Un plan de muerte

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El frío de una noche helada entumece los huesos de Verónica y Clara, quien va llorando en el camino.
—¡Deja de lamentarte! Me estás fastidiando, no perdiste nada importante, así que límpiate la cara. —Dice Verónica, sin una pizca de empatía.

—Nunca había estado con un hombre, fue la primera vez y nunca voy a repetirlo. Quiero vomitar, aún percibo el olor de sus dientes.
—Eso dices ahora, verás que la segunda vez será diferente, estarás con un hombre que te guste y tendrás otra experiencia. Así que no llores y mantén la compostura.
—Es que fue muy doloroso y desagradable...
—Sigue siendo leal a mí y te compensaré por tu trabajo. Ahora necesitamos concentrarnos y entrar a la mansión con cuidado. —Entran con cautela para que nadie las vea.

Victoria da vueltas en su habitación, llena de ansiedad y estrés.
—Ya se tardó mi madre, ¿dónde estará? —De repente, Verónica y Clara entran en la habitación.
—¡Mamá!
—¡Baja la voz! No quiero que nadie me descubra.
—¿Cuál es tu plan? ¿Qué haremos para que Bardos no nos quite el dinero? —Pregunta Victoria, ansiosa por una respuesta.
—Lo primero que debes hacer es seguir en cama.
—Pero ya me siento mejor.
—¡Ya lo sé! Debes fingir que sigues adolorida y enferma. El idiota de Bardos no te echará en ese estado; es demasiado bueno como para hacerlo.
—Está bien, lo haré.
—Debemos ganar tiempo. Mira esto.
—¿Qué es?
Verónica le muestra un pequeño frasco con un líquido transparente.
—Esto es la solución a nuestros problemas.
—No entiendo —exclamó Victoria confundida.
—De algo puedes estar segura: un día tendrás que recuperarte, y ese día Bardos te echará de la mansión y nos quitará la ayuda económica. Ese hombre nos odia más de lo que crees, y con justa razón. Fuiste una imprudente, echaste todo a perder, pero... ¿cómo sería que el viejo comenzara a desmejorar lentamente? ¿Que al cabo de dos meses cayera en cama a causa de una misteriosa enfermedad? Y que un día, de la nada, amaneciera muerto en su habitación, dejando como heredera de toda su fortuna a su pobre y desamparada nuera. Él nos desprecia, pero el pueblo no tiene que saberlo. Solo así salvaremos el apellido Borgues y el patrimonio familiar, y todo gracias a esto.
—¿Es veneno? —Pregunta Victoria, temerosa.
—No pongas esa cara, ya mataste a dos personas.
—¡Mamá!...
—No te preocupes, Clara es de confianza, ella será la que se encargue de poner el veneno en los alimentos de Bardos.
—¿Qué? ¡No quiero hacerlo! ¿Qué tal si me descubren? —Manifestó Clara con angustia.
—Eso no pasará, siempre y cuando seas astuta. ¿O acaso no puedes hacer eso? ¿No quieres dejar de ser una sirvienta y convertirte en una mujer de sociedad? Si logras envenenar a Bardos, te haremos rica. —Dice Verónica, mirando fijamente a Clara.
—¿Y cómo sé que no van a engañarme?
—Vas a tener que arriesgarte y confiar en mi palabra.

Clara se queda pensando. Dejar de ser una sirvienta significa dejar de ser explotada, abusada y discriminada, y no hay nada en este mundo que desee más que ser libre.
—Lo haré...
—Muy bien, mañana mismo daremos marcha al plan. Así que ya lo sabes, hijita: no sanes pronto. —Verónica se despide de su hija con una gran sonrisa y se va, dejando a Victoria aliviada.
—Haremos que este plan funcione, no seré una simple pueblerina, no dejaré de ser la señora de Landez.

Clara, cabizbaja, entra a su recámara sin hacer ruido y se mete al baño a lavarse. Selene se da cuenta y le reclama, preocupada.
—¿Dónde estuviste todo el día? —Pregunta Selene, molesta—. Tuve que hacer tu trabajo. ¿Por qué desapareciste así? Tú no eres irresponsable, ¿qué estás haciendo?
—¡Déjame! ¡Tengo que asearme!
—Son las dos de la mañana, no necesitas bañarte, hace mucho frío.
—No es asunto tuyo, vete a dormir.
—¿Por qué estás llorando? —Selene mira detenidamente a Clara y ve que tiene moretones en el cuello, pechos y piernas—. Clara... ¿abusaron de ti?

—No lo sé... —Clara llora a voz en cuello.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Tuve que hacerlo, no tenía opción. Yo no quería, pero... —El llanto ahoga su garganta y enmudece su voz.
—¿Quién fue el infeliz que abusó de ti? Conozco a alguien que trabaja en la policía, estoy segura de que puede ayudarte y... —Clara la interrumpe de golpe.
—¡No! Nadie ayudará a una simple sirvienta como yo.
—¿Qué? Eso no es cierto. —Selene trata de consolar a Clara y la abraza—.
—Si fuera de una familia adinerada, seguramente me ayudarían, ese maldito sería ejecutado. Pero soy una sirvienta, hija de otra criada; para alguien como nosotras, no existe la justicia. Por eso debemos crearla con nuestras propias manos, aunque eso implique ensuciárnoslas. —El rostro de Clara se ha endurecido, como si su inocencia hubiera desaparecido y sido sustituida por la ambición y la venganza.
—No te entiendo, estás actuando muy extraño.
—Solo déjame en paz, necesito terminar de bañarme.
—Lo que dices no es cierto, sí existe la justicia, no te dejes engañar por lo que alguien más te diga.
—Lo dices porque eres la favorita del señor Bardos. —Sonríe irónicamente.
—Lo digo porque sé que es verdad.
—Buenas noches, Selene.

Clara despide a su compañera cerrando la puerta con seguro.

Esa noche se perdieron muchas cosas, y una de las pérdidas más grandes fue la bondad de Clara, la bella sirvienta.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora