Pedazos

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El cielo nublado y una tarde lluviosa adornan un funeral. Valle de Cobre está de luto; ropas negras, rosas blancas, velos que cubren el rostro de las mujeres del pueblo y el llanto desgarrador de una viuda desconsolada frente a la tumba que será el eterno descanso de David Landez.

—¡David! ¡No! ¿Quién pudo hacerte esto? ¿Quién fue capaz de quitarme a mi esposo? ¿Cómo pudieron quitarle su padre a mi hijo? —llora Victoria.

—Levántate, Victoria, tienes que guardar la compostura. No es momento de derrumbarse. ¡Piensa en tu hijo! —dice Bardos, molesto por el espectáculo que está haciendo su nuera.

—¡No me moveré de aquí! ¡Entiérrenme con él! ¡No quiero vivir sin mi esposo!

—¡Llévensela de aquí! No le hace bien estar aquí.

—Sí, señor, por favor acompáñenos, la llevaremos a descansar.

—¡Suéltenme! ¡No me toquen! ¡David! —Victoria finge un desmayo.

—¡Señora Victoria!

—¡Dios mío! ¡Llamen a un doctor! No la dejen salir de su habitación hasta que se calme.

Bardos está deshecho, pero mantiene la cordura. A pesar de su desprecio por Victoria, está dispuesto a hacerse cargo de ella y de su nieto.

—Lamento mucho tu pérdida, amigo mío. Sé cuánto amabas a tu hijo, tu mano derecha. Mi familia y yo estamos contigo. Si podemos ayudarte en algo o si algún día quieres hablar, sabes que cuentas conmigo —dice el alcalde Bernardo, dándole un fuerte abrazo.

—Mi corazón está destrozado. No sé si algún día podré recuperarme por completo.

—Estoy seguro de que Leonora lo espera con los brazos abiertos en el paraíso.

—Eso es lo único que me da paz.

—Señor Bardos, ¿me permite un momento? —interrumpe Sebastián, el jefe de policía.

—Dígame.

—Solo quiero decirle que encontraremos al asesino de su hijo. No descansaremos hasta encontrarlo. Todo el peso de la ley caerá sobre él.

—¡Eso no me basta! El día en que encuentren a ese maldito, quiero que lo ejecuten de inmediato. Exijo su muerte cuando lo encuentren.

—Espero que pronto se haga justicia.

El tiempo transcurre y poco a poco las personas se van. La tumba de David queda vacía. Unos pies descalzos y llenos de lodo llegan hasta el pie de esa cruz. Se trata de una joven con los ojos hinchados de tanto llorar, una mujer con el corazón hecho pedazos. Ginebra Borgues se deja caer de rodillas ante la tumba de su amado y llora a voz en cuello. Su llanto le rompe el corazón a los árboles que bailan tristes con el viento y la lluvia.

—Dios, ¿por qué te lo llevaste? Me duele tanto haberlo perdido. ¿Por qué tuvo que morir así? Hubiese preferido que se quedara con ella a perderlo para siempre. Mi querido David, la vida no nos dejó estar juntos, no quiso verme vestida de blanco, se negó a hacerme tu esposa, te entregó al sepulcro como si nada. El destino se rehusó a vernos felices; me ha cobrado caro el haberme enamorado de ti.

Han pasado las horas. Ginebra está acostada sobre la tumba de David; se ha quedado dormida con la esperanza de estar más cerca de él, con el deseo de no despertar y quedarse a su lado para siempre, y en un triste suspiro deja escapar su nombre.

—David...

Una silueta masculina se acerca; se trata de Alejandro, empapado de pies a cabeza, con la camisa blanca pegada al cuerpo. Se dirige a Ginebra y la carga entre sus brazos con delicadeza, llevándola de ahí. Esto lo ha hecho cada día desde que David murió. Ginebra regresa al mismo lugar a lamentarse hasta que se queda dormida de tanto llorar, y Alejandro la trae de regreso, sacándola del lugar que tanto la lastima.

—¿David? —Ginebra lo confunde por un segundo con su querido David.

—¡Alejandro! ¡Eres tú! No es necesario que vengas todo el tiempo por mí...

—Tienes que detenerte, debes parar con esto.

—Estoy bien, no es asunto tuyo.

—Necesitas comer algo, estás muy delgada.

—Ya te dije que estoy bien, ¡déjame en paz! —Alejandro para en seco y la baja de sus brazos.

—¿En serio quieres morirte? ¡Te estás dejando morir de hambre!

—Yo...

—¡Sigue así y en unos días habrás logrado tu cometido! Él no va a regresar, se ha ido para siempre. Por más que te castigues, tu novio no va a volver a la vida.

—¡Cállate! —Los ojos de Alejandro se abren de par en par; Ginebra le ha faltado el respeto.

—¡Por eso la vida se aprovecha de ti! Eres débil y fácil de pisotear, una...

—Ginebra le da una bofetada.

—¡Déjame lamentarme el tiempo que se me dé la gana! ¡Un monstruo como tú no sabe de dolor!

—Será mejor que te lamentes en otro lado y espero que antes de ponerle una mano encima a tu señor lo pienses dos veces. Todos los que me han querido echar mano, han perecido.

Alejandro se va dejando sola a Ginebra.

—¿Qué diablos te importa si muero? Puedo hacer con mi vida lo que yo quiera, nadie va a decidir por mí.

—¿Señorita Borgues? —Ginebra es sorprendida por unos policías.

—Sí, soy yo, ¿qué es lo que quieren?

—Tiene que venir con nosotros.

—¿Qué? ¿Pero por qué?

—Está bajo arresto, se le acusa del asesinato de David Landez.

—¡Esto es un error! ¡Yo no he hecho nada!

—¡No lo haga más difícil!

—¡Suéltenme! ¡No me toquen! ¡Quítenme las manos de encima!

—¡Auxilio! ¡Ayúdenme! —En ese momento, uno de los policías le golpea la cabeza con el arma, provocando que Ginebra se desplome. Antes de perder el conocimiento, ve a lo lejos a Victoria, quien la ha ido a acusar de homicidio.

—Victoria... —Ginebra se desmaya.

—Buen trabajo, lleven a esta criminal a donde pertenece. Ella es la culpable de la muerte de mi esposo.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora