Selene llora a los pies de Bardos, quien ha muerto con el corazón destrozado. Su semblante demacrado conserva la expresión de un hombre angustiado y deshecho. Todos sus trabajadores están reunidos en su habitación para darle el último adiós. Lamentan la partida de aquel hombre justo... todos, excepto Clara, quien observa el cadáver sin rastro de culpa.
Después de un rato, Selene se queda a preparar el cuerpo de su amado Bardos. Lo ha maquillado para quitarle ese color pálido y grisáceo, le puso uno de sus trajes favoritos y lo adornó con una rosa en el bolsillo derecho. También le colocó un anillo en la mano izquierda y, finalmente, perfumó su cuerpo con hierbas aromáticas.
El pueblo ha sido sorprendido con un nuevo funeral. La muerte del último Landez los ha dejado atónitos. Parece que la muerte ha terminado de llevarse a la tumba a esta familia.
Por otro lado, Ginebra se sorprende al encontrar a Selene y a otra sirvienta esperándola afuera de su casa. Su sonrisa se apaga al ver que ambas están llorando.
—Selene... Martha... ¿Qué sucede? —pregunta Ginebra, angustiada.
—El señor Bardos... falleció —responde Selene, destrozada.
—¿Qué...? —Ginebra siente un nudo en la garganta. No puede creer que Bardos esté muerto.
—Tienes que saber cómo murió... y cuál fue su última voluntad. ¿Podemos pasar?
—Sí... —responde con tristeza.
Selene le cuenta a Ginebra toda la verdad: cómo Victoria, Verónica y Clara lo envenenaron para quedarse con toda su fortuna.
—No puede ser... —Ginebra se desploma—. ¿Qué clase de monstruos son? ¿Cómo pudo Clara prestarse para algo tan deplorable?
—Y hay algo más... Martha escuchó cuando Victoria le confesaba a Bardos que fue ella quien asesinó a David.
Ginebra siente que se le hiela la sangre. Sospechaba de su hermana, pero jamás imaginó que en verdad fuera la culpable de la muerte de David. Entonces se dirige a uno de los cajones de su tocador y saca un arete.
—Encontré esto cerca del cuerpo de David. Es idéntico a la joyería que usa Victoria, pero no me atreví a denunciarla porque no era una prueba muy convincente para la policía. Y ahora, con el testimonio de Martha, me queda claro que mi hermana es una asesina...
¿Cómo pudo ser capaz de destruir a toda una familia? —Ginebra llora, llena de tristeza.
—El plan del señor Bardos se llevará a cabo. Ahora somos cuatro testigos en contra de Victoria y Clara. Dejaremos que el funeral sea respetado, le daremos un adiós digno al señor Landez, pero una vez que termine el entierro, iremos a testificar contra ellas —Selene está decidida a terminar con la maldad de esas mujeres.
—Dijiste que eran cuatro testigos... ¿Quién es el cuarto? —pregunta Ginebra con seriedad.
—El cuarto testigo es el señor Bardos. Él se dio cuenta del plan que tenían esas mujeres, así que dejó una carta donde señala a Victoria como la autora intelectual del crimen y a Clara como su cómplice.
—Yo las apoyaré en todo el proceso. Victoria y Clara pagarán por sus crímenes.
—Gracias, señorita Ginebra. Mantengamos todo en secreto hasta que termine el entierro. Revelaremos la última voluntad de Bardos antes de que hablen Victoria y las demás.
Una vez más, Valle de Cobre se viste de luto. Cayó el último de los Landez. Una fuerte llovizna enjuaga las lágrimas de quienes lo estimaban, entre ellos su querido amigo Bernardo. La melodía triste de un violín le rinde homenaje.
Ginebra está llena de recuerdos dolorosos, todos causados por su propia hermana, quien no se bastó con asesinar a David, sino que también fue culpable de la muerte de su sobrino. Todo por su negligencia. Ahora ha envenenado a Bardos, provocándole una muerte lenta y dolorosa.
Los ojos de Ginebra se abren de par en par, llenos de indignación. A lo lejos ve a Victoria acercarse con una ligera sonrisa. Lleva un vestido rojo y una actitud hipócrita, pues finge romperse en llanto frente a la tumba de su difunto suegro.
—Sinvergüenza...
Ginebra está furiosa. En cuanto ve a Victoria, la recibe con una fuerte bofetada que le voltea el rostro, para luego abrazarla y susurrarle al oído con palabras amenazantes:
—Ríe mientras puedas. Te juro por mi vida que esas malditas lágrimas falsas que derramas se convertirán en sangre.
Ginebra le da un beso en la mejilla y la empuja, dejando a Victoria sorprendida por sus palabras.
Fernando observa todo e intenta acercarse, pero su madre lo detiene del brazo. Verónica se llena de rabia al ver que Ginebra ha golpeado a su preciada hija, pero se queda en su lugar y guarda silencio. Parece que a Victoria esto le importa poco, pues llega a la tumba de Bardos fingiendo un llanto desesperado.
Selene, por su parte, aprieta los puños llena de rabia. Sabe que no es el momento de intervenir y guarda la compostura.
Fernando observa atentamente a la famosa familia Borgues, para luego enfocarse en Ginebra.
«Desde que llegué a este pueblo, escuché los terribles rumores acerca de tu familia y lo mucho que te han lastimado. Me sorprendí al escucharte confirmar que todo era cierto.
Tanto los Landez como los Borgues te han destrozado la vida: David te fue infiel con tu hermana, tu madre te desprecia, y tu padre no tuvo el valor de defenderte. Poco después, el amor de tu vida murió a manos de un asesino misterioso. Sufriste la pérdida de tu sobrino... y ahora esto.
Cuando te conocí, tenías la mirada llena de tristeza. Desde ese momento sentí la necesidad de protegerte. Al verte tan sola y abandonada, supe que necesitabas ser rescatada. Yo quiero estar ahí para ti, para protegerte de estos lobos rapaces.»
Fernando suelta el brazo de su madre y va hacia donde está Ginebra. La abraza para consolarla.
Victoria contempla al joven encantador que abraza a su hermana y se pregunta:
«¿Por qué no sabía de la existencia de este hombre? ¿Y cómo es que la mosca muerta de Ginebra está con él?»
Su mente comienza a maquinar nuevas formas de volver a lastimar. La maldad no descansa...
Ni siquiera en los funerales.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
