«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Ezra se echó a reír.
—Se te da fatal esto.
Bajé el arco con cierta vergüenza, el rubor ya había teñido mis mejillas.
—No ha sido tan malo... ¿no?
—Depende de lo que tú entiendas por malo —dijo mi amigo, cruzándose de brazos—, la flecha iba a la diana, Ném, no al arbusto del final del jardín.
Me di la vuelta, aún avergonzada, observando a uno de los guardias tomar la flecha que, efectivamente, se había quedado clavada casi al final del terreno. El pobre hombre se peleaba con las ramitas, tratando de sacarla, mientras soltaba una perorata de maldiciones disimuladamente. Ezra meneó la cabeza sonriente y yo agaché la mía.
—Bueno, sí. Tal vez ha sido horrible, pero recién estoy empezando.
—Sí, supongo que después de quince disparos, no ha estado tan mal.
Le di un golpe en el brazo, molesta. Si hubiese sido otra persona, los guardias ya hubiesen atacado, simplemente por haber rozado levemente al príncipe de Revant. Pero todos y cada uno de los soldados de palacio me conocían, y Ezra personalmente les había dicho que se mantuvieran alejados de mí a menos que necesitara ayuda. Era habitual que lo golpeara, siempre me sacaba de quicio.
—No has querido usar las espadas porque sabes que en eso soy mejor que tú y habrías perdido a la primera —me quejé, exasperada.
—Tú me pediste que te entrenara. El tiro con arco es esencial para distancias largas, para atacar sin ser visto —se justificó Ezra, acercándose a mí—. Y no te ofusques tanto, eres una aprendiz muy observadora. Tardaste menos de dos meses en manejar bien una espada y unas semanas en manejar dagas y cuchillos. Esto no es nada para ti. Eso sí, debes mejorar tu puntería. Es del asco.
Le saqué la lengua.
—No soy una persona de lucha. Ya sabes por qué me entreno —le recordé y su mirada se suavizó—, soy una artista. Soy pintora, no soldado. Y este arco me tiene manía.
—Eres incorregible —alegó mi amigo, sonriendo ampliamente.
Le había contado lo suficiente como para que accediera a entrenarme. Estaba muy mal visto que las mujeres se adiestraran en el arte de la guerra, ya que sólo algunas, muy pocas, querían pisar el campo de batalla. Pero yo había sido lo suficientemente creativa como para que mi historia no se separara mucho de la realidad y que tocara el corazón amable de Ezra.
Le dije que nuestro padre era un asesino, que había acabado con la vida de nuestras hermanas y de nuestra verdadera madre y que estaba asustada, que necesitaba estar preparada. Evidentemente, él se preocupó, y pensó en mandarnos un grupo de soldados entrenados para protegernos, pero logré convencerlo de que me entrenara a mí, para poder protegerme, proteger a mi hermana y a mi padre. Tuve que insistir durante semanas, él no dejaba de titubear hasta que un día accedió.