«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Una hora después, Jasiel permitió que Rahma y Bastian entraran en su humilde morada. También nos había dejado el gallinero para esconder a las yeguas y les proporcionó agua y comida suficiente como para que pasaran una buena noche. Nadie era consciente de que habíamos llegado, y yo aún estaba asimilando la información que Jasiel había dado cuando entré por la puerta.
—Entonces, primos —dije, mientras Rahma me servía una taza de té caliente que calmó mis nervios. Ella permanecía serena, mientras que Bastian se aseguraba de colocar todas las flechas en la aljaba en orden. Yo agradecí en silencio el calor que emanaba la taza cuando mis manos entraron en contacto con la porcelana agrietada.
—Sí, no debería sorprenderte tanto —dijo Jasiel. Había dejado la escopeta lo más cerca posible de la puerta. No se había atrevido a encender ninguna de las luces. Tan solo la tenue luz de una pequeña vela bailoteaba en el centro de la mesa.
—¿Eres hijo de Idylla? —inquirí con nerviosismo. El simple pensamiento sobre mi familia inmortal hizo que mi corazón retumbara como el sonido sordo de un tambor.
—Así es —confirmó—. De hecho, nos conocimos hace mucho tiempo, cuando naciste. Yo fui uno de los primeros a los que Pandora dejó que te vieran, incluso antes que a tus hermanas. Aún vivía con mi madre por aquel entonces hasta que un día, por mi bien, decidió expulsarme del Olasis para protegerme.
—Déjame adivinar, cuando Jeno atacó a mi familia —supuse.
Jasiel asintió.
—Mi madre estuvo paranoica un tiempo. Hubo una temporada en la que se empeñó en buscaros, pero sabía de sobra que eso llevaría a Jeno directo a vosotras. También quiso comunicarse conmigo, pero algo salió mal. Supongo que, quieras o no, los dioses no tienen elección. Siempre deben apoyar a su rey.
—Seré mala persona, pero por mucho que me cuentes esto, no confío en ellos. En ninguno.
—Y es comprensible, yo tampoco lo haría. Eso no te hace mala persona, prima, te hace ser humana.
—Sin embargo, no lo soy ¿no? No lo somos.
Jasiel dejó la tetera sobre la encimera de piedra de la diminuta cocina y se cruzó de brazos, con la espalda apoyada en el borde. Por algún motivo, vi en sus ojos el reflejo de un fantasma perdido en el pasado. Jasiel también estaba atormentado por sus recuerdos, tal y como lo estaba mi hermana. Bastian posó el carcaj en la pata de la mesa y tomó su té.
—Entonces, ¿sois dioses como tal? —Su pregunta me hizo ahogar una carcajada de incredulidad.
Jasiel meneó la cabeza.
—Yo soy mestizo, porque mi padre era humano; no obstante, Némesis tiene sangre pura de dios y de ninfa en el cuerpo, por lo que fácilmente podría convertirse en una.
—Pero yo no quiero ser una diosa —mascullé. Al ver mi nerviosismo, Rahma posó una de sus manos sobre la mía.