El día terminó, las horas avanzaron y la madrugada llegó. Fernando se dirige al lago Alcatraz, lleva su arma y unas granadas; está decidido a encontrar a la criatura que acecha en las profundidades del lago. Se dispone a subir a un bote y no piensa regresar con las manos vacías.
Por otro lado, Ginebra y Beatriz caminan entre la maleza en busca de un bote.
—No puedo creer que estoy a punto de entrar a un lago repleto de criaturas espeluznantes —exclama Beatriz entre chillidos.
—Lamento hacerte pasar por esto, yo también tengo un poco de miedo —responde Ginebra con la voz entrecortada; efectivamente, está temerosa.
—¿Un poco de miedo? Yo estoy horrorizada, ¡me quiero orinar en los pantalones! Así que, si te llega un mal olor, no me juzgues; seguramente habré vaciado el tanque del miedo.
—¿Qué? No dejaré que vacíes el tanque ni nada parecido, nos cuidaremos la una a la otra. Además... ¿solo atacan a los hombres, no?
—Si tienen hambre no se detendrán a averiguar el género. ¡Ay, Gini! Ni siquiera estos kilos de pescado bastarán para entretenerlas.
—Solo buscamos a Fernando y nos vamos, sé que está por aquí, en algún lado...
—En cuanto lo encontremos, regresamos, ¿oíste? Aun si no lo vemos, prométeme que vamos a regresar.
—Lo prometo, Bety.
Ginebra y Beatriz han encontrado un bote y se suben, dispuestas a encontrar a Fernando. Ginebra rema mientras Beatriz sostiene una lámpara de aceite; sus manos tiemblan y no precisamente por frío. La idea de que esos monstruos están en las profundidades la hace vibrar de miedo.
—Bety, trata de no apuntar la luz a mis ojos, me estás encandilando —dice Ginebra mientras se frota los ojos con el brazo.
—Lo siento, pero seamos realistas: tú eres un costal de huesos, no te ves nada apetitosa. Si yo fuera una sirena no te comería, pareces enferma, anémica, no sé... ¡pero mírame a mí! Estoy llena de curvas, ¡tengo un enorme trasero! Hay carne por todos lados, soy muy apetitosa. Si fuera ellas, también me comería —exclama Beatriz mientras lagrimea.
—En cuanto estemos más adentro, comenzaremos a llamar su atención. Prepararé el pescado —dice Ginebra, decidida.
—Eso no será suficiente, tenemos que hablar su mismo idioma —Beatriz mira fijamente a Ginebra.
—¿Su mismo idioma?
—Una de nosotras debe cantar. Te sugiero que seas tú; yo canto horrible.
—¿Qué clase de canción debo cantar? —pregunta Ginebra nerviosa.
—La más dulce que te sepas, una romántica o tal vez una canción de cuna.
—Creo que memoricé una. Cuando era pequeña, mi abuela me cantaba la canción de las camelias.
—Esa es linda.
—Ok, entonces será la canción de mi abuela.
Ginebra y Beatriz se adentran más en las oscuras aguas del lago; es como remar en penumbras. Fernando, por su parte, espera en la quietud; su arma está cargada y cualquier ruido extraño recibirá uno de sus disparos. El héroe de Valle de Cobre no le tiene miedo a nada; hay una parte de él que desea desesperadamente acabar con las extrañas criaturas del lago.
—¿Estás lista? —pregunta Beatriz a Ginebra con voz suave.
—Sí, comenzaré a cantar.
La dulce voz de Ginebra comienza a entonar la famosa canción de cuna; Beatriz se sorprende al escuchar la suave voz de su amiga, relajada y nada envidiable a las sirenas.
<<Duerme, mi amor, en los brazos de algodón,
en el jardín de camelias que está en mi corazón.
Duerme ya, pronto a descansar,
en el jardín de camelias tu paz encontrarás.>>
El aire comienza a soplar con fuerza y las ondas del agua mecen el bote de un lado a otro. Ginebra se llena de temor y se calla.
—¿Qué está pasando? —pregunta temblorosa.
—¡No te detengas, ya vienen!
Ginebra traga saliva y vuelve a entonar la canción de cuna. Se escuchan extraños sonidos que provienen del agua. No son ranas, ni lagartos; no existe pez que emita sonidos tan espeluznantes. Unas afiladas garras arañan el bote. Beatriz tiembla y, con manos inquietas, alumbrar a aquellos ojos brillantes que se clavan en ella. Se trata de una horrible criatura de piel grisácea y escamosa; sus colmillos afilados son como los de las pirañas. Un largo y escurrido cabello fino y delgado se le pega al rostro horripilante. Es un monstruo de las profundidades: una sirena de Alcatraz. Beatriz deja caer la lámpara, pues el pavor se ha apoderado de ella.
—Dios mío...
Por otro lado, Ginebra está paralizada. Esas criaturas son abominables. Tiene las bolsas de pescado en cada mano y las aprieta con fuerza.
—Ginebra... arroja el pescado a... antes de que decidan devorarnos a nosotras primero —dice Beatriz, tartamudeando.
De repente, el bote comienza a moverse agitadamente. Sus corazones se aceleran y una extraña sensación invade sus cuerpos; están petrificadas, rodeadas por sirenas hambrientas que emiten un escalofriante sonido, como si se comunicaran entre ellas.
—¿Qué estás esperando? ¡Nos están rodeando!
Ginebra rompe las bolsas con desesperación y arroja los pescados, pero las sirenas ni se inmutan; los pescados les caen en las narices y no les hacen caso. Clavan su mirada en Beatriz y en Ginebra; ellas les han llamado la atención.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no se comen el pescado? —pregunta Ginebra, temblorosa.
—No te muevas... ya nos echaron el ojo. Te lo dije... a ti te dejarán ir, a mí me devorarán hasta los huesos. Tal vez esta sea la última vez que nos veamos, querida amiga —exclama Beatriz llorosa.
—No digas eso, amiga... dijiste que las sirenas le tienen miedo al fuego, tienes un arma, dispara al aire para ahuyentarlas. Tenemos que salir con vida; debemos impedir que se lleven a Fernando.
—¿Cómo demonios sabemos que ese amigo tuyo realmente está aquí? —Beatriz llora desesperada.
—Él es un hombre valiente, no le teme a la muerte. ¿Viste cómo se enfrentó a los duendes de la mina? Sé que vino a buscar a las sirenas y no se irá hasta exterminarlas.
—Maldición, Giny... me acabo de hacer encima, huele horrible. Voy a llamar más su atención —gimotea Beatriz con el moco tendido.
Los ojos de Beatriz se abren de par en par. Una de las sirenas ha saltado justo detrás de Ginebra, como un depredador sobre su presa. La ha atrapado con sus afiladas garras, jalándola al fondo del lago.
—¡Ginebra!... ¡las sirenas de Alcatraz!
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
