Los días soleados no son comunes en Valle de Cobre. Por eso, los habitantes del pueblo aprovechan el clima para tomar el sol y salir a caminar.
Han pasado varios meses desde la muerte de David. Por su parte, Victoria disfruta del clima dándose un baño de sol, con la intención de dar algo de color a sus mejillas. A simple vista, parecería que el duelo por su esposo ha llegado a su fin.
A una distancia prudente, unas criadas observan a su desalmada señora mientras esperan, atentas, sus exigencias.
—¿Cómo puede estar tan tranquila? Acaba de perder a su esposo. Yo, en su lugar, estaría lamentándome en mi recámara —dice Clara, indignada.
—Hace tres meses que murió el joven David... Qué rápido pasa el tiempo —suspira Selene con tristeza.
—Dicen que la señora acusó a su propia hermana de la muerte del joven. Y no solo eso, por su culpa corrieron a Frida, la ama de llaves.
—Precisamente por eso debemos tener cuidado con ella. No se tentará el corazón con nosotras. Te aconsejo que no murmures a sus espaldas, o podrías terminar como Frida —advierte Selene en voz baja.
En ese momento, Victoria les hace una señal: agita su copa para que le sirvan más vino. Clara se apresura a servirle con una sonrisa fingida, intentando no levantar sospechas por sus comentarios. Sin embargo, Victoria deja caer la copa al suelo, haciéndola añicos. Luego toma a Clara del cabello y la acerca para hablarle al oído:
—Si fui capaz de mentir sobre mi hermana, imagina lo que podría hacer con ustedes. Sean buenas criadas y no muerdan la mano que les da de comer.
Después la empuja bruscamente y grita:
—¡Tráeme otra botella de vino! ¡Muévete!
—S-sí, señora... —balbucea Clara, saliendo llorando con el cabello despeinado.
—Estúpidas sirvientas... ¿Cómo se atreven a hablar de mí a mis espaldas?
En ese momento, Bardos entra a la cocina. Al ver a Clara con la botella de vino, se enfurece.
—¿Qué haces? ¿Para quién es esa botella?
—¡Señor! Es para la señora Victoria...
—¡Dámela! ¿Dónde está esa mujer?
—En el jardín... —responde Clara, intimidada.
Bardos, furioso, se dirige al jardín dispuesto a confrontar a su nuera.
—¿Qué tienes en la cabeza, mujer? En tu estado no deberías beber alcohol. ¡Tienes prohibido embriagarte!
—¿En mi estado? Estoy embarazada, no desahuciada. Además, solo he tomado una botella.
—¿Una botella? ¡Tu embarazo es de alto riesgo! ¡No seas insensata!
—¡No me grite! ¡Solo bebí un poco! —Victoria balbucea; está visiblemente ebria.
—¿Un poco? ¡Mírate! No puedes ni mantenerte de pie.
—¡Estoy en duelo! ¿No ve que estoy sufriendo? Su hijo me dejó sola... —Victoria tropieza y Bardos la sostiene antes de que caiga.
—¡Por Dios, muchacha! ¡Estás ahogándote en alcohol!
—¿Por qué me mira así? ¿No me diga que quiere acostarse conmigo? Jajaja —dice ella, mirándolo de pies a cabeza—. Aunque pensándolo bien... se parece mucho a David. Si cierro los ojos, podemos fingir que es él. —Victoria intenta tocarlo, pero Bardos la aparta bruscamente.
—¡Cierra tu sucia boca! ¡Llévensela de aquí, no quiero verla!
Victoria comienza a quejarse y se dobla del dolor, llevándose las manos al vientre.
—¡Señor, está sangrando! —grita Selene, angustiada.
—¿Qué? —Bardos ve sangre entre las piernas de Victoria—. ¡Llamen al doctor, rápido! ¡Está perdiendo al bebé!
—¡Enseguida! —Selene corre en busca de ayuda.
—Clara, avísales a sus padres —ordena Bardos, alarmado.
—¡No me tardo!
Mientras tanto, en la casa de los Borgues, Verónica le reclama a su esposo por su actitud melancólica.
—¿Hasta cuándo vas a seguir lamentándote por esa malagradecida de Ginebra? No se ha aparecido en tres meses. Debe estar feliz fornicando con ese tal Alejandro, y tú aquí, lloriqueando como un tonto.
—¿Cómo puedes hablar así de tu hija? —pregunta Víctor, indignado.
—¡Esa desalmada ya no es mi hija! ¡Arruinó la boda de su hermana! Y para colmo, planeaba escaparse con David. Qué bueno que lo asesinaron.
—¡Cierra la boca, mujer! ¡Estás diciendo estupideces!
