«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Agua. Agua acariciando mi piel como un torrente, agua ahogando mis pulmones, haciendo que no pudiera respirar. Mi cuerpo se movía en convulsiones, tratando de buscar una superficie, pero todas las burbujas que rodeaban mi cuerpo me hundían más, me impedían poder ver más allá.
Abrí los ojos, vi llamas cayendo hacia mí, a punto de atraparme. Nadé, intenté salir de ahí a toda prisa, pero la falta de oxígeno me pasó factura.
Todo, de repente, se volvió negro.
No sabía cómo llegué a tierra firme. Pero cuando desperté, sentí arena entrando en mi oído. Me erguí con dificultades, y cuando lo hice, vomité agua a un lado. Durante varios minutos. Interminables, a mi parecer.
Y cuando alcé la vista, me desorienté por completo.
Era una extensa playa que daba a una especie de pequeño bosque. No había ni un alma, nada en kilómetros. El sol pegaba fuerte, y partes de mi vestido habían quedado secas, salvo el borde final de la falda, que se empapaba por el contacto con las olas. Me senté en la arena, sintiendo mis pulmones desgarrados, mi estómago vacío rugía con desesperación.
¿Dónde demonios había acabado?
Mi primer pensamiento fue mi hermana, seguido de mi padre. ¿Habrían salido de allí con vida del castillo? ¿Se habrían enfrentado a Tifanus solos, estando tan enfadado? Imágenes violentas cruzaron mi mente. Una explosión, el monstruo enfrentándose a mí. Su cabeza rodando a mi lado al cortarla. Ezra gritando mi nombre.
Maldije en alto a toda la estirpe de aquel bicharraco mientras trataba de ponerme en pie, tambaleando. Mis manos se apoyaron en la arena, mis codos crujieron. A mis músculos les costaba responder e incluso mi mente me estaba traicionando.
¿Había llegado gracias a algo?
Siempre había creído en la existencia de tortugas marinas, pero nunca había estado tan segura de ello.
¿Los dioses me habrían salvado?
Esa pregunta me hizo reír. Mi verdadero padre era el Dios de los Dioses. Aquello era imposible. Una vez impuestas las reglas, si alguien debía morir por orden suya, tarde o temprano lo haría.
Podría haber muerto en el agua. Pero estaba viva, algo mareada y con hambre, sedienta. Y sólo los dioses sabían dónde me hallaba.
Cuando pude caminar, en pie y soportando mi mareo, miré hacia el cielo. Por cómo estaba situado el sol, no debían ser más de las diez u once de la mañana. Y ese sitio estaba prácticamente vacío, como abandonado. Había unas cuantas barcas rotas a un lado y restos compuestos por algas de diversos colores y dos medusas en el agua.
Di un paso, mis pies se hundieron en la arena. Me alcé el vestido y vi que había perdido los zapatos. Menos mal, eran horrendos.
Anduve un rato por la playa como alma que llevaba el diablo, para ver si lograba encontrar algo, o a alguien si había un poco de suerte.