«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Bastian tiró de mi hacia la cubierta, casi como si fuera un trapo.
—¿Puedes decirme a dónde vamos? Esto es muy irrespetuoso de tu parte.
—¿Desde cuándo me importa ser o no respetuoso? —espetó. Sí, era evidente que estaba irritado.
Bufé de nuevo y me crucé de brazos aprovechando que me soltó. Lo vi dirigirse entre las sombras hacia el fondo del barco y comenzó a deshacer nudos. Al principio pensé que iba a atarme de mala manera para que no cometiera ninguna imprudencia, pero la cerúlea luz de la luna me mostró su verdadero plan: estaba soltando un bote.
—¿Qué haces? —pregunté, alarmada—. Eso no es tuyo.
—Y tú deberías bajar la voz antes de que nos descubran. No me haría ninguna gracia ser llevado a la horca por tus chillidos.
—Tal vez, hablaría normal si me cuentas lo que planeas.
—¿No podrías permanecer en silencio por cinco minutos?
—Me gusta protestar —respondí, molesta.
—La otra opción es taparte la boca y atarte de manos y pies. No hagas que me plantee las cosas.
Abrí la boca para seguir quejándome, pero me callé. Los ojos azules de Bastian mostraban una sinceridad profunda, más allá de eso, una promesa. Estaba segura de que lo haría con tal de que hiciera las cosas a su manera. Y me molestó mucho que mi cuerpo y mi mente respondiera de manera tan obediente. Hice un mohín y permanecí en silencio mientras lo vi terminar de deshacer los nudos y el sonido hueco de la cuerda chocando contra la madera de la cubierta me hizo dar un respingo.
—Baja —ordenó.
—¿Me vas a secuestrar?
—Baja o te tiro al agua y te llevo agarrada al remo, tú decides.
—No serías capaz.
Me fulminó con la mirada y eso fue mi respuesta. Sí, sí que sería capaz. Acaté la orden y caminé hacia él. No acepté la mano que me tendió para ayudarme a bajar, mi orgullo me lo impidió. Tan solo me agarré a la madera y, con agilidad, descendí. Agradecí que el dolor de muslo hubiera desaparecido con el tiempo, aunque la herida siguiera presente. Solo esperaba que no se me volviera a abrir de nuevo, o probablemente mi pierna quedaría marcada por una cicatriz horrenda para el resto de mi vida.
Si es que llegaba a vivir mucho más.
Me senté en el bote y me crucé de brazos. De soslayo, vi a Bastian bajar con sumo cuidado y sin hacer el mínimo ruido. El resto de barcos del puerto y la oscuridad de la noche impidieron que alguien se fijara que una barca comenzó a moverse por el mar con dos tripulantes a bordo. No me atreví a hablar por miedo de que alguien llegara a escucharme. A fin de cuentas, Asteria estaba algo más alzada del mar y por la cantidad de pequeños acantilados y calas mi voz podía hacer eco contra estos y sería un mal augurio para nosotros.