La medianoche había comenzado a andar. Ginebra estaba sentada bajo un árbol, con su elegante vestido negro; temblorosa y con las manos entre las piernas, esperaba a Alejandro bajo la luz de la luna. Unos gritos desgarradores rompían el silencio, erizándole la piel. El monstruo del pantano estaba degustando su cena en las afueras del pueblo.
—¿A quién le estará arrebatando la vida? —dijo Ginebra mientras se tapaba los oídos.
¿Debería escapar? ¿Enterrarle una estaca en el corazón? ¿Podría detenerlo? ¿O, siendo su mascota, debería ser obediente y quedarme aquí?
Pensamientos como esos llenaban su mente, pero su cuerpo la traicionó y se puso de pie. El morbo, seducido por la curiosidad, la llevó a presenciar algo horrible.
—¿Qué estoy haciendo? ¡Maldición! Mis pies no me obedecen. ¿Qué hago aquí? Él es un monstruo.
Cada paso la acercaba a la escena del crimen. Ahí estaba Alejandro; sus ojos brillaban como carbón encendido, como las llamas del infierno, los ojos de un asesino.
—Dios mío... —Ginebra se tapó la boca, pero Alejandro la miró de reojo y, con su brazo, se limpió la sangre. Su víctima era un hombre adinerado que había dado su último respiro.
—¡Lo mataste! —gritó horrorizada.
—Qué mascota tan curiosa eres, pequeña y frágil humana, y qué desobediente —dijo Alejandro mientras se ponía de pie.
—Está muerto...
—Por supuesto, fue un bocadillo escandaloso, por eso tuve que romperle el cuello.
—¿No tienes remordimientos? ¿Es acaso que para ti no vale nada su vida? ¿Solo fue comida sin valor?
—Sí, y un poco menos que eso.
—No tienes corazón... —Ginebra lloraba, sorprendida por su frialdad al hablar.
—No, no lo tengo. Estoy vacío por dentro, hueco, perverso, despiadado, violento y muy cruel. Sin embargo, viniste corriendo a entregarte a mí.
—¡Y no quisiste darme lo que necesitaba! —respondió Ginebra, gritando.
—Te pedí, no... te supliqué que me mataras, pero decidiste no hacerlo. Por eso creo que eres un...
—¿Un qué? ¿Un monstruo? —dijo Alejandro, sonriendo.
—¿Por qué no quieres asesinarme? Vamos, ¡toma mi sangre, es tuya! —Ginebra se descubrió el cuello mientras giraba la cabeza—. Por favor...
Alejandro la miró con desprecio al ver que no dejaba de insistir en que la matara.
—¡No la quiero! Consideras tu vida de tan poco valor, tan miserable, que la ofreces sin pensarlo. No me apeteces, así que deja de insistir.
—¿Tan mal sabor tiene?
—Vámonos de aquí, cazaré en otro lugar.
De repente, Alejandro sintió cómo los brazos de Ginebra rodeaban su cintura, apretándolo con fuerza.
—Por favor, si mi sangre no es de tu agrado, te pido que aun así la tomes. No quiero seguir viviendo, ya no puedo soportarlo. Mañana mi hermana se casará con David y mis padres lo aprueban. Si no me ayudas, me colgaré de un árbol a primera hora y no te molestaré más. Pero si me matas ahora, ya no tendré que pensar en ellos nunca más, así que por favor, bebe mi sangre y...
Alejandro se volteó y, molesto, le dio una bofetada a Ginebra, quien enmudeció instantáneamente.
—¡Ya es suficiente! No soy tu salvador. Acepta tu realidad y hazle frente, en lugar de huir de ella como una cobarde. No puedes renunciar a lo único valioso que tienes por un par de idiotas a los que no les importas un bledo. Presta mucha atención: la próxima vez que me pidas asesinarte, lo haré de la forma más violenta y dolorosa posible. ¿Entendiste?
De pronto, Ginebra se dio la vuelta y corrió con todas sus fuerzas, obligando a sus piernas a no detenerse. A pesar del dolor, siguió corriendo hasta llegar al río, mientras Alejandro se quedaba atrás.
—Entonces seré yo la que termine con esto. Nada puede ser más doloroso ni violento que vivir así: cada maldito recuerdo, cada estúpido abrazo, cada falso "te amo". Eso es lo que me está matando lentamente.
Ginebra se dirigió al puente y se quitó los tacones, saltando al agua mientras lloraba amargamente y pensaba que, después de esa noche, ese terrible dolor desaparecería. Después de respirar profundamente, se lanzó al río y la corriente la arrastró violentamente, revolcándola sin piedad. Alejandro la observaba desde el puente, sin hacer nada.
—Estúpida humana imprudente.
Alejandro se dio la vuelta, decidido a marcharse, pero un grito con su nombre lo hizo regresar y entrar al agua. Ginebra se estaba ahogando y estaba a punto de quedarse inconsciente. Su vida pasó frente a sus ojos como una película: las imágenes de su padre entristecieron su alma; seguramente se le rompería el corazón al enterarse de que su preciada hija había muerto ahogada en un río. Finalmente, Ginebra perdió el conocimiento.
—¿Qué es esta sensación? ¿Acaso estoy muerta? ¿Qué es este peso en mi cuerpo?
De pronto, Ginebra comenzó a toser el agua que había tragado y se dio cuenta de que el temible vampiro estaba encima de ella. Él le había salvado la vida. Alejandro acercó su cuerpo, recargando su frente contra la de ella mientras sus brazos se apoyaban en el suelo. Con voz susurrante, le dijo:
—El único que tiene derecho a quitarte la vida soy yo. No olvides que me perteneces.
El corazón de Ginebra latía con fuerza. Alejandro estaba muy cerca, apenas unos centímetros separaban sus labios. Sus ojos brillaban como dos luciérnagas en la madrugada. Las gotas de agua de su rostro mojado le caían por la cara.
—Me has traído muchos problemas esta noche. Tendré que castigarte.
—¿Qué harás conmigo?
—Vas a alimentarme.
Alejandro mordió el cuello de Ginebra, bebiendo desesperadamente su sangre. Ella podía escuchar su respiración agitada; el dolor de la mordida era insoportable.
—Por favor, no me mates...
—Creí que querías morir —le susurró Alejandro al oído.
—Cambié de opinión —respondió Ginebra, llena de dolor.
—Ahora será difícil detenerme.
Ginebra comenzó a llorar, diciendo una y otra vez que no quería morir.
—Deja de llorar, el sabor de tu sangre desmejora considerablemente —Alejandro se alejó.
—No me puedo mover...
—Es normal, tomé mucha de tu sangre.
—Gracias por detenerte.
—Pronto amanecerá.
—¿Vas a dejarme aquí?
—No, vendrás conmigo a la mansión.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
