Estigma

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Ginebra está muy nerviosa; su corazón palpita incontrolablemente. Se encuentra recostada junto al imponente vampiro. Es la primera vez que experimenta tanto nerviosismo.

—Ya dime... ¿qué fue lo que me hiciste?
—Te miré, eso es todo. Tienes trece lunares desde la cara hasta el cuello. Son pequeños... pero el lunar que tienes en tu seno derecho es mi favorito.
—¿Contaste todos mis lunares? ¿Y viste mi pecho? ¡Eres un pervertido!
—Solo me gustó el lunar. Tu pecho es demasiado plano.
—Ay, ya lo sé... no tienes que recordármelo.
—Yo no tengo lunares. Estoy celoso.
—Debes tener alguno. Tal vez está escondido por ahí. Todos tenemos al menos uno.
—¿Quieres ayudarme a buscarlo? —Alejandro intenta quitarse la camisa, pero Ginebra lo detiene.
—¿Qué crees que haces?
—Hace mucho que no tenía visitas. ¿Qué se supone que hagamos? ¿Debería torturarte... comerte? ¿Qué sería mejor?
—Deja de verme así. Me erizas la piel... además, prometiste no asesinarme.
—Yo no dije eso. Dije que te mataría cuando se me diera la gana.
—Oye... detente...

Alejandro se acerca a Ginebra como un león, sin quitarle la mirada de encima. Sus ojos cambian de miel a un rojo vivo, y sus colmillos se asoman.

—¿Qué quieres?
—¿Qué ves en mí? —pregunta Alejandro, ya encima de ella.
—Veo a una fiera sedienta, tenebrosa y temible... y a pesar del miedo, no puedo dejar de mirarte. Mi cuerpo quiere huir, pero yo sigo aquí, atrapada en tu mirada.
—Es inútil... —Alejandro se recuesta sobre el pecho de Ginebra—. Por más que intento fulminarte con la mirada, no mueres. Estás tan asustada que puedo escuchar tu corazón a punto de salirse. Eres tan extraña, pequeña... y frágil.
—¿Cuánto tiempo vas a dejarme con vida?
—Hasta que me aburras... o muera de hambre.
—Eres muy hiriente...
—Lo sé —suspira Alejandro.
—¿Alguna vez tuviste otra humana?
—Tuve tantas mujeres que ni siquiera podría contarlas. Pero ninguna que pudiera ver mis verdaderos ojos. Cuando lo hacían, caían muertas al instante. Por eso temo obsesionarme contigo... porque me aburro rápido.
—Solo soy un capricho para ti... ¿no es así?
—¿Quieres ser algo más, chica ambiciosa? ¿Mi vida? ¿Mi esposa? ¿Quieres que yo sea tuyo?

Alejandro se acerca a su boca, pero Ginebra se aparta.

—¡No quiero ser tu juguete! —lo empuja y se levanta de la cama furiosa—. ¡Estoy harta de que la gente me use! ¿Qué demonios creen que soy?
—Eres mía. Completamente mía. Y no te comparto con nadie.
—¿Y luego qué? ¿Te enfadarás conmigo y me matarás?
—Eso no te concierne. Pórtate bien y no me provoques —Alejandro se prepara para salir.
—¿Adónde vas?
—Iré de cacería. A partir de ahora, vivirás conmigo.
—¿De verdad?
—Sí. No necesitas recoger tus cosas. Conmigo tendrás todo lo que necesites.
—Al menos déjame despedirme de mi padre. Agradezco que me dejes quedarme, realmente no quiero volver a esa casa... pero él debe saber por qué me voy.
—Ve a despedirte y no causes más problemas.
—¿No tienes miedo de que no regrese?
—Sé que volverás. Soy todo lo que tienes.
—Eres un egocéntrico narcisista.
—Y tú, una suicida escandalosa.
—Pues... tal vez no regrese.
—Entonces iré por ti.

Alejandro se va y Ginebra se dirige a la casa de su padre.

—Espero que entienda que no volveré. Desde ese día... no tengo más familia que yo misma. Debe creer que lo deshonré al irme con Alejandro tan de repente, pero mi reputación es lo que menos me importa. No volveré a enamorarme... aunque mi verdugo sea un vampiro. No me entregaré a él.

—¡Hija! —Ginebra se sorprende al encontrarse con su padre en el camino.
—Papá, ¿qué tienes? ¿Por qué estás tan agitado?
—Es David... ¡está inconsciente!
—¿Qué? ¿Qué le pasó? —su corazón se encoge.
—Tuvo un accidente terrible. Al parecer, una sirvienta lo empujó por las escaleras. Tiene una contusión y varios golpes.
—¡No puede ser! ¿Y Victoria? ¿Ya lo sabe?
—No ha ido a la mansión. La vieron comprando ropa en la plaza.
—Es una egoísta. Ni siquiera en estos momentos puede pensar en alguien más.
—¿Y tú qué harás? —pregunta Víctor, angustiado.
—¿Esperas que vaya a verlo? ¿No entiendes lo que me hizo?
—Hija... sé que aún lo amas. Y él a ti también. No sabes lo infeliz que es al lado de Victoria.
—Ese no es mi problema. Él la escogió y me dejó a un lado. Se dejó llevar por sus deseos. ¡Que su esposa lo cuide!
—¿Cómo puedes hablar así? Tu corazón se ha endurecido. Te desconozco.
—¿En serio, padre? ¡Pues acostúmbrate! Porque la idiota de tu hija murió el día que ustedes me traicionaron. Esto que ves... es lo único que queda.
—¡Has dejado que el odio te consuma! —exclama Víctor, con lágrimas en los ojos.
—He dejado que me pisoteen durante años... y ya me cansé.
—Ginebra...
—Solo vine a avisarte que me voy. Viviré con Alejandro.
—¿Qué? ¡Pero esta es tu casa! ¡Apenas conoces a ese hombre!
—Exactamente. Y ya me ha demostrado más lealtad que mi propia familia.
—No digas eso. ¡Te amo más que a mi propia vida!
—No es verdad. Amaron más la reputación de Victoria.
—¡Ginebra, perdóname! —Víctor intenta abrazarla, pero ella lo aparta.
—¡Suéltame! No harás que me quede.
—¡Espera, hija! ¡No te vayas, por favor!
—No volverán a verme...
—¡Ginebra!

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora