«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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—¿Casarse...? ¿Conmigo?
Aquellas palabras sonaron estúpidas cuando las pronuncié en voz alta. Tan estúpidas que de la nada me entró la risa floja que no pude contener. La reina me miró sorprendida, mientras que Conan parecía estar conteniendo alguna que otra carcajada poco disimulada.
—Pero, ¡cómo va a querer el duque de Revant casarse conmigo! ¡Es absurdo! —Miré a Cyrilla—. Porque es una broma, ¿cierto?
—Ven conmigo, vayamos a dar un paseo.
Tomó mi brazo e hizo que dos de los cuatro guardas que habían sido mi escolta se quedaran con el príncipe, en lo que ella me sacaba de la sala del trono para llevarme hacia otro de los pasillos del palacio. Una puerta grande de madera se alzó ante nosotras, y Cyrilla hizo que la abrieran, para encaminarse con decisión hacia la inmensidad de los jardines.
Los tonos verdes brillaron ante mis ojos, al igual que algunas tonalidades rojizas o rosas de las flores que decoraban sabiamente los arbustos. Algunas estatuas de mármol se colocaban como decoración en la enorme explanada, y con los diferentes objetos guiaban entre los diversos caminos que se esparcían hacia el horizonte.
Desde aquella altura, Asteria se veía alegre y despreocupada. La gente charlaba entre las calles adoquinadas y los pueblerinos se reunían junto a la plaza, donde había unas niñas cantando y divirtiéndose. Todo parecía tan en paz que hasta yo misma me arrepentía de haber ido allí.
Las posibilidades de arruinarlo todo eran muy altas y yo no quería que les ocurriera nada malo.
Pensamientos muy negativos cruzaron mi mente. Tardé un buen rato en eliminarlos por completo.
Me llevó por el camino más alejado de palacio, sin esperar a los soldados que formaban su escolta y apretó su brazo con el mío, como si supiera que todo lo que iba a decir probablemente me espantaría. Con cautela, anduvo por uno de los sinuosos caminos hasta acabar frente una enorme fuente con la representación de Adhara, la diosa de la belleza.
Sin casi saber por qué, pensé en Dionne.
Era sumamente hermosa. Su largo cabello se enrollaba en las partes precisas de su desnudez, sosteniendo un lirio en una mano y un espejo en la otra con una brillante sonrisa. Las curvaturas de su cuerpo decoradas con pequeñas piedras rosadas y blancas, eran como una especie de cinturón de brillos. Su mirada admiraba el reflejo del espejo como si realmente se estuviera mirando. Era tan idílica que me hizo permanecer embobada por unos cuantos minutos, observando el agua dorada caer hacia la piedra blanquecina.
Algunas piezas doradas —modracs, probablemente—, se reflejaban en la figura por culpa de los destellos del sol que brillaba en lo alto de nosotros. Deseos de gente perdida que suplicaban amor o poder ser liberados a la diosa, como si fuera a concederles todo. Ni siquiera se veía la sombra de la figura en el suelo.