Brujas

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Hoy se cumplen tres meses desde que Alejandro se fue. Jamás se había tardado tanto en volver. Ginebra se dirige a la tienda de ocultismo de Beatriz; hoy comienza a trabajar en su tienda de manera oficial, pero su mente no deja de pensar en aquella pelea con el vampiro.

—Me pregunto si se habrá marchado para siempre... Hace meses que no lo veo. Debería sentirme aliviada de no verlo nunca más, pero me siento mal de haberme expresado así sobre un vínculo tan sagrado para los de su especie.

—Buenos días.

Ginebra llega por fin al local.

—Vaya, creí que no te presentarías a trabajar —dice Beatriz, sorprendida.

—¿Por dónde empiezo?

—Ah... solo junta la basura a un lado, arrínconala junto al tapete.

—¿Qué?

—¿Qué, de qué?

—Si hago eso, no estaría limpiando, sino arrumando.

—Ay, entonces haz lo que quieras —Beatriz voltea los ojos mientras bebe una cerveza.

—Dejaré este lugar rechinando de limpio.

—Sí, sí, no vayas a romper nada, te estaré vigilando.

—Está bien.

Ginebra se pone a limpiar. Tiene el semblante triste y un tanto apagado. Beatriz la mira con atención y piensa para sí misma:

—No puedo creer que tenga a una Borgues trabajando en la tienda. A pesar de ser una chica mimada, y que a kilómetros puedo notar que jamás ha agarrado una escoba en su vida, debo admitir que es dedicada. La pobre ha sufrido mucho, se le nota en la cara, por eso no juzgo el desprecio que hay en su corazón. Lo que su familia le hizo no tiene perdón.

Beatriz logra notar las marcas que tiene Ginebra en el cuello.

—¿Qué tienes ahí? —Intenta tocarla, pero Ginebra le quita la mano.

—Es solo un piquete de araña.

En el momento en que Ginebra le quita la mano, Beatriz siente una punzada en el cuello que sube hasta su cabeza.

—No puede ser...

—¿Estás bien? —Beatriz se desmaya por unos segundos y Ginebra la sostiene preocupada.

—¡Hiciste un pacto con un monstruo! ¡Tu alma está unida a la de un ser maligno!

Beatriz tiembla, no puede creer que Ginebra esté unida a una esencia tan oscura.

—Yo no me equivoco... Tengo la habilidad de ver más allá de los ojos humanos. Tengo el don de la clarividencia. Con solo un roce de tu mano, me di cuenta de que estás unida a un espíritu que no es humano. ¿Por qué te uniste a esa cosa?

—No sé de qué me estás hablando —Ginebra trata de evadir el tema.

—Las marcas en tu cuello son... las marcas de un vampiro...

—Los vampiros no existen...

—¡Deja de defender a tu agresor! —Grita Beatriz furiosa—. Ese vampiro es el responsable de los asesinatos y desapariciones de este pueblo. Dime una cosa, ¿acaso esa criatura no es el monstruo del pantano de Nil?

—¡No! —Ginebra está muy nerviosa, sabe que Beatriz ha descubierto su secreto.

—¿Por qué lo defiendes? Te obligó a unir tu alma con la de él, ¡te has vuelto su propiedad!

—¿Cómo estás tan segura de la existencia de esos seres? ¡Te dije que me picó un insecto!

—Mi nombre es Beatriz Alayón. Provengo de una familia de brujas. Con los años, nuestros poderes se fueron debilitando; solo quedamos dos Alayón en el mundo: mi hermana María y yo. Hemos sobrevivido gracias a la bendición de nuestros ancestros.

—¿Eres una bruja?

—El mundo es más oscuro de lo que imaginas. Existen criaturas espantosas y temibles allá afuera: vampiros, brujas, bestias infernales, por decir algunos. El hecho de que el rey de los vampiros haya despertado significa que el caos y la muerte se aproximan, y tú no te escaparás de eso. Te vinculaste con una de las criaturas más antiguas y peligrosas que existen.

—¿De dónde conoces a Alejandro? —pregunta Ginebra intrigada.

—¿Así se llama ese monstruo?

—¿Tú también eres inmortal? —le pregunta Ginebra con curiosidad.

—Mi cuerpo no, pero mi mente sí. Cada vez que una Alayón muere, los recuerdos de su vida pasan a la siguiente generación. El conocimiento es transferido a la siguiente bruja. Pero el maldito rey vampiro contaminó nuestros cuerpos, haciéndonos estériles y evitando así que nos reprodujéramos. Ese infeliz acabó con mi descendencia. Su veneno nos condenó a vivir por trescientos años. Me quedan cinco para desaparecer de la faz de esta tierra, eso sí, si ese maldito no nos asesina primero.

—¡Entonces estuviste en la época en la que Alejandro llegó a Valle de Cobre!

—Yo no vivía en este pueblo, pero cuando escuché los rumores de su asquerosa belleza, supe que era él.

—¿Y qué pasó con tu hermana? ¿Qué fue de María?

—Esa es otra historia. Es igual o peor que tú hermana, la roba maridos. Me avergüenza ser su melliza.

—Bienvenida al club.

—¿Cómo diablos no le has encajado una estaca a ese niño bonito? Si lo tuviera enfrente, le atravesaría el corazón como a una salchicha.

—Probablemente nunca lo vuelva a ver...

—¿A qué demonios se debe esa cara triste? ¿No me digas que tienes el síndrome de Estocolmo?

—Hace tres meses que no sé de él. Creo que herí sus sentimientos.

—¿De qué estás hablando? Esa cosa no tiene sentimientos. Los vampiros son criaturas orgullosas, lujuriosas y posesivas. Recuerda que son muertos vivientes: ¡no sienten nada!

—Tienes razón, él es todo eso, pero también siente soledad e indignación. Se enoja y defiende lo que es suyo, y a veces me da la impresión de que está triste.

—¿Qué? ¿Esa cosa también te chupó el cerebro? —Beatriz le da unas palmadas en la espalda a Ginebra—. Ay, Ginebra, la vida te ha zarandeado como al trigo. Me da pena que ahora estés lidiando con ese vampiro.

—De hecho, creo que soy su mascota. Bueno, era...

—¡Estás loca! Ya lo deduje y sin utilizar mi don de adivinación: estás completamente loca.

Beatriz se pone un abrigo y se dispone a salir.

—Iré a comprar unas hierbas. Si llegan clientes, diles que regreso en un momento.

—Lo haré, no te preocupes —Ginebra despide a Beatriz con una gran sonrisa.

—¿Por qué me sonríes? Caray, sí que estás loca.

Beatriz se va, dejando sola a Ginebra.

—Así que también existen las brujas... ¿Dónde te metiste, rey de los vampiros? —dice Ginebra cabizbaja.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora