Elias Arendelle era un chico alto con cuerpo atlético, cabello rubio peinado en mechones gruesos hacia atrás, con rostro en forma de diamante, labios carnosos, ojos azules y un porte elegante que lo hacía sobresalir de otros. Esa mañana se había despertado pensando que su día seria como cualquier otro, en donde su máxima preocupación era desempeñarse de forma impecable en sus estudios; después de todo él era capitán del equipo de hockey, estaba en el club de matemáticas, era el presidente del consejo estudiantil y encabezaba el cuadro de honor de la preparatoria.
Después de vestirse con su camisa celeste y pantalones blancos salió de su habitación –Anna– llamó a la puerta de su hermana menor, al no obtener respuesta volvió a tratar –Anna, se nos hace tarde.
Escuchó unos cuantos ronquidos, quejidos y un golpe estruendoso.
–¿Estas bien?– le preguntó el chico –¡Voy a entrar!–
–¿Para que?– la puerta se abrió de golpe revelando a su hermana lista y despierta –Llegaremos tarde, andando– le dijo la chica a su hermano tomándolo del brazo.
Elias negó con la cabeza y una sonrisa en el rostro, su hermanita era todo un caso.
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Los hermanos Arendelle bajaron del Mustang convertible blanco de Elias –¿Estas segura que estarás bien?– preguntó el chico con preocupación.
–Por supuesto que sí– respondió Anna –Puedo cuidarme de Hans– le aseguró.
–Mhhh, está bien, pero si ese cretino intenta volver a acercarse a ti tienes que decírmelo– le advirtió –Yo mismo me encargaré de ponerlo en su lugar– gruñó furioso.
Anna soltó una carcajada –Lo siento hermano, no te ofendas, pero Hans es dos cabezas más alto que tu y más fuerte... Además, tu no dañarías ni a una mosca– le dio unas palmaditas en la cabeza.
Elias hizo una mueca de fastidio –Solo porque no quiero– murmuró para sí.
–Confía en mi– Anna le sonrió –Nos vemos después de clases, te quiero– se despidió con un beso en la mejilla del muchacho antes de desaparecer dentro de la escuela.
El chico rubio suspiró y se resignó a caminar a su casillero, necesitaba buscar sus libros para no llegar tarde a clases.
El sonido metálico de algo estampándose contra su cara lo detuvo de su diligencia, haciéndolo caer al piso frio y sucio.
–Oh, por dios– escuchó una voz femenina jadear –¡Lo lamento tanto!, ¿estas bien?– preguntó la chica tomándolo por los hombros y zarandeándolo.
Elias la apartó sintiendo como se mareaba y le dolía más la cabeza de lo que ya lo hacía, al restablecerse su visión pudo ver frente a él una chica delgada de cabello blanco muy despeinado, mechones blancos se desparramaban sin orden alguno por la coronilla de su cabeza mientras otros mechones más largos caían por los hombros de ella hasta llegar un poco por debajo del cuello. Usaba una sudadera azul y unos shorts marrones más cortos de lo que estaba seguro permitía el reglamento, su rostro era en forma de corazón, sus ojos azules, cejas gruesas, pestañas grandes y labios brillantes debido al gloss que llevaba puesto.
–Estoy bien– respondió Elias, pero esto no era cierto.
La expresión preocupada de la chica empeoró al ver sangre escurrir de la nariz del muchacho, se apresuró a sacar un pañuelo de su mochila y se lo puso al joven para evitar que manchara su impecable ropa.
–Te llevaré a la enfermería, estas sangrando mucho– ella lo ayudó a ponerse de pie.
–No, tengo que ir a clases, no puedo perderme calculo...– sintió como su vista se ponía borrosa.
La chica se apresuró a poner su brazo sobre sus pequeños hombros para darle soporte –Bueno, yo creo que eso no se va a poder, amigo–
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Ya en la enfermería ambos entraron al lugar encontrándose con la secretaria –Uh, necesitamos a la enfermera– le dijo a la mujer de lentes y cabello canoso.
Ella levantó la mirada por sobre sus lentes puntiagudos para mirarlos –La enfermera esta ocupada, una de las porristas tomó muchos laxantes– respondió con voz gangosa –Llenen estos papeles, mientras iré a buscarla– dijo la mujer poniéndose de pie y caminando a la velocidad de un caracol.
–Ugh, como detesto a la señorita Roz, nunca le importa nada más que el papeleo– comentó ella tomando las formas y pluma para luego arrastrar a Elias hacia la camilla –Creo que deberías levantar la cabeza– sugirió tomando el mentón del rubio para ponerlo en alto.
–Supongo– respondió Elias molesto –Aunque no tendría que estar haciendo esto si hubieras tenido más cuidado al abrir la puerta de tu casillero–
Ella formó una delgada línea con los labios –O... si tu hubieras tenido cuidado y hubieras visto por donde ibas–
Elias guardó silenció con una mirada fulminante.
Ella suspiró –Lo lamento...– se disculpó –De verdad lo siento... a veces soy tan torpe– se quejó de ella misma.
Él se percató que sus ojos se humedecían con lagrimas y culpabilidad, entonces pensó en Anna, esta chica le recordaba a ella –¿Cómo te llamas?– preguntó.
La peliblanca sorbió la nariz –Jacqueline Frost–
Elias arqueó la ceja –Nunca te había visto antes–
Ella se encogió de hombros –Es mi primera semana aquí–
El muchacho suspiró y le tendió la mano –Elias Arendelle–
Ella se extrañó por el gesto, lo miró y se rio al tomar la mano –Vaya, vaya, usted es una persona muy formal señor Elias– bromeó sacudiendo la mano de él con más fuerza de la que él creyó que tendría.
–Y usted es alguien... muy enérgica– dijo buscando la palabra adecuada.
Jaqueline sonrió –Todo el mundo me dice lomismo–
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Jelsa one-shots
AléatoireUn recopilatorio de historias Jelsa que rondan por mi cabeza. Un poco de todo.
