56. Némesis

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No me recuperé de inmediato

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No me recuperé de inmediato. De hecho, permanecí en una especie de trance durante unos cuantos minutos. El dolor se había pegado a los huesos de mi cuerpo y cada vez que pensaba en todas las imágenes en mi cabeza... Había estado a punto de matarme. De suicidarme. Todo porque no fui capaz de soportar el dolor de todas las personas que me importaban y que había perdido.

Rahma se quedó conmigo mientras Bastian fue a hablar con Assam sobre lo ocurrido. Yo no escuchaba nada, me aferraba con firmeza a los brazos de la princesa, los cuales me estrechaban cada vez más fuerte y besaban mi cabeza asegurándome que todo iba a ir bien. Sentía algo duro en su cadera cuando me abrazaba. Había atrapado la lira de Spiro. La había conseguido. Quise alegrarme por ello pero ni pensando en la posibilidad de reencontrarme con mi hermana me hacía sentir mejor.

No lograba salir de ese agujero negro en el que estaba.

Assam me ayudó a subir al pegaso con cuidado y Bastian se aupó detrás mío. El hermano mayor de Rahma dijo que debíamos volver lo antes posible al palacio, que había algo importante de lo que hablar. Al parecer, Bastian se había encargado de que nadie hiciera preguntas al decir que me había mareado porque no soportaba estar mucho tiempo en las alturas. Assam quiso preguntar, pero su tía le dio un golpe en el brazo, zanjando por completo la conversación.

No me enteré cuando descendimos a palacio, ni tampoco supe de dónde saqué fuerzas para seguir a Rahma al interior de una especie de baño termal. No me fijé en mi alrededor, sólo escuché a la princesa pedirme que me diera un baño y que ella misma me prepararía algo para comer. No me percaté de cuándo se fue ni tampoco de cómo me quité la ropa y me metí en el agua caliente. Mis actos eran mecánicos, al igual que mi respiración, mis parpadeos y los latidos erráticos de mi dolido corazón.

Las lágrimas ardían mis ojos y mi cuerpo se sentía quebrado. No merecía estar allí. Tal vez, si hubiese muerto, Pandora seguiría viva. Tal vez debió haber sido así. El destino estaba escrito y anunciado. No debía vivir. No debería estar luchando por seguir viva. Quizá si Dionne y yo hubiésemos muerto, nuestras hermanas seguirían con vida... Cerré los ojos y apreté la mandíbula dejándome llevar por esos pensamientos. Me abracé a mis rodillas y observé la claridad del agua y el jabón llenando la enorme pileta en la que me encontraba.

Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta.

—Adelante —murmuré con un hilo tembloroso de voz.

Bastian entró con cautela. También se había quitado la ropa y sólo llevaba una toalla blanca envuelta en la cintura.

—Me preguntaba...

—Pasa, por favor —le pedí inconscientemente. Una parte de mi deseaba no estar sola.

Hizo un gesto con la cabeza.

—¿Puedo entrar también?

Asentí, calmada.

Bastian entró  en la sala y se quitó la toalla. Aparté la mirada unos segundos para entregarle esa privacidad, como si no le hubiese visto desnudo antes. Descendió las escaleras con cautela, como si no pretendiese alterarme. Me observaba como si fuera la cosa más frágil que jamás había visto en su vida. Permaneció en la otra punta callado y acomodó su espalda en la pared rocosa.

Huellas y SusurrosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora