Del amor al odio

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La esperada boda adoptó un amargo sabor a funeral. El jardín fue abandonado por los invitados, quienes, avergonzados, se retiraron sin siquiera probar la deliciosa comida, ahora fría a la intemperie. Victoria y su ahora esposo, David, se mudaron a la mansión Landez para comenzar su vida como marido y mujer.

—Este lugar es hermoso. No solo soy la señora de Landez, ¡toda esta fortuna me pertenece! Y todo gracias a este mocoso... pensar que la estúpida de Ginebra casi me lo arrebata —dijo Victoria con una sonrisa triunfal.

Una de las sirvientas se acercó con la esperanza de ganarse su favor.

—Señorita Victoria, ¿dónde pongo sus cosas?

—¡Dime señora! ¿Entendiste? A partir de ahora, soy la señora de esta casa.

—Eh... sí, señora. Discúlpeme.

—¿Y qué haces ahí parada? ¡Muévete! Trae las cosas de mi esposo a la habitación. ¡Rápido!

—El señor David me pidió que dejara sus maletas en otra habitación —respondió la criada con voz temerosa.

—¡¿Estás loca?! ¡Él no pudo haberte dicho eso! Haz lo que te digo, tráelas aquí. ¡Es una orden!

—Pero señora, yo...

—¡¿No me oíste?!

—¡Victoria! —intervino David, evitando que maltratara a la sirvienta.

—Mi amor, esta criada tonta no quiere obedecer mis órdenes. Dile que dormiremos juntos.

—No me digas "mi amor". Yo le dije a Frida que pusiera mis cosas en otra habitación.

—¿Pero por qué? ¡Soy tu esposa! ¡Voy a tener un hijo tuyo!

—Un hijo del cual me haré responsable... pero a ti no te amo, entiéndelo, ¡Victoria! Yo siempre voy a amar a Ginebra.

—¿Cómo puedes decirme eso? ¡Ella ya te olvidó! ¿No lo entiendes? Ese apuesto caballero es su nuevo amante. ¡Tú ya no le importas!

—¡Cállate! No quiero escucharte.

—Además, si tanto la amaras, no la habrías engañado conmigo. No te queda hablar de amor, querido esposo.

—¡Tú me sedujiste! ¡No creas que no notaba tus insinuaciones y constantes coqueteos! Siempre buscaste provocarme.

—¡Ay, por favor! No me vengas con eso. A ti no parecía molestarte. No dejabas de mirarme las piernas, de morderte los labios... Me devorabas con la mirada. Te encantaban mis escotes. Ya me hacías tuya en tu mente. Hasta que los dos no resistimos más, y ya sabes cómo terminó. Serás padre, te casaste conmigo te guste o no, y tu adorada Ginebra debe estarse...

David la calló con una fuerte bofetada.

—¡Ella no es como tú! No vuelvas a hablar así de Ginebra o juro que esta farsa de matrimonio se termina aquí mismo.

David salió de la habitación azotando la puerta. Victoria fue tras él, insultándolo y jaloneándolo. Mientras él bajaba las escaleras, intentando quitársela de encima, Victoria, llena de rabia, lo empujó. David se golpeó varias veces hasta caer, inconsciente, al pie de la escalera.

—¡No! ¡David! ¡Mi amor! ¡Despierta!

Frida corrió rápidamente al ver lo ocurrido.

—¡Dios mío! ¿Qué le hizo?

Victoria se sintió amenazada, pero no permitiría que esa sirvienta entrometida la delatara.

—¡Tú lo empujaste! Eso fue lo que pasó.

—¡No es verdad! Yo venía detrás de ustedes...

—Es tu palabra contra la mía. Nadie le va a creer a una miserable como tú.

—¡Está mintiendo! ¡No dejaré que me culpe!

Bardos, al llegar a la mansión, se alarmó por los gritos y se apresuró a intervenir.

—¿Qué está pasando aquí? —se estremeció al ver a su hijo inconsciente y ensangrentado—. ¿Qué le pasó a mi hijo? ¡David, reacciona! ¡Hijo, despierta!

—¡Qué bueno que llegó! —dijo Victoria entre lágrimas fingidas—. Esta sirvienta empujó a David por las escaleras. Le exigía un aumento y, al recibir un no por respuesta, se enfureció y lo aventó. Yo solo escuché los gritos y corrí a ver qué pasaba. Luego intentó culparme.

—¡Le juro que no es verdad! ¡Está mintiendo!

—¡Llévense a esta mujer y enciérrenla! —ordenó Bardos con furia—. Más te vale que mi hijo despierte o no saldrás jamás de la cárcel. ¡Pagarás por lo que hiciste!

—¡No! ¡Suéltenme! ¡Yo no lo hice! ¡Fue ella! ¡Ella lo empujó! ¡Tienen que creerme!

Victoria sonrió mientras se limpiaba las lágrimas. Frida fue sacada a la fuerza de la mansión Landez, jurando y perjurando que era inocente. Bardos llamó a un doctor. David aún tenía pulso. Todo lo que quería era que su hijo despertara.

—Mi hijo abrirá los ojos pronto, tenlo por seguro. Y entonces, él nos dirá lo que realmente pasó. La culpable será severamente castigada —dijo Bardos, mirando fijamente a Victoria, sabiendo que no era de fiar.

—Espero que David despierte pronto. Verá que lo que le digo es cierto —respondió Victoria, fingiendo angustia.

—¡Rápido! ¡Súbanlo a su habitación!

Victoria se quedó sentada en las escaleras, nerviosa. Sabía que sus mentiras no durarían para siempre.

—Maldición, no quería lastimarlo. Solo estaba tan enojada... Lo único que quería era desquitarme. ¿Qué haré si despierta y dice que yo lo empujé? Tengo que pensar rápido. Él estaba de espaldas. No me vio directamente. La historia de la criada encaja. Me aferraré a eso. Estúpida Ginebra... no dejas de arruinarme la vida. Espero que te mueras sola.

Mientras tanto, Ginebra se había quedado a dormir en la mansión de Alejandro. Llevaba un camisón de seda. Con los ojos cerrados, estaba acostada en la cama, sumergida en sus pensamientos.

—No puedo creer que Alejandro me haya besado... Sé que lo hizo porque David estaba mirando. ¿Lo disfruté? No, claro que no. Solo me sorprendió, eso es todo. Además, él es un... un vampiro. Ese malvado me ha tomado como su esclava. Ahora que lo pienso... puede hacer conmigo lo que quiera. ¿Me pedirá que me acueste con él? ¡No! ¡De ninguna manera! ¿Por qué acepté ser su mascota?

De pronto, Alejandro susurró cerca de su oído con su voz seductora.

—¿Por qué estás ruborizada? ¿Estás pensando en mí?

—¡Alejandro! ¿Qué haces aquí? ¡Aún no me visto!

—Vine a ver si mi desayuno ya había despertado —dijo con una sonrisa pícara.

—¡No soy tu desayuno! ¿Acaso no te enseñaron a tocar la puerta?

—Mascota bocona... ¿quién te dijo que necesito permiso para verte?

—¡Claro que debes pedir permiso! Soy una mujer y tú un hombre. Todo esto podría malinterpretarse.

—¿En serio? Pasé la noche contigo y no te diste cuenta —comentó, orgulloso.

—¿Qué?

—Estaba aburrido y me recosté a tu lado.

—No sentí tu presencia... —Ginebra se tapó con una almohada. El rubor le cubría las mejillas.

—¿Qué me hiciste?

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora