La gente del pueblo quedó consternada por la aparición repentina de aquellos misteriosos cuervos, que ennegrecieron el cielo como una densa oscuridad. Por otro lado, Beatriz y Leonardo decidieron hacerse cargo de aquel espíritu maligno y regresarlo al lugar al que pertenece.
—Señorita Ginebra, debería irse a descansar, se le ve muy soñolienta.
—¿Y qué hay de ustedes? —respondió Ginebra apenada.
—No te preocupes por nosotros, en un rato no habrá mucha gente; podremos salir desapercibidos si nos apresuramos —Beatriz le dio una palmada en la espalda.
—No me refiero a eso, ¿estarán bien si me voy? No van a matarse ni nada raro, ¿o sí? —preguntó Ginebra con nerviosismo.
—Vaya tranquila, he lidiado con monstruos peores en el pasado.
—¿Qué dijiste, vampiro? —preguntó furiosa la bruja.
—No sabía que las brujas eran sordas, además de ruidosas.
—¡Ay, eres un...!
—Por favor, traten de llevarse bien. Sé que aquel espíritu no es rival para ustedes, así que sé que llegarán sanos y salvos por la mañana —dijo Ginebra, abrazándolos con ternura.
—Tú también cuídate, Giny.
Ginebra se despidió de ellos y se fue a su casa. Justo a la mitad del camino, Santiago, el trabajador de Fernando, la interceptó.
—¡Señorita Ginebra! —gritó el joven con todas sus fuerzas.
—¿Sí? —Ginebra se sorprendió al verlo.
—Perdón por asustarla, el joven Fernando me ha pedido que le entregue esto con urgencia.
—¿Qué es?
—Dice que es para esta noche.
—Pero yo...
—Que tenga buena suerte —dijo Santiago y se retiró con prisa, sin dejarla pronunciar una palabra más.
Ginebra escondió la invitación en su pecho y se apresuró a llegar a casa. Una vez ahí, se sentó sobre la cama y abrió la carta con cuidado, sorprendida por su contenido.
—¿Qué es esto? ¿Una cena? ¿De qué quiere hablar conmigo? ¿Habrá cambiado de parecer? Si voy, quizás pueda persuadirlo y convencerlo de que Alejandro no es su enemigo... Esta tal vez sea mi única oportunidad...
Ginebra se preparó para esa noche; intentaría convencer a Fernando de su error. Por otro lado, el héroe de Valle de Cobre se había mudado a su nuevo hogar, una lujosa mansión que parecía el castillo de un rey. Fernando le había pedido a su cocinero que preparara un delicioso manjar en honor a Ginebra; se puso su mejor traje, perfumó su cuerpo con la loción más cara y estaba decidido a embelesar a la mujer del vampiro. Las horas pasaron volando, y de pronto el reloj marcaba las nueve de la noche, cuando uno de sus chóferes fue por su invitada.
—Buenas noches, señorita. El joven Fernando me ha enviado por usted —dijo el hombre con formalidad.
—Gracias —respondió Ginebra con una sonrisa nerviosa.
Después de un recorrido lleno de preguntas sin respuestas, Ginebra llegó a su destino.
—Bienvenida, señorita Ginebra. Permítame su abrigo, el señor la espera en el comedor.
Tras el incidente en que Alejandro le rompió el brazo a Fernando, Ginebra no pudo evitar sentir culpa. Recordó que aquella misteriosa perla que ahora poseía tenía la capacidad de sanar cualquier dolencia. Decidió raspar un poco para obtener una pequeña cantidad de polvo curativo, que colocó en un panqueé para que, una vez que Fernando lo comiera, su brazo mejorara, aunque fuera un poco. Nerviosa, llevó su obsequio entre manos mientras una sirvienta la acompañaba al comedor. A lo lejos, Fernando estaba tan atractivo y dominante que no apartaba la mirada de ella, tal como los lobos no dejan de mirar a los corderos del rebaño. Ginebra llevaba un vestido violeta, el cabello recogido y adornado con un hermoso prendedor; se veía muy hermosa.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
