo violentas y el sol había empezado a caer—. Puedo lidiar con la tormenta yo solo.
No quería confiar en él pero la fiebre que me azotaba tanto en la pierna como en la frente y no podía sentir que estaba en mis plenas facultades mentales.
Cuando bajé las escaleras, todo parecía extremadamente lujoso. Era un verdadero barco de la realeza. Las hamacas de colores azules claros sustituían a los clásicos camastros, que eran de unas telas suaves y brillantes como si las limpiaran todos los días. La madera no se encontraba desgastada, e incluso contaban con pequeñas aldabas que sustentaban ropajes de soldado y anaqueles que contaban con comida en latas. Avancé con poca decisión y me topé con tres puertas. Una en el fondo que intuí que ese trataba de la cocina y otras dos a ambos lados de un pequeño pasillo. Vi que se trataban de dos camarotes. Uno era el del capitán, y el otro era el del duque.
Me adentré al primero. Era muy grande y muy rústico. Los colores que predominaban seguían siendo los dorados y los azules, aunque también había mucho plateado en la ropa que se veía en el armario a un lado de la sala. El suelo era de madera brillante como un espejo que reflejaba cualquier diminuto detalle de la estancia. La mesa de madera de caoba oscura se sostenía con unos clavos anclados al centro de la habitación, y estaba rellena de papeles. Mapas de los tres diferentes mares, de los puertos y de todas las islas que se encontraban de por medio.
Seguramente nos resultaría de mucha ayuda cuando tuviera que cambiar el rumbo a Evreux. O mejor dicho, me iba a resultar de mucha ayuda.
Aún no asimilaba que Bastian y yo nos separaríamos en Acraven. Él se iría con su familia y yo tendría que buscarme la vida para ir a la isla del Oráculo. Y tendría que hacerlo yo sola. No sabía si estaba preparada para ello.
Y aunque había llegado a Baux yo sola, tenía la ligera intuición de que las cosas se tornarían mucho más oscuras cuando Bastian y yo nos separásemos.
Cerré esa puerta y abrí la del camarote del duque. Aún tenía ese olor almizcleño que le caracterizaba. Arrugué la nariz cuando su perfume con olor amaderado, una mezcla entre musgo, ámbar e incienso. Podría admitir que era un olor bastante bueno, pero me resultaba amargo cuando recordaba de quién se trataba.