«El pasado siempre atormenta».
Dionne y Némesis Ducreux guardan un profundo secreto. Ellas se vieron obligadas a vivir en el mundo de los mortales por quince años tras la muerte de su madre. Lo que nadie sabe es que ellas son las únicas dos hijas de...
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Ileana Diamantis había aprendido a llorar en silencio. Desde la muerte de su madre, toda su vida había dado un vuelco y, de pronto, se había convertido en una mujer que realmente no deseaba ser, que no deseaba existir.
Al ser princesa, siempre se le había dicho lo que tenía que hacer, lo que tenía que decir, lo que debía pensar. Siempre había sido un títere a manos de otros, sin ser realmente su versión más auténtica. Y la joven podía asegurar que solo una persona en el mundo la conocía de verdad, pero esa persona había huido de su lado hacía un tiempo.
Desde que Dionne se marchó Revant se convirtió en el propio caos que los dioses llegarían a admirar. Y pese a que Ileana era una artista a la hora de esconder sus emociones, no había podido evitar sentir una profunda ansiedad y tristeza a la hora de ver al amor de su vida aceptar casarse con su padre. Aunque tampoco predijo la fatalidad que aconteció pocos segundos después.
La muerte de muchos nobles, al igual que la llegada de los monstruos, había puesto en un evidente compromiso a Maximus. No había sido capaz de manejar la situación y, como el resto de acontecimientos de su pasado, se había convertido en el blanco de insultos. Todo el mundo creía que era un mal monarca y eso había hecho que Revant se viera debilitado.
Eso no era lo único que había inquietado a la heredera. También estaba la situación con su tío, el duque de Revant y la situación con su hermano Ezra. Ambas cosas también habían desquiciado de sobremanera a su padre, haciendo que se pasara noches enteras planeando cosas sin realmente saber cómo resolverlas.
Ileana se miró al espejo mientras dejaba que una de sus doncellas cepillara su cabello y lo trenzara. Ella no había estado ayudando a su padre a buscar a Dionne por a promesa que le hizo. Se había mantenido al margen y había acatado sus obligaciones para con la corte con la esperanza de que pudiera entregarle a Dionne el tiempo que necesitaba para hacer lo que tuviera que hacer.
Pese a su corazón destrozado, pese a su amor perdido.
Dionne siempre sería su prioridad.
—¿Se encuentra bien, Alteza? —preguntó la doncella cuyo nombre había olvidado.
—Perfectamente —mintió. Siempre mentía. Se había acostumbrado a ello.
—Su padre estará aquí en unos minutos, ¿desea bajar a recibirlo?
¿Acaso tenía otra opción?
—Puedo ir sola, gracias.
La doncella hizo una genuflexión y procedió a abandonar la habitación. Ileana se permitió estar por unos segundos sola, observando la noche estrellada que iluminaba el cielo. Abrazó la oscuridad de su interior y se preguntó qué más cosas le deparaban a su futuro. Se puso en pie y ni siquiera se molestó en avisar a su marido que iba a ver a su padre. Para ella, aquel chico no significaba nada y nunca lo haría. Solo era una carga con la que tendría que aprender a lidiar para el resto de su vida.