—¡No me calles! Ahora Victoria es viuda... ¡viuda a su edad! Es la comidilla del pueblo. ¿Sabes lo difícil que será para ella encontrar un buen hombre? ¡Está acabada! Y por si fuera poco, lleva en su vientre un bastardo.
Verónica se tapa la boca al darse cuenta de lo que ha dicho.
—¿Qué dijiste?
—¡Ese hijo no es de David, sino de aquel soldado mediocre de la capital!
—¿Cómo es posible? ¿Hasta dónde llegan tus mentiras? ¿Cómo puedes solapar ese tipo de bajezas?
—¡Hago lo que sea por mi hija! Al contrario que tú, yo no voy a darle la espalda a Victoria. Además, gracias al dinero de los Landez nos salvamos de la bancarrota. ¡Deberías estar feliz! Ya no tendrás que vender el viñedo ni las tierras.
—¿A cambio de qué? ¡Esta supuesta salvación nos costó la felicidad de Ginebra!
—Alguien tenía que sacrificarse, ¿no crees?
La discusión es interrumpida por los gritos desesperados de Selene.
—¡Señora Verónica! ¡Señor Víctor!
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué gritas como una loca? —dice Verónica, molesta.
—¡Su hija está grave!
—¿Qué? ¿Qué le pasa a Victoria? —pregunta Víctor, desconcertado.
—¡Está perdiendo al bebé, tienen que venir!
—¡Hazte a un lado, sirvienta! —Verónica empuja a Selene y corre junto a su esposo rumbo a la mansión Landez.
Victoria yace acostada en su recámara. El doctor Gerardo la examina, mientras los demás esperan afuera. Clara recibe a los Borgues.
—Señor, los Borgues han llegado.
—Hazlos pasar.
—Sí, señor. Con permiso.
—Bardos —saluda Víctor, algo inseguro, mientras Verónica entra con paso autoritario.
—¿Dónde está mi hija? ¿Qué le hicieron?
—El doctor la está revisando.
—¡Déjenme entrar! ¡Me necesita!
—No es necesario, en un momento nos darán el diagnóstico —dice Bardos, intentando mantener la calma.
—¡Soy su madre! ¡No me digas lo que tengo que hacer!
—Perdona el comportamiento grosero de mi esposa, está muy preocupada por Victoria.
—Entonces debió advertirle que el alcohol le haría daño —responde Bardos con dureza.
—¿Qué? ¿Siguió tomando? —pregunta Víctor, alarmado.
—Botella tras botella... ¡Es una inconsciente!
—Dios mío... ¿En qué estaba pensando?
—En ella misma. ¿En quién más?
—¡Mi reina! ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? —pregunta Verónica al entrar a la habitación.
—Señora, ¿no le dijeron que esperara afuera?
—¿Va a impedir que una madre vea a su hija convaleciente?
—Con permiso, haré pasar al señor de la casa para que escuche el diagnóstico de su nuera —dice el doctor.
Verónica se acerca a Victoria y le acaricia el cabello.
—Mi pobrecita hija... ¿cómo te sientes?
—Terrible... me duele todo —se queja Victoria, mientras Bardos y Víctor entran junto al doctor.
—¿Cómo está el bebé? —pregunta Bardos, angustiado.
—La señora Victoria tuvo una fuerte amenaza de aborto. Durante estos seis meses de embarazo no ha recibido los cuidados necesarios. El consumo de alcohol ha perjudicado gravemente su salud y la del bebé. Si continúa así, lo perderá.
—¿Hay alguna manera de salvar a mi nieto?
—Si deja de beber y guarda reposo absoluto, hay una posibilidad de estabilizar el embarazo. Pero debo advertirles: el bebé podría nacer con alguna discapacidad.
—¿Qué? —Victoria se estremece.
—Lamento darles esta noticia, pero como médico, debo ser sincero.
—Está equivocado... ¿Verdad, mamá? Mi hijo nacerá sano... estoy segura...
—No te preocupes, hija. Encontraremos un mejor doctor, otro punto de vista. Bardos no escatimará en gastos. Traeremos a un médico de Italia, escuché que allá hay especialistas en...
—¡No traeré a nadie más! —interrumpe Bardos, furioso—. El doctor Gerardo es de mi entera confianza. Si la situación es tan grave, ¡es por culpa de los excesos de tu irresponsable hija!
Verónica abre los ojos, indignada.
—¿Cómo puedes ser tan egoísta? Si David viviera, él no permitiría que...
—¡Cállate, Verónica! Victoria debe dejar el alcohol y punto. ¡Deja de solaparla! Le haces daño, no la ayudas.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
