A Ginebra se le escapa una mueca acompañada de un escalofrío; el té que acaba de beber es demasiado amargo.
—Es muy intenso el sabor.
—Es una infusión medicinal —responde Fernando con indiferencia.
Ginebra está desesperada por persuadir a Fernando de abandonar sus planes de venganza contra Alejandro. Su impaciencia la obliga a hablar.
—Fernando... —respira hondo, tratando de reunir valor—. ¡Por favor, desiste de tu deseo de perseguir a Alejandro! Él no es el monstruo que tú crees. Ha salvado a este pueblo de las garras de criaturas terribles. ¡Él es su rey! Con una sola orden puede detenerlas. Si trabajamos juntos, podemos proteger a Valle de Cobre. Entonces todo...
—¿Quieres que ignore sus crímenes? ¿Que pase por alto sus faltas? ¿Qué hay de la justicia? Los asesinos como él deben recibir su castigo.
—Fernando...
—Soy el jefe de policía, y mi deber es cuidar de mi pueblo. En unos días serán las elecciones para elegir al nuevo alcalde, un líder que sea capaz de proteger a su gente. El pueblo mismo me ha postulado, y si ellos quieren, entonces me convertiré en el nuevo alcalde de Valle de Cobre. Y les diré la verdad.
—¿Qué? ¿A qué te refieres con eso? —pregunta Ginebra, temerosa.
—Ha llegado el momento de abrirle los ojos al mundo y mostrarles a sus verdaderos enemigos.
—Tú no puedes hacer eso...
—Claro que puedo. Y lo haré. No descansaré hasta acabar con todas esas criaturas abominables. Voy a cazarlas una por una hasta extinguirlas... empezando por su miserable rey.
—Has dejado que el odio te domine. Te has corrompido por completo. Bety tenía razón... elegiste el camino de la oscuridad —exclamó Ginebra con decepción.
—Elegí el camino de la justicia.
Ginebra se queda en shock. ¿Qué clase de monstruo tiene frente a ella? Su corazón late con fuerza, las palpitaciones le invaden el pecho, y su cuerpo comienza a transpirar sin razón aparente.
—¡No dejaré que lastimes a Alejandro! ¡Antes tendrás que pasar sobre mí! ¡Voy a defenderlo con mi vida! ¿Escuchaste?
—Si tanto lo quieres... hay una forma de impedir que lo mate.
—¿Qué?
—¿Qué tan grande es tu amor, Ginebra? ¿Qué tanto estás dispuesta a sacrificar por él?
Fernando se le acerca y ella retrocede con desconfianza.
—Mi amor por él es más grande de lo que crees.
—Entonces cásate conmigo. Si te conviertes en mi mujer, le perdonaré la vida a él y a esas horribles criaturas, a cambio de que abandonen Valle de Cobre para siempre.
—¿Qué estás diciendo? ¡Yo no te amo!
Fernando toma su brazo y lo aprieta con fuerza, mirándola fijamente.
—¡Entonces te obligaré a que me ames! Esta es la única oportunidad que tienes de salvar a tu ser amado. Ni la bruja ni el mayordomo se salvarán de su castigo. Si no aceptas... verás con tus propios ojos el infierno que voy a desatar.
—¡Suéltame! ¿Cómo puedes decir esas cosas? El vino se te subió a la cabeza, hablas como un demente.
—Ya lo sabes. Si quieres que desista de mis planes... tendrás que convertirte en mi esposa.
—Me voy a casa. No quiero seguir escuchándote —Ginebra se suelta de su agarre y se da la vuelta.
—¿Acaso crees que tienes la opción de negarte?
Fernando la toma del cabello y la sujeta por detrás. Ella siente cómo su cuerpo se vuelve pesado, su vista se nubla. La fuerza se le escapa.
—¿Qué me hiciste? ¿Por qué me siento así? —balbucea.
—Es una lástima... bebiste el té hasta el último sorbo. Ya deberías estar inconsciente. Disfrutaré de esto hasta el amanecer.
La arrastra por el pasillo como si fuera un objeto sin valor. La lleva hasta su habitación. Ella intenta resistirse, pero apenas puede moverse o gritar. Siente cómo su conciencia se desvanece.
Todo se vuelve confuso. Borroso. Doloroso.
Su mente se agita, aferrándose a un solo pensamiento: sobrevivir.
Cuando todo termina, Fernando se recuesta a su lado, satisfecho. Como si acabara de ganar una batalla.
Pero Ginebra, aunque herida, aún respira.
Por otro lado, en medio del bosque, Alejandro se encuentra solo. El viento acaricia su piel pálida mientras la luna lo hace brillar con majestuosidad. Acaba de devorar a sus víctimas: cinco hombres, ahora con el rostro demacrado y sin vida.
Sus ojos, aún encendidos por la sed, se desvían al percibir un aroma familiar.
—Mi señor, poderoso rey de las sombras, alabado sea por la eternidad.
Desde las penumbras emergen dos figuras encapuchadas con capas negras y máscaras blancas. Se inclinan ante él con solemnidad.
—Por fin damos con su presencia, majestad.
—Aarón y Gabriel... los mellizos de Katar —responde Alejandro con frialdad—. ¿Qué hacen aquí?
—Escuchamos que había despertado de un largo sueño, y nuestro pueblo despertó con usted.
—¿A qué han venido desde tan lejos?
—Los vampiros se preguntan cuándo volverá al castillo y en qué momento comenzará la guerra con los humanos. Como sabrá, nuestros hermanos ya se han levantado y se han dado a conocer entre los hombres. Tenemos muchas preguntas para usted.
—¿Y quiénes son ustedes para hostigarme mientras ceno?
—Solo somos humildes hechiceros de su corte. Como sabe, Aarón puede ver más allá de las paredes: el pasado, el presente y el futuro. No pudo evitar percatarse de la muerte de la señora Esmeralda. Una lástima, pudo haber sido nuestra emperatriz. Pero lo que más nos sorprendió fue saber que se ha vinculado con una humana. Seguramente es un error... ¿o no, su excelencia?
—¿Y qué si no lo es? —responde Alejandro con voz desafiante.
—Entonces podríamos ayudarlo con eso...
Los mellizos se despiden con una reverencia. El viento los disuelve mientras una última voz susurra al oído del rey:
—Ojalá pueda sentarse pronto en aquel frío trono...
De pronto, Alejandro cae inconsciente en medio del oscuro bosque.
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El amante del pantano de Nil
FantastiqueEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
