40. Némesis

159 34 10
                                        

Intentaba centrarme en el libro que tenía delante, pero me parecía prácticamente imposible

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Intentaba centrarme en el libro que tenía delante, pero me parecía prácticamente imposible. Mi cerebro me estaba jugando la mala pasada de pensar solo en él.

Bastian Craine.

El cazador y mercenario insoportable que me sacaba de quicio y que me hizo sentir en una nube por unas horas.

Y sólo por la noche anterior.

Esa cena la sentí sumamente especial. Bastian se quedó observando las pinceladas que daba, como si se quedara ensimismado en la pintura. Por primera vez, los colores claros respondieron ante mí. Hice que aquella escena del atardecer y el mar se viera tan brillante como la que teníamos delante. Él se acercó un poco para observar cómo cambiaba de pinceles y como me ilusionaba al ver que quedaban tal y como lo imaginaba.

Por un segundo, sentí que había apoyado su barbilla en mi hombro y dijo:

—Me gusta cómo dominas las sombras. Tenías razón cuando decías que eras una artista.

—Estoy inspirada —le confesé, algo tímida.

—¿Por el paisaje o por el momento?

—Creo que por ambas cosas. —Me giré y admiré la profundidad de sus ojos azules escrutando mi rostro—. Me siento a gusto.

—Es el primer día que no tenemos una discusión.

—¿Y no te gusta? —le pregunté.

—Tenerte cerca no me disgusta tanto.

—¿Eso significa que te gusta tenerme cerca? —Bastian no respondió, lo que me hizo sonreír—. ¿Te pongo nervioso, Sikari?

Se volvió a acercar un poco a mí y me susurró:

—Ma'liad, ¿ese es tu mejor intento? Qué patético.

Desde ese momento, quise besarlo. Pero me detuve. No podía engancharme a él porque pronto iba a despedirme de Acraven y tenía que tener la cabeza despejada. Cené con él y charlamos tranquilamente siendo sinceros con respecto a todo lo que había pasado. Fue tranquilo y paciente, una faceta extraña para mí, sobre todo teniendo en cuenta cómo nos conocimos.

La hora de la despedida llegó cuando terminé el cuadro y la luna apareció en lo alto del cielo, anunciando la noche.

—Espera. Quiero que te lo quedes.

Bastian enarcó una ceja.

—¿Y eso por qué?

—Tú me has ayudado a tener de vuelta mi inspiración, creo que es lo justo —le dije, pasándole el lienzo—. Es uno de mis mejores cuadros. Espero que lo guardes en consecuencia.

—Me saldría mejor venderlo —dijo, dejándolo sobre la balaustrada.

—Eres un imbécil. —Le golpeé con un pincel.

Huellas y SusurrosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora