Acorralada

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Victoria entra a la sala y su mirada se clava en Ginebra como una daga; el odio se le nota en el rostro. Con esa mirada altiva que la caracteriza, llena de soberbia, le escupe a su hermana a los pies en señal de desprecio.

—¡Señora Victoria! Le voy a pedir que guarde la compostura. No voy a tolerar sus faltas de respeto —dice el juez con firmeza.

—¡Esto es un error! ¡Yo no debería estar aquí! —Victoria se jalonea, pero el guardia la sujeta con fuerza y la hace sentar en la silla.

—Victoria Borgues, está acusada del asesinato de Bardos Landez y de su hijo David Landez.

—¡Eso es mentira! ¡Me están acusando injustamente! —Victoria mira fijamente a Ginebra y a su padre.

—Uno de los policías encontró el arma homicida en su habitación y hay un testigo que afirma haberla escuchado confesarle su crimen al señor Bardos, provocando que este muriera de un infarto.

—¡Eso no es verdad! —grita Victoria, exaltada.

—¡Guarde silencio! Que pase el testigo.

Martha sube al estrado y da su declaración, provocando que toda la sala se llene de indignación.

—¡Está mintiendo! ¿Cómo pueden creerle a una criada tan ignorante y vulgar?

—El arma homicida fue encontrada entre sus pertenencias, eso la convierte en la principal y única sospechosa. Además, es acusada por cuatro testigos de ser una de las autoras intelectuales del envenenamiento y asesinato del señor Bardos Landez.

—¡Ya les dije que la asesina de David Landez es Ginebra Borgues y nadie me creyó! —Ginebra no puede creer el cinismo con el que Victoria habla; es una mujer perversa y su maldad no tiene límites. Su hermana está completamente cegada por la avaricia. Fernando, por su parte, está sorprendido por el odio que Victoria le tiene a Ginebra y el deseo de protegerla crece aún más.

—El difunto Bardos Landez dejó una carta en la que la hacía responsable de su envenenamiento, al igual que a la señorita Roy.

—¿Qué clase de estupidez es esa? ¿Cómo le van a creer a un viejo enfermo y senil?

—Con todas estas pruebas en su contra, la declaro culpable de los asesinatos en primer grado de los señores Bardos y David Landez.

—No... eso no puede ser... —Un escalofrío recorre el cuerpo de Victoria y su corazón se encoge al escuchar que ha sido declarada culpable.

—Será condenada a cadena perpetua en la prisión de Santa Leticia —dice el juez mientras la mira fijamente.

—¿Qué?

Ginebra y su padre se quedan helados al escuchar el veredicto.

—Victoria... —Víctor llora al escuchar la sentencia, pero Fernando lo toma del brazo y se lo lleva para que no siga siendo deshonrado por su hija.

—Llévensela —ordena el juez, dando por finalizada su sentencia.

—¡No! ¡Suéltenme! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Estúpida Ginebra! ¡Siempre fuiste un maldito lastre!

Beatriz entra a la sala y se encuentra con ese penoso escenario: Ginebra está siendo insultada por Victoria y eso la llena de rabia. Su aura es completamente oscura y emana de su cuerpo como una espesa niebla.

—Te he odiado toda mi vida, ojalá te hubieras muerto —continúa Victoria mientras mira fijamente a Ginebra—. El día en que mandé que esos policías te violaran, esperaba verte en un ataúd, pero no... ¡Te maldigo, Ginebra! ¡Deseo que tu vida esté llena de miseria y sangre!

Ginebra se pone de pie, con lágrimas en los ojos, y sale de la sala junto con Beatriz. Victoria lleva su sangre, pero es un demonio, y los demonios merecen ir al infierno.

Una vez que Ginebra ha salido del salón, se desconcierta al escuchar los fuertes abucheos e insultos hacia Victoria. Bernardo y la policía intentan tranquilizar a la multitud, pero sus esfuerzos parecen inútiles. La gente intenta entrar a la fuerza, moviendo violentamente las rejas de la entrada; están furiosos y piden un castigo severo para ella.

Los pueblerinos se calman al escuchar la voz de Fernando, el hombre que se ha ganado su respeto y admiración.

—¡Por favor, guarden la calma! Sé que están indignados, pero la justicia no se hará con sus propias manos. El juez ha declarado culpable a Victoria Borgues y será trasladada a la prisión de Santa Leticia, donde pagará su condena. Así que, por favor, guarden la compostura.

Víctor, por su parte, está muy alterado; esta situación parece una pesadilla.

—No puedo creer que esto esté pasando... Verónica se ha convertido en una fugitiva y Victoria asesinó a dos hombres inocentes. ¿Con qué clase de monstruos hemos convivido, Ginebra? —Víctor se pone delante de su hija y se arrodilla.

—¿Papá, qué haces? —Ginebra trata de levantarlo.

—Perdóname, hija... tú eres quien más ha sufrido con todo esto. Vi cómo te marchitabas y no hice nada al respecto; fui un cobarde... ¡Te suplico que me perdones!

—No, papá... Perdóname tú a mí por haberte dejado en manos de esas mujeres. Le doy gracias a Dios que no te hicieron daño. Habría muerto de tristeza si algo te pasaba.

Ginebra llora mientras abraza a su padre.

—Ay, mi vida... no puedo con esto, es una pesadilla —Víctor se desmorona en los brazos de Ginebra.

—Vamos a salir adelante, lo prometo. No volveré a alejarme de ti —Ginebra ve a su padre cansado y afligido—. ¿Beatriz, puedes llevar a mi papá a su casa, por favor? Yo me quedaré para lo que haga falta.

—Por supuesto, acompáñeme, señor Víctor. Todo estará bien, no se preocupe.

—Gracias, amiga. Karla estará ahí para atenderlo.

—No te preocupes, me quedaré con él hasta que regreses.

Por otro lado, Victoria es custodiada por un grupo de policías para ser trasladada a la prisión de Santa Leticia. Han tenido que tomar estas medidas debido a la violenta actitud de la gente, que, en el momento en que vio salir a Victoria del juzgado, comenzó a insultarla y lanzarle comida.

—¿Qué les pasa, malditos muertos de hambre? ¡Hagan algo, idiotas! ¿No ven que me están lanzando comida? —Victoria está siendo abucheada por el pueblo y se llena de temor al ver que la gente sacude las rejas con fuerza. Están tan eufóricos que parecen perros salvajes en busca de su presa.

—¡Apresurémonos antes de que la muchedumbre tire las rejas! —dice uno de los policías angustiado.

—¡Asesina! ¡Bruja! —La gente la insulta llena de rabia.

—¡Cierren la maldita boca, pordioseros! ¡Voy a salir pronto de ese lugar y se van a retractar de sus palabras! —grita Victoria indignada.

—¡No mereces vivir, maldita asesina! ¡Escoria! —Los pueblerinos están a punto de abrir las rejas, y policías junto con Victoria se llenan de miedo.

—Salgamos por la puerta trasera, antes de que linchen a esta mujer...

Mientras tanto, Fernando se percata de lo que está sucediendo. Mientras él logró calmar a un grupo de pueblerinos, otra gran parte de la población se encuentra en las otras dos entradas del juzgado, enardecidos y decididos a hacer justicia por su propia mano, pues la cárcel parece un castigo muy liviano para alguien como Victoria Borgues, la mujer más odiada de Valle de Cobre.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora